Luis Garcia Montero fotografiado por Sergio Enriquez-Nista

Luis Garcia Montero fotografiado por Sergio Enriquez-Nista

Letras

Luis García Montero: “Cuando la poesía suena a falso, es necesario cambiar o callar”

Fernando Aramburu y Luis García Montero trenzan sus voces sobre la seguridad del poeta y el desvalimiento del narrador mientras nos descubren sus manías a la hora de escribir y confiesan cómo seducen (o no) a la inspiración

16 junio, 2017 09:00

No conozco en profundidad tu caso, Luis, pero te puedo asegurar que mi relación con la poesía, muy intensa en años de juventud, fue la historia de un matrimonio tormentoso. Entre el verano del 85 y el del 86 decidí consagrar un año de escritura a despoetizarme; dicho de otro modo, a desprenderme de los hábitos del hombre avezado a expresarse en verso. Creo que hasta hace poco la poesía no me lo ha perdonado. Aquello que en un principio viví como una liberación, la conquista paulatina de un lenguaje poético, se había convertido para mí, con el tiempo, en una nueva cárcel por cuya ventana con barrotes me era dado ver un paisaje cercano, pero inalcanzable: el paisaje de la prosa que sustenta la narración, el análisis, la descripción pormenorizada, el pensamiento sistemático, el humor. Me di cuenta de que, a partir de ciertas destrezas formales, tenía del todo interiorizada la regularidad, incluso la automatización, de la escritura poética. En la cama, con la luz apagada, de la misma manera que otros cuentan ovejas, a mí me daba por monologar en octosílabos, en endecasílabos, en alejandrinos. Era facilísimo. Un día me dije: chaval, esta semana sólo vas a escribir poemas necesarios, los que de verdad te quemen por dentro, los que no te dejen dormir. No escribí ninguno. Tú cultivas la novela, el ensayo y el artículo periodístico, sin que en apariencia estos géneros interfieran, ¿me permites decir negativamente?, en tu vocación de poeta. Me pregunto si la poesía te es tan sumisa que no te causa problemas. Me refiero a la que sale de ti o a la que tú buscas en ti. Con la otra, la debida al talento ajeno, es difícil estar reñido.

Luis García Montero. Creo que la búsqueda de libertad de la que me hablas la necesitan muchos poetas cuando sienten que las formas se convierten en una limitación y ven el mundo exterior sonreír fuera de la ventana. A veces es la propia poesía la que te ofrece una solución, como ocurrió con el Baudelaire de los Poemas en prosa o con el Juan Ramón Jiménez de Diario de un poeta recién casado. Los dos necesitaron un cambio en las formas para decir lo que necesitaban decir. Otras veces, la poesía no encuentra salida, suena a falso, a retórica hueca, y es necesario cambiar o callar. Jaime Gil de Biedma se calló muy joven, cuando su personaje literario y su tono dejaron de ser creíbles para él. Yo me acerqué a la narrativa en 2009, cuando ya llevaba mucho tiempo escribiendo poemas y cuando tenía claro que los géneros tienen su orgullo, sus exigencias y que deben tenerse en cuenta. Hay que intentar ser poeta al escribir poesía y novelista al escribir novela, porque como mezcles las cosas más allá de lo razonable salen resultados muy poco eficaces. El ensayo es más llevadero porque todos hablamos de nosotros mismos y nuestros miedos o sueños cuando hablamos sobre los demás. Escribir es ya una manera de pensar sobre la literatura; hoy es inseparable la meditación sobre lo que se escribe del propio acto de escritura. En cualquier caso, yo sólo me siento seguro como poeta, tanto en los posibles aciertos como en los errores. En mis novelas, soy muy desvalido, no soy dueño de mis errores y eso es peligroso para un autor. La emoción de la narrativa la siento más bien como lector, cuando os leo a alguno de vosotros.

Fernando Aramburu. Es curioso esto que dices del desvalimiento. Conozco la sensación. Para mí, sin embargo, supone un atractivo al que me cuesta mucho resistirme. Lo asocio con la dificultad. Es como si un marinero sólo se hiciese a la mar en los días de tormenta. Si hay calma, se queda en casa. Si sopla mucho viento y las aguas están revueltas, entonces se lanza a la aventura. Necesito esta actitud temeraria, que acaso sólo sea la punta de una enorme masa de ingenuidad, cuando abordo un proyecto literario. Empieza la jornada laboral y a lo mejor me digo: en esta página no vas a usar la letra f, este párrafo va a ir sin adjetivos. Otros se estimulan con café, tabaco, quizá pastillas. Yo lo hago con obstáculos. Y también, antes que se me olvide, con la ritualización de la jornada, lo cual significa para mí una manera de domeñar el tiempo. Quiero decir que no espero el instante especial, la racha intensa, sino que planeo como un oficinista gris el día, me impongo un método en función de la tarea y llevo a cabo a diario las mismas actividades a las mismas horas, lo que no quita para que en medio de la rutina, zas, llegue una idea valiosa. Antes de establecerme en Alemania, me cuidaba de no incurrir en lo que pudiéramos llamar el tabú de la profesionalización de la escritura. Luego se me abrieron los ojos. Talento y oficio: sin ambas piernas, incluso en arte, ¿adónde vas?

