Image: Hacia la sobriedad feliz

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Letras

Hacia la sobriedad feliz

El filósofo y agricultor Pierre Rabhi abandona la sociedad de consumo encaminada devastación individual

El Cultural
Publicada

Pierre Rabhi

'Hacia la sobriedad feliz' (Errata Naturae), de Pierre Rabhi, cuenta con la urgencia de un manifiesto y la reflexividad de un ensayo. Durante su infancia en Argelia, el autor asistió a la transformación de la austeridad en la miseria que impone el capital globalizado. A finales de los 50, en una juventud como inmigrante en Francia, tomó a una decisión: abandonar esa sociedad de consumo, esa civilización sin raíces que se imponía como una la maquinaria económica de crecimiento ilimitado, que a su pasa beneficiaba a unos pocos y aplastaba a muchos otros. Otro camino era posible. Se podía salir de ese camino de devastación individual, abrazando la evidencia de que casi todos los deseos son falsos, y vivir con moderación, de acuerdo a las necesidades de cada uno. Ese orden "antropófago" de la globalización se puede romper para devolver al hombre lo que es suyo: una vida feliz.

A continuación se pueden leer las primeras páginas de 'Hacia la sobriedad feliz'.


El canto del herrero

Un hombre sencillo, que vive en un pequeño oasis del sur de Argelia, atiende cada día a sus ocupaciones de padre nutricio. Abre la puerta de su fragua, enciende el fuego y mientras dure el día trabajará el metal. Se encarga del mantenimiento de las herramientas de los labradores, repara los modestos objetos cotidianos. Este pequeño Vulcano del desierto hace cantar su yunque todo el día, aprendiz que tira de la cuerda del fuelle de la fragua para atizar las llamas. Chispas incandescentes nacen del martillo del artesano en un torbellino de estrellas fugaces y, durante su trabajo, él permanece como ausente del mundo.

Un niño silencioso lo mira y lo admira, se siente profundamente orgulloso. De vez en cuando, el hombre, de expresión voluntariosa, ascética, chorreando sudor, se detiene, recibe a sus clientes, responde a sus peticiones. A veces, un grupo de hombres se reúne de forma espontánea delante de la fragua. Comparten, beben té, bromean, ríen, hablan también de temas serios, agachados sobre una estera de fibra de palma.

No muy lejos de la fragua se encuentra una plaza cuadrada, bastante grande, rodeada de tiendas (colmados, carnicerías, de vendedores de telas, etc.) y de los talleres de los sastres, zapateros, carpinteros, orfebres... Todos los días se escapan melodías de estos talleres como aderezo de la serenidad y se propagan por la atmósfera tibia o sofocante, según la estación. Del lado oeste se encuentra un espacio desnudo, abierto, consagrado al mercado.

Una especie de caravasar sin paredes donde se mezclan los chillones dromedarios con los corderos, las cabras, los burros y los caballos, desprendiendo fuertes olores. Nómadas silenciosos van y vienen. Otros permanecen agachados sobre sacos de lona dura, llenos de cereales. Gavillas de madera seca trasladan la imaginación al gran desierto en el que fueron espigadas. Se ofrecen dátiles compactados para la conservación y a veces, en temporada, trufas del desierto para quien quiera adquirirlas. Todo esto produce una especie de tumulto sordo, acentuado por las agudas voces de los vendedores que llaman a los clientes. A veces, cuentacuentos o acróbatas exponen ante un público fascinado que se coloca en círculo en torno a ellos sus proezas o sus sueños. Callejones en sombra recorren la ciudad, entre las casas de tierra ocre imbricadas unas en las otras, coronadas por terrazas y que rodean un minarete blanco como un vigía que escrutara los cuatro horizontes. De esta masa de arcilla surgen aquí y allá las palmeras. Algunas hacen las veces de parasol, sombreando los huertos de una comarca en la que el sol clava sus ardientes rayos como si fueran ascuas. Fuera de la ciudad sólo hay un desierto de arena y guijarros, contenido tras una montaña que se extiende de un horizonte al otro, como una muralla infinita. En el seno del inhóspito desierto, la vida sabe a milagro.

