De izquierda a derecha y de arriba abajo, Duquesa de Guermantes, Charles Swann, Odette de Crecy, Albertine, Barón de Charlus y Madame Verdurin

De izquierda a derecha y de arriba abajo, Duquesa de Guermantes, Charles Swann, Odette de Crecy, Albertine, Barón de Charlus y Madame Verdurin

Letras

En busca del modelo escondido: quién es quién en la gran obra de Proust

Cuando el escritor afirmó que en su novela no había una sola clave para descubrir a las personas reales detrás de los personajes, estaba mostrando su verdadero laberinto literario

18 noviembre, 2022 03:21

¿Cómo surgió Odette? ¿Y Albertine? Durante un tiempo se afirmaba que el Bergotte de la novela era Anatole France, o que Albertine era su chofer, Agostinelli. Estudiosos de Proust, como George Painter, Maurois, Tadié, Barthes o Mathilde Brezet, coinciden en que son varios los modelos detrás de los personajes. “Todo enmascaramiento era bueno para Proust”, escribe Maurois. El “yo” narrador nunca se llama Marcel, y los nombres de la familia están camuflados.

Aplicó su procedimiento de enmascarar y amalgamar también paisajes y espacios. Combray y Balbec existen, al menos en el inconsciente colectivo, pero Combray, el mítico lugar de donde partían el camino de Swann y el camino de Guermantes, era originalmente la pequeña localidad de Illiers, a la que en 1971 se le añadió el nombre de Combray, en homenaje al escritor, resultando Illiers-Combray.

El enorme teatro de Proust está habitado por más de dos mil quinientos actores, entre los salones de París, el Ritz, las casas altoburguesas y los lugares de veraneo. Para insuflar de alma a un personaje, Proust sumaba los atributos de varias personas, es el caso de la fascinante duquesa de Guermantes. En la composición de Oriane de Guermantes se entremezclan diversas bellezas de la época. Una de las inspiradoras fue la Condesa Greffulhe, Elizabeth de Riquet, casada con el adinerado conde Henry Greffulhe; vestía de Worth y Fortuny, y Proust la admiraba incondicionalmente. “Todo el misterio de su belleza está en el enigma de sus ojos. Nunca he visto una mujer más bella”, escribió a Robert de Montesquiou, pariente de Elizabeth.

El “yo” narrador nunca se llama Marcel, y los nombres de la familia están camuflados

Otra modelo para Oriane fue la condesa Laure de Chevigné. Según Maurois: “El retrato de la señora Chevigné, su perfil de pájaro, su voz ronca, forman la base temporal y real de la duquesa”. Una tercera candidata fue Geneviève Halévy Straus. Casada con Georges Bizet, era la madre de Jacques Bizet, amigo de la infancia de Proust. Ya viuda, se casó con Émile Straus y recibía a lo mejor de París.

Uno de los principales protagonistas de la novela es Charles Swann, primero amante, torturado por los celos, de Odette de Crecy y más tarde su esposo. Según el semiólogo Roland Barthes, la fotografía de Charles Haas es la que ven los proustianos al imaginar al apuesto Swann. Haas gozaba del patrimonio de su padre, uno de los israelitas más ricos de París. Era inteligente y apreciado; fue amante de la actriz Sarah Bernhardt.

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La mujer que fascinó a Swann, Odette de Crecy, se parecía a Laure Hayman, una elegante cortesana de origen anglochileno, instalada en París y amante del Duque de Orleans, y de grandes potentados, entre ellos, el tio-abuelo materno de Proust, Louis Weil, tío Adolphe en la ficción, también con rasgos de Swann. Hayman fue una notable escultora y su salón lo frecuentaban caballeros, pero casi nunca sus esposas. Se indignó con Proust por haberla convertido en Odette. En una carta, Proust negó que ella fuera su inspiradora. Otra mujer de mundo, Méry Laurent, no sólo fue precedente de Odette, sino que inspiró Nana, de Émile Zola.

Para la creación de la omnipresente cocinera Françoise, tenemos que remontarnos a Félicie Fiteau, la sirvienta de la familia Proust; a Céline, esposa de Nicolas Lottin, mayordomo de Proust ; y, sobre todo, a Céleste Albaret, ama de llaves, confidente y enfermera en los últimos años.

Los amores reales

Si un libro es un gran cementerio donde los nombres de las tumbas están desdibujados, la búsqueda de los amores reales de Proust en la novela resulta misteriosa, porque el personaje puede ser una mujer y su modelo real, un hombre. Es el caso de Albertine. El amor torturado del narrador por ella se correspondía con la pasión de Proust por Alfred Agostinelli, aunque Albertine tiene también rasgos de la pintora Marie Nordlinger.

El escritor conoce a Agostinelli, de 24 años y casado, en Cabourg en el verano de 1907, lo contrata como conductor para sus excursiones por Normandía y más tarde será su secretario en París. El “encierro” de Agostinelli en París y su posterior súbita escapada, coinciden con la desaparición y muerte de Albertine. Agostinelli murió en 1914 en un accidente de aviación.

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William C. Carter, en Proust enamorado (Belacqua, 2007), aporta datos de otras pasiones de Proust. El compositor Reynaldo Hahn, cuya amistad duró hasta el final de su vida, el conde Bertrand de Fénelon, y el príncipe Antoine Bibesco, que dieron vida al atractivo personaje de Saint-Loup.

La homosexualidad, como algo ajeno al narrador, es retratada en Sodoma y Gomorra. El enigmático personaje, barón de Charlus, primo de los Guermantes, estaba inspirado en el conde Robert de Montesquiou, poeta y coleccionista que presentó a Proust, tanto en los salones, como en los círculos homosexuales. El personaje de Charlus acabó financiando un burdel masculino, dirigido por Jupien, un siniestro proxeneta. Su modelo fue Albert Le Cuziat, confidente y, según Maurois, “proveedor” de Proust.

La pretenciosa Madame Verdurin de la obra, reparte su personalidad entre varias salonnières que recibían tanto a artistas como a nobles: Madame Arman de Caillavet, amante de Anatole France; la pintora Madeleine Lemaire, a cuyo salón de la calle Monceau acudían grandes artistas, y que había sido amante de Alejandro Dumas, hijo; incluso, la famosa Misia Sert podría ser la arribista Verdurin.

Sería largo encontrar los rasgos de cada uno de los pobladores del monumento que es En busca del tiempo perdido. Lo que sabemos es que Proust se valió de quienes habitaban junto a él para fundir sus pasiones, personalidades y pulsiones con las de sus seres de ficción. Odette, Albertine, Swann... hoy continúan entre nosotros, más vivos que los lejanos fantasmas que vemos en las envejecidas fotografías de la época.