“Yo sólo me siento seguro como poeta, tanto en los aciertos como en los errores. En mis novelas soy muy desvalido, no soy dueño de mis errores”. Luis García Montero

LGM. Un día le comenté a Francisco Ayala que había estado en el circo y que me había impresionado la profesionalidad de unos trapecistas. Como estaba de obras en casa, bregando con chapuzas y con faltas de profesionalidad, se me ocurrió decir que sólo en el circo se conservaba el respeto a los oficios. Y Francisco me respondió: “Es que se juegan la vida”. Los riesgos en literatura, el navegar en días de tormenta, la disciplina de ponerse dificultades, están bien. Sobre todo, porque no te juegas la vida, y además puedes borrar, convertir a la papelera en una compañera de trabajo y empezar de nuevo. Me resultan un poco pesados los autores que le dan al hecho de la escritura un sentido doloroso, de sufrimiento espiritual. Pero estoy muy de acuerdo con hablar de dificultad, programación y esfuerzo en relación con el trabajo cotidiano. Cada escritor tiene su ritual, sus manías. Lo que me cuentas de decidir un día escribir sin “f” me hace gracia, porque es un poco maniático. Pero las manías nos defienden de nosotros mismos, de las ideas ingenuas de la inspiración y la improvisación. A mí me gusta escribir los poemas a mano, en un cuaderno especial. La poesía resiste mal los horarios de oficina, hay que dejar que venga por su propia voluntad, según los estados de ánimo. Para la novela, los horarios de oficina me parecen indispensables, igual que cuando escribes un ensayo o una tesis doctoral. Si uno toma conciencia profesional como escritor, descubre el lujo que supone trabajar en aquello que te gusta, que nos hace como personas. No es lo mismo tener un trabajo para llegar a fin de mes, que tener un oficio, una vocación. No sólo ganarte la vida, sino también realizarte en la vida.

FA. Ahora que dices esto, me he acordado de una conversación que tuve con Gabriel Celaya en un bar de la Parte Vieja de San Sebastián, a finales de la década de los setenta del siglo pasado. Fui a entrevistarlo para una revista de literatura. Por Celaya supe que Pablo Neruda, a quien él profesaba una gran admiración, dedicaba a la tarea de escribir poemas un promedio de siete horas diarias. No descarto la posibilidad de que una parte de dicho tiempo se lo llevasen la corrección o algunas actividades de orden no estrictamente compositivo. Puede que una porción acaso no reducida de lo garabateado en las cuartillas terminase en el fondo de la papelera. Sea como fuere, cuesta creer que poetas prolíficos como el mencionado Neruda, o Alberti, a quien trataste personalmente y cuya obra has estudiado, Juan Ramón o el propio Celaya se limitasen a dejar que la poesía viniese a ellos “por su propia voluntad”. Tampoco tú eres un poeta de obra escasa. Un poco habrá que empujar el carro, digo yo. Celaya no tengo la menor duda de que lo hacía. Recuerdo a este respecto que me dio un consejo equivalente a una receta. Yo tenía diecinueve años. Me dijo más o menos con estas palabras: “Tú te lanzas a escribir, no importa sobre qué ni cómo, y ya verás como al cuarto o quinto verso encuentras el principio de un poema; luego, borras los anteriores.” Y se echaba a reír. Seguramente estos trucos, manías, rituales, procedimientos, métodos, carecen de importancia cuando lo que cuenta es el resultado final, la obra por la que en última instancia seremos juzgados.

