Image: La americana que rozó la corona de Inglaterra

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La americana que rozó la corona de Inglaterra

La historiadora Anne Sebba detalla en Esa mujer la vida de Wallis Simpson, por quien Eduardo VIII abdicó al trono

El Cultural
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Wallis Simpson

El título del último libro de la historiadora británica Anne Sebba es también la expresión con la que la reina madre de Inglaterra se refería a Wallis Simpson. Esta americana, admirada y vilipendiada por igual, fue la persona que puso en jaque a la monarquía británica, provocando la mayor crisis constitucional de la época. Divorciada, sin ningún encanto aparente pero tremendamente ambiciosa, supo seducir al príncipe Eduardo, quien cayó rendido a sus pies hasta el punto de renunciar al trono en 1936.

La historia de los duques de Windsor ha entrado en la leyenda como una de las historias de amor más poderosas de la tradición europea. En este libro la autora demuestra que no solo hubo amor, sino también mucha amargura, mezquindad y desolación tras la fría sonrisa de esa mujer que se empeñó en ganarle el juego a la vida.




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Convirtiéndose en Wallis

«Tiene el aire de los Warfield»



Elegir el propio nombre es el acto supremo de creación de uno mismo. Wallis, el nombre andrógino y poco común que insistió en ponerse, es toda una atrevida afirmación de identidad. «Wallis» no solo dice quién soy, sino también que no conocerás a nadie como yo. Acéptame tal y como soy. Siempre vivió fiel a este credo.

Desde el principio esta mujer modeló una imagen de sí misma como una persona fuerte, enigmática y diferente. Al adoptar ese nombre construía una identidad, se concedía desde temprana edad una libertad que las mujeres de su época no podían dar por supuesta. Demostró un desprecio por la tradición y las costumbres que sería crucial en su destino. Tras elegir su nombre tuvo que esforzarse mucho para estar a la altura, para establecer una relación fuerte con él. Aunque su apellido cambiara muchas veces, ese nombre fue una de las pocas constantes en su vida. «Hola, soy Wallis», decía cuando entraba en algún sitio.

El nombre que sus padres eligieron para ella fue Bessiewallis, en honor de la querida hermana de su madre, Bessie, y del ilustre amigo de su abuelo Severn Teackle Wallis, escritor y legislador, y un personaje importante en Baltimore. Durante la guerra civil estadounidense, estuvo un tiempo en prisión, junto con el abuelo de Wallis, por apoyar un llamamiento a la secesión de la Unión, pero más tarde fue nombrado rector de la Universidad de Maryland. El padre de Wallis también llevó el nombre de ese hombre, cuya estatua se alza hoy en un extremo de Mount Vernon Square, la plaza principal de la ciudad, a la sombra del imponente monumento a George Washington de ciento setenta y ocho pies de altura situado en el centro, el primero erigido en honor al primer presidente. Pero Bessiewallis pronto se deshizo de Bessie, que según ella era un nombre ideal para una vaca. En cambio, Wallis era un nombre de hombre para una mujer capaz de competir con los hombres.

Wallis nunca fue una mujer como las demás. Siempre quiso ser excepcional. Era divertida, lista, ingeniosa y elegante. Quería poner a prueba su brillantez, no con otras mujeres, sino con hombres y en el mundo de los hombres. Gracias a su agudo sentido de las apariencias, fue siempre consciente de la importancia que tiene el nombre. Había visto cómo su madre se cambiaba el nombre de Alys por Alice. Pero fue un cambio sutil, discreto, apenas perceptible. Sin embargo, el hecho de que ella escogiera el nombre de Wallis en su juventud formaba parte de su armadura, tanto como la ropa y la decoración de diseño que elegía cuidadosamente en su edad madura. Al invitar a los amigos a su tercera boda, su futuro esposo, el antiguo rey, un hombre con una lista de nombres mucho más larga, de repente empezó a referirse a ella como «señora Warfield». Era un apellido que nunca había sido suyo y al que no tenía derecho, pero que adoptó para proteger al hombre al que había arrastrado consigo.

