Image: La sombra de la duda

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Letras

La sombra de la duda

Siruela publica Fama, una historia cultural del rumor

22 febrero, 2013 01:00

Ilustración de Charlotte Seiler

Vivimos en un mundo enfermo de rumores y medias verdades que afectan a la cultura, la política, la sociedad, y que se han multiplicado en los últimos tiempos gracias a las redes sociales. ¿Recuerdan la carta apócrifa de despedida de García Márquez que lleva años en internet y que el propio Nobel tuvo que desmentir “por falsa y sobre todo por cursi”? Y eso que lo del bulo es cuento viejo. Los bulos, como explica Hans-Joachim Neubauer en Fama. Una historia del rumor “han cautivado a los hombres desde siempre”. El Cultural adelanta algunos de los mejores fragmentos de Fama, que lanza Siruela, en versión de Germán Garrido, el 8 de marzo.

De la Grecia clásica al 11-S, de Hesiodo a internet, el filólogo y periodista alemán Hans-Joachim Neubauer (1960) lo tiene claro: la historia cultural del rumor “sigue siendo en gran medida desconocida pese a los sugerentes aunque escasos intentos de estudiarla desde una perspectiva científica”. Y a eso, a desvelar sus misterios, se ha aplicado en esta obra, que descubre a los mártires de los rumores del mundo clásico y se interna en las redes sociales.

Rumores, gloria y certezas

Neubauer abre el fuego en el año 413 a. C., con la historia de un barbero del Pireo, el puerto de Atenas, que corre a la ciudad para trasmitir una mala noticia (que el ejército griego ha sido aniquilado en Siracusa) y es torturado porque, según escribió Plutarco, el infeliz “no sabía siquiera el nombre del informante [...]. Se produjo la cólera del público y el griterío de “¡Que se le torture! ¡Dad tormento al maldito! Pues él mismo ha fabricado y compuesto esa noticia. ¿Quién más la oyó?”. Total, que los atenienses torturaron al pobre barbero, “hasta que el rumor se hizo certeza” ya que aparecieron testigos que habían escapado de la derrota. También Hesiodo advirtió contra el poder del rumor al aconsejar a su hermano y a sus contemporáneos que eviten “la terrible reputación de los mortales; pues la mala reputación es ligera y muy fácil de levantar, pero dura de soportar, y es casi imposible quitársela de encima. Ninguna reputación desaparece totalmente si mucha gente la corre de boca en boca”.

La guerra de los mundos

Pasan los siglos, pero el soldado que acaba narrando lo vivido (o escuchado, o soñado, pero que siempre dice conocer de primera mano) se convierte inevitablemente en un testigo tan infiel en el siglo V a. C. como en el XXI. Según Neubauer, al analizar los rumores de la I Guerra Mundial, los soldados “cuanto menos comprendían, más directamente involucrados estaban en el ‘auténtico' acontecimiento bélico, en la proximidad de la batalla”. Quien estuvo allí y padeció la guerra, lo vio “todo, es decir, nada”. Como nada vieron pero todo temieron los norteamericanos que en 1938 escucharon la retrasmisión radiofónica de La guerra de los mundos, dirigida por Orson Welles a partir del relato de H. G. Wells. Era la tarde del 30 de octubre, recuerda Neubauer, y “en los hospitales y las salas de reposo, las muchachas se agolpaban en torno a sus aparatos de radio, temblaban y se abrazaban entre sí [...] Sólo se separan de sus amigas para ponerse en la cola del teléfono con la intención de dar el último adiós a sus padres. El teléfono refuerza el efecto de la radio: ‘Estaba en casa cuando mi novio me llamó y me dijo: ‘¿Funciona tu radio? Enciéndela, el mundo se viene abajo'. La encendí y oí cómo los edificios se desplomaban y la gente huía despavorida de Times Square'. Igual les sucede a otros muchos. Desde entonces los rumores, los auténticos objetos volantes no identificados, ya no necesitarán ‘volar'. Se encuentran por todas partes, y poseen un gran poder de sugestión” (pag. 134). La II Guerra Mundial acentúa el poder del rumor, apunta Neubauer, sobre todo en unos Estados Unidos traumatizados tras el ataque de Pearl Harbour: a partir de 1941 se sucedieron las noticias sobre las victorias, imaginarias o no, de los nazis y se lloraron las presuntas muertes de grandes personajes. Y una vez más el bulo tuvo consecuencias, porque, como apunta Neubauer, el silencio del gobierno norteamericano sobre las pérdidas sufridas creó “en los estadounidenses una predisposición hacia la habladuría”. Se rumorea incluso que “ toda la flota del Pacífico se ha hundido” y el propio presidente Roosevelt tuvo que explicar a la nación la importancia de las pérdidas. Sólo le creyó una cuarta parte de la población, por lo que una bostoniana, Frances Sweeney, decidió crear en marzo de 1942 la primera rumor clinic, un “hospital de la rumorología” que desde un periódico local intentaba desmentir los bulos sobre la guerra mientras ocupaba el espacio de la habladuría con sus propias informaciones veraces, con la ayuda de periodistas, psicólogos, sindicalistas, hombres de negocio e incluso miembros del FBI. Tuvieron cierto éxito, pero durante los conflictos raciales de los años 60, 70 y 80 la gente fue desconfiando en mayor medida de las informaciones oficiales y aferrándose al rumor. Es posible que un hombre del siglo IX recibiera en toda su vida tanta información como la que un urbanita del año 2013 intenta digerir en un año, gracias a la tele, los periódicos e internet. Entonces mandaban los rumores, los cantares de gesta o las leyendas. Ahora, nos dice Neubauer, también, porque “la tormenta de datos se ha acelerado. Los rumores, las falsas noticias, pero también las verdaderas se propagan mucho más rápidamenteque antes”, y en internet ya no es fácil saber quién ha dicho qué, cuándo y por qué.

El fantasma del 11-S

“Sin duda -insiste el alemán-, internet tiene un funcionamiento semejante al de la habladuría. Su altavoz es el sistema mediático que conforman la red, la radio y la prensa, donde el chisme procedente de la red se transforma en noticia, aunque sea sólo una noticia basada en una habladuría anónima reciente. Lo que es válido para los medios impresos se convierte en máxima para internet, ya que “la noticia aproxima el rumor y el rumor aproxima la noticia”. Y no hay mejor ejemplo que lo ocurrido tras el 11S. Para muchos, la imagen fue “un incunable del horror” y dio la vuelta al mundo. Se trataba de una foto encontrada en una cámara abandonada entre las ruinas del World Trade Center. En ella se veía a un turista joven en la terraza del rascacielos, con una mochila y gafas de sol. Una foto más, si no fuera porque “justo detrás del hombre, se acerca un gran avión de pasajeros de American Airlines. Tal y como vuela, no falta ni siquiera un segundo para que el edificio, el turista y el fotógrafo sean alcanzados por el avión y aniquilados”. El problema es que la foto era una falsificación y ha seguido circulando hasta hoy: la barandilla era demasiado baja, el modelo de avión no era el correcto... “Nada se ajustaba a la realidad y, sin embargo, la ficción cuasipoética de la imagen se abrió paso a través de los ordenadores de todo el mundo. La foto se ajustaba al acontecimiento que parecía documentar por su carácter ficcional. Simbolizaba el ámbito de la falsificación, el engaño y la irritación que se extendieron tras el 11 S”. ¿Conclusiones? Que hoy como ayer “el rumor es ciego, pero más rápido que el viento”, dice el alemán, que nos invita a desconfiar de internet, y a descubrir la verdad.