Fernando Aramburu. Foto: Iván Giménez

Fernando Aramburu. Foto: Iván Giménez

Letras Libro de la semana

Crítica de 'Maite', de Fernando Aramburu: el abyecto crimen de Miguel Ángel Blanco para retratar el alma vasca

La trama familiar de la novela se enmarca en los días del secuestro del concejal de Ermua. Lo privado y lo colectivo alcanzan una absoluta simbiosis.

Más información: Fernando Aramburu: "Que la gente recuerde o no a ETA no me quita el sueño, yo voy a seguir escribiendo sobre ello"

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La nueva novela de Fernando Aramburu (San Sebastián, 1959), Maite, se inscribe en una serie, "Gentes vascas", que agrupa obras narrativas bastantes diversas, pero relacionadas por mostrar personas normales de la tierra que encarnan el vivir cotidiano y a la vez reflejan un sentir colectivo.

Maite

Fernando Aramburu

Tusquets, 2026
344 páginas. 22,90 €

A este ciclo, de ideación un tanto galdosiana, salvadas las diferencias formales y de enfoque, pertenecen la muy lograda reconstrucción del fanatismo ideológico, Patria; un conjunto emotivo y duro de cuentos sobre la violencia etarra, Los peces de la amargura; una novela satírica también relacionada con la banda independentista, Hijos de la fábula, y un retrato de la época de su aparición, Años lentos. Sin este nexo político, El niño hace la crónica impactante de un tremendo accidente en un colegio vizcaíno.

En Maite aparece también la violencia identitaria, pero Aramburu no la aborda como el asunto principal, sino que la ciñe a un muy relevante motivo de fondo de la trama anecdótica. Esta consiste en una clásica historia de análisis psicológico centrada en los singulares caracteres de tres miembros de una familia y en sus complicadas relaciones.

Se trata de una sexagenaria viuda, Manoli, y de sus dos hijas, Elene, la mayor, y Maite. En buena medida es una novela de mujeres en la que, además, se otorga un papel a los respectivos maridos de las hermanas, un gruista norteamericano, Johnny, y el oftalmólogo Andoni.

La historia arranca con el breve regreso a San Sebastián de Elene, quien hace trece años se marchó a Estados Unidos sin dar explicaciones y cortando casi toda relación con los suyos. La abuela no conoce siquiera al yerno ni a los nietos. El reencuentro disipa en parte las viejas tensiones y da lugar a que se muestre la idiosincrasia de las mujeres.

Con ello aflora también un bucle de falsedades. Sobre todo, las mentiras que minan la vida de las hermanas tormentosas: el infierno que vive Elene en Providence y la infidelidad conyugal que consiente Maite.

Los engaños que sustentan la vida aparente permiten a Aramburu desarrollar un buen ejercicio de introspección a partir del cual crea personajes atractivos de una rica complejidad. Aunque su personalidad invite a brochazos esquemáticos y maniqueos, los dota de finos perfiles y aristas, de modo que resultan de verdad sugerentes, con dosis exactamente calculadas de lucidez, coraje, abandono, frustración, egoísmo y un punto de locura.

Son muy buenos tipos, de esos que se quedan en la memoria, en particular las hermanas, ambas, aunque el título del libro privilegie a una de ellas. También es muy certero el retorcimiento mental de Andoni, su fingimiento impasible. Muy logrado resulta el retrato de Johnny y del intransigente entorno familiar, amén de soporte de una denuncia firme de la violencia contra la mujer. Y, resultado de una buena observación de las enrevesadas sinrazones del alma, tenemos la figura de la madre.

Razón hay para que la novela destaque a Maite. Narrada en tercera persona, es, sin embargo, ella quien aporta un punto de vista tan notable que, en realidad, toda la historia resulta como filtrada por su perspectiva. Ello se debe a su espíritu reflexivo, caviloso y ensoñador. Esta densidad mental la trata Aramburu mediante un recurso técnico creativo, base de la calidad emocional de la obra. Me refiero a la propensión de la mujer a recluirse consigo misma y a desarrollar monodiálogos.

Los asedios psicológicos a las mujeres, la plástica precisión del paisaje urbano y la agilidad del relato hacen de 'Maite' lectura interesante, fácil y amena.

En cualquier circunstancia, Maite se encierra en un "castillo" y desde ese aislamiento querido y germinativo ilumina la confusa realidad. En ese asilo del yo, en la vigilia y hasta en el sueño, se desdobla y entabla conversaciones animadas consigo misma, dolorosas o meditativas unas y otras cargadas de humor o de crítica.

Los soliloquios imaginativos de Maite refuerzan, además, el otro recurso de la novela que, de forma discreta y sin grandes efectismos, proporciona una agarradera a la atención del lector, unas eficaces notas de intriga, un moderado suspense que se solventa de modo inesperado y creativo en la última línea de la novela, cuyo detalle no debo señalar aquí.

La problemática familiar, la de las tres mujeres, meollo del relato, se acompaña de enriquecedoras ampliaciones (la parentela norteamericana patriarcal, fundamentalista y violenta de Elene; la diligente emigrante que cuida a la ama) que intensifican el realismo del fresco histórico.

Y este, a la vez, tiene un marco cronológico concretísimo especificado por los cuatro capítulos en que se divide la narración: los días que van del jueves 10 al domingo 13 de julio de 1997, fechas del secuestro del joven concejal por el Partido Popular de Ermua Miguel Ángel Blanco, su ejecución inhumana por ETA y su muerte.

Por supuesto, el desarrollo externo de aquel crimen horrendo ocupa un lugar importante en la trama de la novela pues le sirve de hilván. Aramburu no ha querido, sin embargo, relatar el vil asesinato sino insertarlo en el marco de una historia familiar concreta.

A partir de esta, se recrea un ambiente comunitario con múltiples ángulos. Están el sectarismo radical de ETA y de quienes lo justifican. Están las actitudes tibias, el doble lenguaje de quienes lo condenan en privado y callan en público. Sobresale el cinismo antievangélico de la Iglesia. Se halla el difuso temor paralizante de cualquier acción. Y también la determinación de quienes se oponen con coraje desde movimientos sociales pacíficos y expresan su condena. Esta postura la encarna Maite, de ahí que Aramburu le adjudique tan relevante papel.

Lo privado y lo colectivo alcanzan en Maite una absoluta simbiosis. Si lo privado funciona como motor de la trama, lo colectivo aporta el valor representativo del modo de ser, de pensar, de sus hábitos y de estar en el mundo la gente de un paisaje concreto, el vasco. En esa mirada atenta y reveladora –costumbrista habría que decir, si la palabra no tuviera tanta carga peyorativa– se condensa un retablo contemporáneo de Euskadi algo sentimental y algo crítico. En esta serie de libros, y obviando fuertes diferencias, Aramburu es el heredero actual de Pío Baroja.

Los sutiles asedios psicológicos a las mujeres centrales de la novela –menor gancho tienen los hombres–, la plástica precisión del paisaje urbano en que se mueven y la agilidad del relato con su dosis de incertidumbres y equívocos hacen de Maite lectura interesante, fácil y amena. Sí necesita, sin embargo, un oído más atento para lo conversacional, pues con frecuencia el habla de Maite resulta libresca.