LGM. Tienes razón. La verdad es que hago mal en generalizar. Rafael Alberti, por ejemplo, en algunas épocas de su vida se levantaba de madrugada para escribir. Me contó alguna vez esa disciplina que hacía en su casa de Punta del Este, en Uruguay. Y después repetía dos versos: “Yo soy un hombre de la madrugada, / comprometido por la luz primera”. En el caso de Gabriel, ocurría lo mismo. Quizás yo me dejo llevar por una situación de la poesía que ya es distinta, esa que he aprendido en autores como Ángel González, Jaime Gil de Biedma o Paco Brines. La necesidad de formar un mundo propio te lleva al principio a escribir mucho; pero después, al paso de los años, uno tiene la necesidad de no repetirse, de ir más lento en el rigor, de evitar las caídas en la irregularidad. Los años acumulan obra, pero no kilométrica como en el caso de Rafael o Gabriel. Tal vez la distinción que he querido hacerte de la poesía y la novela en los tiempos de trabajo se deba a lo que opino de los códigos literarios de cada género. No creo en diferencias románticas entre poesía y literatura. ¡Bendita literatura! Pero sí creo, como te he dicho, que cada género impone sus exigencias. No es lo mismo crear la intensidad de una mirada propia en 30 o 40 versos sobre una situación simbólica en un mundo personal que crear un mundo colectivo con miradas de muchos personajes que deben mantener su unidad y su estructura a lo largo de 400 páginas. A eso me refiero. Cuando escribo novela, necesito para mantener la atmósfera trabajar todos los días, acudir a la oficina literaria después del desayuno. Los poemas vienen de otra manera, surge una idea, le doy vueltas en la cabeza, busco el estado de ánimo y cuando siento más o menos madura la intención me pongo a escribir. Puede ser en un viaje de tren o de avión, en una habitación de hotel. Quizá la disciplina es más fácil cuando llega el momento de corregir, de tachar, de pasar a limpio. Pero quizá no convenga sacar reglas generales ni mezclar épocas de la poesía. No es lo mismo escribir una Égloga de Garcilaso que un poema de Jaime.

“Antes me cuidaba de no incurrir en el tabú de la profesionalización de la escritura. Luego se me abrieron los ojos. Talento y oficio: sin ambas piernas, incluso en arte, ¿adónde vas?”. Fernando Aramburu

FA. A propósito de Jaime Gil de Biedma, hay en sus diarios una reflexión sumamente perspicaz relativa a la experiencia poética. Claro que esta no es posible sin la condición previa del poema, entendiendo por tal, para lo que aquí me interesa expresar, el espacio o la fuente de lo poético. Sin poeta no hay lenguaje poético; sin este, no existe la posibilidad de que a alguien (un lector, un oyente) le sea dado activar la sustancia de la poesía. La reflexión de Gil de Biedma era una refutación de la Teoría de la expresión poética de Carlos Bousoño, a quien no negaba méritos. Una idea similar fue formulada en su día por Schopenhauer al afirmar que “el poeta es el hombre general”. La poesía, por tanto, no es posible si el lector no asume durante la lectura la perspectiva del poeta, no se sitúa en el yo poético, no hace que aquel texto que se le ha puesto en las manos o en los oídos sea verdaderamente poema. Yo puedo leer unos versos tuyos de tu libro dedicado a Almudena sin sentir que me estoy metiendo en vuestra alcoba. En ningún caso, ella, o la Amarilis de Lope, o la Amparitxu de Celaya, son para mí seres singulares, intransferibles, únicos, provistos de su particular carga de anécdotas y episodios a la manera de los personajes de novela, de cuyos hechos, pensamientos y palabras soy mero testigo pasivo. En el caso de tus poemas, ella es la mujer general concretable en nombres diversos: para ti, Almudena; para mí, otra y para aquel de allá, la suya o el suyo de hoy o de tiempos pretéritos. No sé, Luis, si estoy desbarrando.

LGM. No, en absoluto, no desbarras, haces referencia a algo imprescindible para comprender, según entiendo yo, la emoción poética. Quizá el primero que llamó en España la atención sobre esto fue Bécquer, en sus Cartas literarias a una mujer. En ella le advierte a la destinataria que tenga cuidado con el poeta que le escriba un buen poema de amor: “Desconfía de su amor”. Este exceso, tan peligroso para la vida sentimental y doméstica de los poetas, tenía la intención de afirmar que se escribe con la cabeza fría, con trabajo, y que un poema no es un desahogo apasionado. Más que un amante ardiente, hay un escritor que calcula el efecto de sus palabras. Y eso es lo que hace posible la emoción poética. A Jaime le gustaba citar a Eliot para decir que sin lector puede haber un poema, pero no poesía. La emoción literaria surge cuando un lector habita el poema, y lo hace suyo, y piensa en su experiencia del amor, no en la del autor. Esto es decisivo, significa que el autor debe aprender tanto a entrar en el poema con sus sentimientos como a borrarse para dejar hueco a la llegada del lector. El personaje literario deja de ser una propiedad biográfica del autor para convertirse en un espacio que espera la llegada del otro. Por eso digo siempre que el hecho de la lectura es la mejor metáfora del contrato social democrático, más que cualquier invento moderno. Al escribir o al leer, nos encontramos con nosotros mismos al ponernos en el lugar del otro. Esa era la ilusión de Borges cuando abandonó en su poesía la audacia en favor de la memoria: mirarse en el espejo del arte para descubrir el propio rostro. Me gusta esa idea de la literatura como un ejercicio hospitalario. Es su verdadera rebeldía, por lo menos así lo sienten los que han vivido con un libro en las manos.