Definirse por el nombre fue uno de los primeros actos de una jovencita decidida a dominar un mundo frío y a menudo hostil. Cuando lo lograba se sentía más tranquila. Pero la mayor parte de su vida dependió de la caridad de los demás y eso le comportó largas temporadas de infelicidad, a las que reaccionó de maneras diversas.

No hay partida de nacimiento de Wallis. En aquella época no era un requisito legal en Pensilvania, donde nació, bajo el signo de la clandestinidad y el escándalo, probablemente el 19 de junio de 1896. Tampoco hubo ningún anuncio de su nacimiento en los periódicos. Y, sin embargo, no hay duda del lugar donde nació: una pequeña casa de madera, conocida como Square Cottage, en la parte trasera del Monterey Inn, dentro del complejo de veraneo de Blue Ridge Summit. La comunidad de Blue Ridge Summit, en lo alto de South Mountain, en Monterey Pass, estaba en su apogeo como lugar de vacaciones y balneario de moda a principios del siglo XX, tras la llegada del ferrocarril en 1872. Blue Ridge Summit se extiende en cuatro condados -dos pertenecen a Pensilvania y los otros dos a Maryland- y está a caballo de la histórica línea Mason-Dixon, lo que aportó aspectos significativos, tanto del sur como del norte de Estados Unidos, a la forma de ser de Wallis. Algo que más adelante ella sabría aprovechar.

Al parecer sus padres habían ido allí para huir del calor del verano en Baltimore y con la esperanza de que mejorara la salud del padre de Wallis, pero también para escapar de la hostilidad familiar. En sus memorias, Wallis se muestra imprecisa acerca del matrimonio de sus padres, el tísico Teackle Wallis Warfield y la animosa pero voluble Alice Montague, un matrimonio que ninguna de las dos familias veía con buenos ojos.

«Sin comunicarlo a sus familias, huyeron y se casaron en una iglesia de Washington, según una versión, en una iglesia de Baltimore, según otra», escribió Wallis sesenta años después. Wallis quiso hacernos creer que Teackle y Alice se casaron en junio de 1895, cuando ambos tenían veintiséis años. Pero lo más probable es que el matrimonio se celebrara solo siete meses antes de su nacimiento, el 19 de noviembre de 1895, como consigna una monografía sobre la iglesia de San Miguel y Todos los Ángeles de Baltimore. Según esta, se solicitaron los servicios del doctor C. Ernest Smith, el rector, para oficiar un matrimonio discreto que en su momento llamó poco la atención. «Aquel día Teackle Wallis Warfield tomó como esposa a la señorita Alice M. Montague, miembro de la parroquia. La ceremonia no se celebró en la iglesia principal, sino en la rectoría, en Saint Paul Street 1929, en presencia de varios amigos.»

Según esta versión, parece que la boda se celebró en cuanto Alice se enteró de que estaba embarazada, que la primera y única hija de la unión probablemente fue concebida fuera del matrimonio y que ni la familia del novio ni la de la novia asistieron a la ceremonia. Más significativamente, tal vez revela también que no hubo ni un solo momento de su vida en que Wallis no tuviera que guardar secretos.

En su libro, Wallis escribiría más adelante, intentando mostrar despreocupación, que una vez le preguntó a su madre la fecha y la hora de su nacimiento «y ella contestó con impaciencia que en aquel momento estaba demasiado ocupada para consultar el calendario, y aún más el reloj». Pero el bebé bien podría haber sido prematuro, ya que el médico de la familia no estaba de servicio y el doctor Lewis Miles Allen, de veintidós años y recién licenciado, recibió una llamada urgente del Monterey Inn y ayudó a traer a la criatura al mundo en la habitación de hotel de Alice.

