Gustavo Martín Garzo. Foto: FILBO

Gustavo Martín Garzo. Foto: FILBO

Letras

'El País de los Niños Perdidos': Gustavo Martín Garzo, un fabulador entusiasta y desatado

El escritor publica una compilación de cuentos fantásticos en los que el idealismo de la belleza se equilibra con el reconocimiento del dolor y la muerte

21 enero, 2023 02:10

A simple vista, el nuevo libro de Gustavo Martín Garzo (Valladolid, 1948), El País de los Niños Perdidos, podría parecer una ensortijada colección de cuentos fantásticos muy bien escrita y con una perfecta estructura. Y lo es, pero también un trampantojo que disimula un discurso independiente de los muchos relatos infantiles agavillados.

El País de los Niños Perdidos

Gustavo Martín Garzo

Siruela

La primera impresión nos lleva a una espiral de fábulas mágicas que se enraciman como las cerezas y se saldan con un rimero de leyendas en la órbita no disimulada de Lewis Carroll y su archifamosa Alicia. El asunto se moldea mediante un hábil recurso que evita la mera agregación de peripecias. El niño Gabriel odia el momento de acostarse y todas las noches le pide a su madre que le cuente un cuento, y, cuando lo termina, le pide otro y otro hasta que ella misma se queda dormida.

La madre atiende la solicitud del pequeño por varios motivos. Desde luego, por gusto. Y además porque ella, profesora de la Facultad de Educación, considera muy importantes los cuentos como recurso didáctico para enseñar a sus alumnos qué era un niño, aunque los estudiantes, hijos de nuestro tiempo, la desesperan al prestar más atención a los móviles que a sus explicaciones.

Dormido Gabriel, el sueño adquiere para él certeza, de modo que propicia una muñeca rusa de realidades maravillosas. El niño casi no vive la existencia cotidiana; en clase se abstrae hasta adormilarse con sus ensoñaciones y quiere irse a la cama lo más pronto posible o a cualquier hora del día para vivir esa realidad alternativa; para vivir en ella.

Se produce, de este modo, un verdadero festival de peripecias, fantasías, quimeras… No sabría decir cuántas proceden de la fertilísima invención de Martín Garzo y cuántas beben en el inagotable venero de la tradición popular o en fuentes literarias. En cualquier caso, todo suena a nuevo, a repristinado, a recién cocido en el horno de un fabulador entusiasta y desatado. Existía el peligro de que el lector se sintiera saturado y renegara de tanta maravilla.

'El País de los Niños Perdidos' es un libro de adultos y para adultos. En realidad, versa sobre mayores que piensan acerca del niño que un día los habitó

Pero el instinto del buen narrador lo debió de advertir y la sabiduría formal lo impidió. Con ese fin reaparece de tanto en tanto la madre, que sirve como hilván de la historia global, funciona como un descanso para una nueva tanda de locuras ensoñadas y nos regresa al mundo cotidiano de una familia feliz en el cuidado de sus cachorros.

Controlado ese riesgo, El País de los Niños Perdidos se puebla de dragones voladores, elfos, duendes, magos, niños verdes, de una niña medio oca… Y se dilata por territorios insólitos: la Isla de Jauja, el Valle de los Niños Invisibles, el Gran Teatro de Sombras, grutas colmadas de oro… Inimaginables portentos ocurren. El idealismo de la belleza, la bondad, la alegría, el juego o el amor (colofón del libro) se equilibran con el reconocimiento del dolor y la muerte. Por supuesto, la fábula propicia un moralizador contraste con el mundo conocido: ese orbe irreal revela el egoísmo o la maldad del nuestro.

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Todo ello está referido con el encanto y la seducción de la gran literatura infantil. Y vale en sí mismo como tal, como admirable colección de descosido onirismo y alucinaciones ensoñadas propias de la mente efervescente de un chiquillo. Pero El País de los Niños Perdidos no es un libro ni de niños ni para niños. Lo es de adultos y para adultos.

En realidad, versa sobre mayores que piensan acerca del niño que un día los habitó. Bajo capa, Gustavo Martín Garzo formula un doble interrogante: ¿dónde está el niño que fuimos?, ¿qué fue del niño que se perdió al llegar la adolescencia?

Esa incertidumbre propicia una memoria conmovida por la nostalgia de una doble pérdida, de la infancia y de la inocencia.