El ambiente está tomado por la frugalidad. La miseria extrema apenas alcanza a las personas de esta cultura de la limosna y la hospitalidad, que los preceptos del islam recuerdan constantemente como deberes principales. Las estaciones y las constelaciones dan ritmo al tiempo. La presencia del mausoleo, protector y secular, del fundador de la ciudad, que durante toda su vida predicó la no violencia, instaura desde hace tiempo un clima de espiritualidad propicio al sosiego, a la concordia.

Sin embargo, esta tranquila ciudad no es el Edén. Aquí, como en otros lugares, los hombres se ven afligidos por sus tormentos. Lo mejor y lo peor habitan el mismo espacio. A los valores de la convivencia se unen las disensiones, los celos y una condición de la mujer que a menudo hiere el sentido y el corazón. Sin embargo, una obstinada moderación trata, a pesar de todo, de mantener la paz. Una especie de alegría omnipresente supera la precariedad, utiliza todos los pretextos para manifestarse en fiestas improvisadas. Aquí la existencia se siente de forma tangible. El mínimo trago de agua, la mínima cucharada de comida le dan a la vida, sobre el fondo de una paciencia que se renueva constantemente, un sabor real. Todos están preparados para la satisfacción y la gratitud una vez garantizado lo esencial, como si cada día vivido fuera un privilegio, una prórroga. La muerte es familiar, pero no es una tragedia. Cuando arrebata a los niños es cruel, pero la convicción de que el Creador, para preservar su inocencia, los arranca de las vilezas del mundo para privilegiarlos en cierto modo aligera la pena. La muerte es la administradora de una finitud para la que todos están preparados. La muerte es una evidencia y poco le importa el rango social, el prestigio o las riquezas. Se ocupa de su oficio, imprevisible, y devuelve a Dios las almas cuando Él lo decide. La resignación a lo que está escrito propicia el sosiego, ya que el destino es el juguete de causas contra las que la voluntad humana es impotente. Nada puede ocurrir sin la voluntad de Dios.

En el seno de este complejo mundo es donde el herrero hace cantar su yunque todos los días. Él mismo es cantor, poeta, y hace de su arte una ofrenda. Acompañando su voz de un instrumento de cuerda, provoca el júbilo de un público numeroso y alborozado, a menudo cercano a un trance compartido, bajo una bóveda celeste casi invariablemente constelada por estrellas: un resplandor incomparable. Si bien este mundo, entre el ensueño y la poesía, no estaba exento de tormentos, sí era un fruto que había madurado durante mucho tiempo en el árbol del destino. Como en otros lugares del mundo, los hombres intentaron en él la armonía, sin alcanzarla de forma perfecta. La perfección no les pertenece.

El fin de un mundo secular

Entonces, insidiosamente, lentamente, todo empieza a cambiar en el seno de este mundo secular. La tristeza se adueña del herrero. Está preocupado, absorto en extraños pensamientos. Ya no vuelve a casa a la hora del crepúsculo como un cazador libre, que regresa a veces con las manos vacías pero que la mayoría del tiempo viene cargado con una cesta colmada de víveres que sólo debe a su mérito, su talento y su valentía, así como a la bondad divina, para que su familia viva. Los encargos comienzan peligrosamente a escasear para el herrero. Los ocupantes franceses han descubierto la hulla y proponen un trabajo asalariado a todos los hombres válidos. La ciudad se transforma. Se acabó el tiempo que sabía a eternidad. Ha llegado la hora de los relojes, hasta entonces desconocidos; ha llegado con sus minutos, sus segundos… Esta nueva época tiene como propósito abolir toda «pérdida de tiempo» y, en el reino del ensueño tranquilo, la indolencia se toma por pereza. Ahora hay que ser serio, trabajar mucho. Cada mañana, lámpara de acetileno en mano, hay que adentrarse en las entrañas oscuras de la tierra para exhumar una materia negra que esconde un fuego dormido desde tiempos inmemoriales, como a la espera de un despertar que le permitiera cambiar el orden del mundo. Cada tarde, los hombres salen con el rostro manchado del extraño termitero al que se han consagrado durante el día. Apenas se les reconoce hasta que las abluciones liberan su rostro de la máscara oscura de hulla y polvo que lo cubre. Un aro negro persiste alrededor de los ojos, emblema de la nueva cofradía de los mineros. El reloj de pulsera adorna cada vez más muñecas, para ir más rápido se multiplican las bicicletas, el dinero se introduce en todas las ramificaciones de la comunidad. Las tradiciones adquieren un perfume anticuado, pasado. Ahora hay que ponerse al día de la nueva civilización.