A pesar de compartir credenciales sureñas impecables y ser simpatizantes de la Confederación durante la guerra de Secesión, los Warfield y los Montague no se llevaban bien. Ambas familias procedían de estirpes antiguas y respetadas, y su llegada a América se remontaba al siglo XVII. Se menciona mucho a los Warfield en el Domesday Book y se dice que un antepasado de Wallis, Pagan de Warfield, acompañó a Guillermo el Conquistador desde Francia y luchó en la batalla de Hastings. Los Montague, por su parte, descendían de una antigua familia aristocrática inglesa que llegó a América en 1621, cuando un tal Peter Montague dejó Buckinghamshire y se afincó en tierras de Virginia concedidas por el rey Carlos I. Wallis siempre estuvo orgullosa de su linaje, y no le faltaban razones. «Para los que están dispuestos a aceptar que puede haber distinciones de clase en Estados Unidos -escribió el comentarista social Alastair Forbes a mediados de la década de 1970-, se puede decir que ella procedía de un estrato mucho más elevado que, por ejemplo, la princesa Gracia de Mónaco, Jacqueline Bouvier o las damas Jerome o Vanderbilt del siglo XIX. Según los criterios que rigen en la actualidad en Gran Bretaña sobre los orígenes familiares, ella podría situarse bastante por debajo de dos duquesas reales recientes y bastante por encima de otras dos.» Pero los Montague, a pesar de su pasada prosperidad como terratenientes, habían dejado de ser prósperos. Eran mucho más vitales que los política y comercialmente activos Warfield, a los que consideraban nuevos ricos. Creían que su hermosa y alegre Alice podía aspirar a un marido mucho mejor que Teackle Wallis. El solemne clan de los Warfield, a su vez, no solo miraba a los Montague por encima del hombro, sino que dudaban que Teackle Wallis tuviera suficiente salud para mantener a una esposa y, en consecuencia, creían que no debería pretender casarse.

T. Wallis, como le gustaba hacerse llamar, era el menor de los cuatro hijos (el mayor, Daniel, había muerto joven) y las dos hijas de Henry Mactier Warfield y su esposa, Anna Emory. Los Emory eran médicos y, como muchos nativos de Maryland de clase alta, propietarios de esclavos y simpatizantes de la causa sureña. El doctor Emory se alistó en el ejército confederado como cirujano y estuvo destinado en Richmond, Virginia, hasta el fin de la guerra. De los hijos vivos, el mayor, Solomon Davies Warfield, era un banquero próspero y prominente, presidente de la Continental Trust (la empresa de inversiones más importante de Baltimore en aquella época), y un soltero millonario que tenía un apartamento en la Quinta Avenida de Nueva York, que, según se dice, compartía con su amante. El segundo, Richard Emory Warfield, vivía en Filadelfia y triunfaba en el negocio de los seguros, mientras que el cuarto, Henry Warfield, poseía una finca agrícola en Timonium, en el condado de Baltimore.

Tackle siempre tuvo mala salud, pero a los dieciocho años, cuando enfermó de tuberculosis, en lugar de mandarlo a un sanatorio o a un lugar con un clima más favorable para que se recuperara, se decidió que debía trabajar como oficinista en la Continental Trust de su tío, en Baltimore, no para que mejorara su salud, sino porque la familia deseaba desviar la atención de su vergonzosa debilidad. En el siglo XIX se sabía muy poco de los tratamientos y las causas de la tuberculosis. Aunque el bacilo se aisló en 1882, no hubo un tratamiento definitivo hasta mediados del siglo XX. Cuando nació Wallis, no solo estaba muy extendida, sino que además se consideraba una vergüenza, en parte porque era una enfermedad que se atribuía a la pobreza. Al menos para el ochenta por ciento de los pacientes la muerte era el único pronóstico. Normalmente, tras un horrible período de sudores nocturnos, escalofríos y tos paroxística, la enfermedad se extendía a otros órganos, lo que conducía al debilitamiento extremo que le valió la denominación de «consunción». Así pues, no era sorprendente que Teackle Wallis, un tuberculoso encantador y sensible pero melancólico, pareciera un novio desastroso a los padres Montague: William, que trabajaba en seguros, y su esposa, Mary Anne. De hecho, el consejo médico de la época, que probablemente fue el que dio el doctor de los Warfield, era evitar la cohabitación con mujeres por el temor a propagar la enfermedad. Los que convivían con enfermos de tuberculosis estaban expuestos al peligro de contagio con cada inspiración, ya que el bacilo se transmite a través de gotitas expulsadas al aire, sobre todo por la tos y los estornudos, que al inhalarse se alojan en el organismo e infectan los pulmones.