FA. Como frecuentador de libros de poemas, no ignoro los riesgos de una poesía orientada primordial o exclusivamente a la comunicación. Acaso el mayor de ellos sea el que los poemas resulten demasiado explícitos y sus posibilidades significativas se agoten con la primera lectura. Así y todo, uno agradece que le digan cosas con sustancia, música verbal y cierta dignidad lingüística. No me asusta el poema oscuro, en parte porque tampoco necesito racionalizar todo lo que leo. Se me escapan algunos trechos de Poeta en Nueva York de Lorca o de los Poemas humanos de César Vallejo; pero eso no me impide sentir, entrever, adivinar en los versos de ambos la verdad dolorosa y la grandeza del hombre que ahí se expresa desde el núcleo central de su persona, de forma que con cada relectura tengo la impresión de que estoy descubriendo nuevos matices y ocasiones nuevas de ampliar o revivir mi experiencia de la poesía. Confieso que de joven tenía mayores tragaderas. Hoy se me acaba la paciencia con rapidez. Leo un poema hermético, leo dos. Bien. Al tercero empiezo a resoplar y al cuarto se apodera de mí la certeza del fraude. Aún soporto peor las tentativas de sacralizar la poesía. Se me arruga el entrecejo no bien alguien trata de convencerme de que la poesía no es literatura y está, además, por encima de ella. Veo en ello la actitud del predicador o del profeta solemne que pretende traerme mensajes del cielo. Lo siento por este tipo de escritores, pero carezco de paladar para sus textos.

“Lo de sacralizar la poesía es una trampa en la que no com-prendo cómo caen los poetas. es muy parecido al deseo de convertir a las mujeres en ángeles. Una vez subidas al altar se las encierra en casa y se las aparta de cualquier poder”. Luis García Montero

LGM. Lo de sacralizar la poesía es una trampa en la que no comprendo cómo llegan a caer los poetas. Es muy parecido al deseo de convertir a las mujeres en ángeles. Una vez subidas al altar se las encierra en casa y se las aparta de cualquier poder. La poesía es literatura, nada más y nada menos. Y dentro de ella caben muchas tradiciones y estrategias. La comunicación entendida como mera divulgación de ideas establecidas con anterioridad es una trampa. Pero también es una trampa confundir calidad con falta de sentido común o con oscuridad. A veces se trata sólo de una tapadera cobarde para ocultar el vacío. Con la edad aprendemos a releer y a admirar a los jóvenes que nos enseñan cosas nuevas, pero tenemos derecho a perder la paciencia, a no sufrir aquello que queda al margen de nuestros intereses como lectores. Hay libros que no están escritos para uno. No pasa nada, se dejan a un lado, quizá para otro momento. Yo resisto mal la cursilería y la pedantería (que en poesía es como una cursilería del intelecto). Mira, igual que hay novelistas listos que escriben con facilidades para tontos con ánimo de vender mucho, hay también poetas muy tontos que fascinan a los lectores que van de listos, sacerdotes de la estética que buscan un crucigrama más que una emoción. Ese es otro asunto de debate, el daño que hacen a la literatura los lectores que van de tontos en novela y los lectores que van de listos en poesía.

FA. Me pregunto cómo te las apañaste para sobrellevar en la adolescencia, esa edad tan difícil, la circunstancia de compartir día de cumpleaños con el Generalísimo. ¿Ya has superado el trauma?

LGM. La verdad es que entonces todos los días eran de Franco, un 18 de julio inmenso y pegajoso. Pero me busqué una defensa: el 4 de diciembre de 1875 dio a luz a Rilke. Así que fuimos dos contra uno.

@FernandoArambur

Confieso

Dependo de un mal paso

y de la flor recién cortada

que vende un sueño triste por la noche.

Dependo del herido,

de las canciones graves

que matan a su dueño con las manos.

Del porvenir sombrío,

del cuerpo avergonzado de su hambre

y las deudas al borde de una cama.

Dependo de un mal paso

para no faltar hoy, ni mañana, ni nunca,

allí donde discuten las miradas anónimas,

allí donde es urgente la poesía.

Del libro inédito A puerta cerrada