El herrero, igual que el maestro Cornille de Alphonse Daudet -que sufre por el honor burlado de su molino de viento (respiración del buen Dios) por la competencia de los molinos de vapor (invención del diablo)-, resiste como puede a estas grandes transformaciones. Sin embargo, debe rendirse a la evidencia: los clientes son cada vez más escasos y alimentar a su familia pertenece desde ahora al campo del milagro. Tan sólo le queda convertirse él también en termita… Debido a sus aptitudes naturales, se le destina a la conducción de un locotractor, que remolca una larga oruga de vagones llenos de la materia mágica, esencialmente destinada a ser exportada a Francia. Los grandes trenes con potentes locomotoras transportarán la materia negra como un botín. Así es como el Progreso ha irrumpido en este orden secular.

El niño se siente perturbado al ver al herrero volver cada día, como todos los demás, manchado. El ídolo ha sido profanado. El taller se ha convertido en una cáscara silenciosa, ahora ya con la puerta cerrada, por encima de esos recuerdos con sabor a desuso de un tiempo inmemorial que ha pasado tan bruscamente. El yunque ya no canta. La civilización ha llegado, con algunos de sus atributos, su complejidad y su inmenso poder de seducción, sin que él pueda comprenderla, y aún menos explicarla. El lector habrá adivinado ya que el herrero, poeta y músico tan admirado por el niño, no es sino mi propio padre, y que el niño no soy sino yo mismo.

El silencio del yunque

La servidumbre de su padre inflige en el niño una extraña herida. Toda la población siente que algo importante se acerca insidiosamente, sin saber en realidad de qué se trata. La era del trabajo como razón de ser tiene como corolario la inmoderación apuntalada por el dinero y las nuevas cosas que se pueden comprar. Como en un último arranque de libertad, tan pronto como recibieron su primer salario, algunos mineros no volvieron al trabajo. Cuando volvieron a aparecer tras un mes o dos, los empleadores, descontentos, les preguntaron por qué no habían vuelto antes al trabajo. Ellos respondieron entonces con inocencia que si no habían terminado de gastar su dinero, ¿por qué habrían de trabajar? Sin saberlo, estaban planteando una cuestión que se ha evitado cuidadosamente, pero que hoy algunos consideran esencial, y a la que habrá que responder en estos tiempos de descalabro que obligan a reconsiderar la condición humana: ¿trabajamos para vivir o vivimos para trabajar? En cuanto a esos individuos ingenuos e indisciplinados, imaginamos que la compañía hullera les dejó las cosas bien claras.

Yo entendí bastante más tarde que al herrero la modernidad arrogante y totalitaria le había causado, como a innumerables seres humanos tanto del Norte como del Sur, una especie de obliteración por negación de su identidad y su persona. Peor aún: había reducido, con el pretexto de mejorarla, la condición de todos a una forma moderna de esclavitud, no sólo produciendo capital financiero sin tener en consideración alguna la equidad, sino también instaurando, con el simple hecho de tomar el dinero como medida de riqueza, la peor desigualdad planetaria posible. La explotación y la esclavitud del hombre por el hombre y de la mujer por el hombre siempre han sido una perversión, una especie de fatalidad que confiere a la historia humana la fealdad que todos conocemos, pero a diferencia de esta perversión espontánea, por así decirlo, la modernidad, que supuestamente había de ponerle fin con sus revoluciones, la ha perpetuado bajo el estandarte de las más bellas proclamaciones morales: democracia, libertad, igualdad, fraternidad, derechos del hombre, abolición de privilegios… Puede que la intención fuera sincera, pero ya ha llegado el momento de reconocer que los intentos más obstinados de instaurar un orden igualitario han fracasado debido a la naturaleza profunda del ser humano.

El yunque nunca ha resonado en mí con tanta fuerza como en su silencio, un silencio irrevocable, como si estuviera inscrito en una partitura inacabada cuya melodía se hubiera interrumpido para siempre. Más tarde me di cuenta de que este silencio había inoculado en mí el germen de una rebelión que terminó por eclosionar a finales de los años cincuenta. Entonces yo tenía veinte años y la modernidad se me presentaba como una inmensa impostura.