Aun así, T. Wallis Warfield debía de tener un enorme atractivo para conquistar a la animosa y cabezota Alice Montague. Según la única hija de la pareja, los ojos hundidos y observadores, que probablemente fueran indicativos de los estragos de la enfermedad, le daban un seductor aire de poeta. A finales del verano de 1896, Teackle estaba muy enfermo y muy débil, pero decidió volver con su familia al centro de Baltimore e instalarse en un hotel residencial, el Brexton, donde esperaba que, si ocurría lo peor, su mujer y su hija pudieran salir adelante. Ese edificio de ladrillo rojo con ocho apartamentos pequeños fue el único hogar que Wallis compartió con su padre y su madre.

Teackle, ya muy débil y en silla de ruedas, pudo sacarse una sola fotografía con su hija. Murió cinco meses después de su nacimiento, el 15 de noviembre de 1896. Según la tradición familiar, sus últimas palabras fueron: «Me temo que tiene el aire de los Warfield, Alice. Esperemos que en el carácter se parezca a ti». Wallis heredó de su madre los penetrantes ojos azules, que siempre se ha dicho que eran su mejor rasgo, y quizá también el carácter. De su padre heredó los cabellos oscuros y un miedo atroz a la inseguridad, pero ningún capital.

Cuando Wallis era niña, Baltimore era una de las ciudades más activas económicamente y con mayor crecimiento de Estados Unidos. Desde principios del siglo XIX, el norte de Baltimore atrajo a muchas familias acomodadas que vivían en grandes casas de tres y hasta cuatro pisos, construidas alrededor de Mount Vernon, que en esa época era todavía un barrio residencial relativamente rural y elegante. Como ciudad portuaria emplazada en el norte de la bahía de Chesapeake, Baltimore estaba bien situada para recuperarse rápidamente de los daños físicos y económicos infligidos por la guerra de Secesión, y la reconstrucción fue su período de mayor prosperidad. Atractiva tanto para inmigrantes como para inversores entre la década de 1880 y 1914, la ciudad acogió a grandes y variopintas comunidades de italianos, polacos, alemanes, irlandeses y chinos, así como a muchos miles de judíos de Europa del Este que huían de los pogromos, las turbulencias políticas y la pobreza. La mayoría de los judíos se instalaron en el este de Baltimore, especialmente en la zona de Lombard Street, y permanecieron económicamente marginados durante al menos una generación. No es probable que los Warfield y los Montague se aventuraran en ese lugar, con docenas de gallineros y gallinas picoteando en las calles, olor a especias picantes y ruido de cubos de metal, saludos en yiddish y carnicerías kosher.

Pero vivir en una ciudad donde al menos un tercio de los residentes son extranjeros refuerza los deseos de distinguirse, sobre todo entre los que se ven a sí mismos como parientes pobres, que sin duda es lo que eran Wallis y su madre. Además, durante la infancia de Wallis, unos cuarenta años después de la abolición de la esclavitud, la segregación racial todavía estaba en vigor en Baltimore, como en otras muchas ciudades del sur de Estados Unidos. Por eso, decidir dónde viviría la pequeña Wallis Warfield y a qué escuela asistiría era una cuestión trascendental para toda su familia.

A las pocas semanas, Anna Emory Warfield, la matriarca de la familia, de sesenta años, invitó a su nuera y a su nieta a vivir con ella en el número 34 de East Preston Street, una mansión grande y sólida de cuatro pisos en el centro de la parte antigua de la ciudad, cerca del monumento a Washington. Aquella casa regia y apacible de adultos fue su hogar durante los siguientes cuatro o cinco años. Wallis reconocería más tarde lo perturbadora que debió de ser su presencia allí. Su abuela, a quien quería mucho, la llevaba de compras todos los sábados al Richmond Market, lo que resultaba «tan emocionante como un viaje a la luna». Ir al mercado era importante para las señoras ricas de Baltimore. Vestían en consonancia y se ponían guantes blancos, pues no pensaban tocar nada. Las criadas, que caminaban a una distancia discreta detrás de ellas, se encargaban de llevar las compras.