Image: '100 mitos de la ciencia'

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'100 mitos de la ciencia'

El investigador del CSIC Daniel Closa i Autet desmonta en un libro las creencias erróneas más extendidas

El Cultural
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Daniel Closa i Autet

Cuántos niños, desde el boom del turismo de sol y playa en los 60, habrán tenido que aguantar estoicamente las dos horas de rigor sin poder bañarse después de comer. Daban igual las cantidades de alimento ingeridas, que la prescripción parental era inmutable: dos horas. Daniel Closa i Autet, doctor en biología e investigador del CSIC, despacha en '100 mitos de la ciencia' las creencias pseudocientíficas más extendidas en nuestra sociedad. Muchas, como ésta de la digestión, encierran gran parte de verdad y sólo necesitan algunas matizaciones. Otras se han transmitido sin saber muy bien cómo surgieron, como que el avestruz esconde la cabeza cuando está en peligro. Y algunas directamente son bulos alentados por mentes conspiranoicas, como la teoría de que el hombre nunca llegó a la Luna. A continuación puede leer la respuesta de Closa a cuatro de estos mitos.




Los americanos nunca llegaron a la luna

Esta es la teoría de la conspiración por excelencia. Hay quien cree que todo aquello de las misiones Apolo fue el engaño más grande a nivel planetario que ha habido nunca. Un engaño que incluye miles de personas que trabajaban en la NASA, todos los científicos que en todo el planeta iban participando en el seguimiento de las naves, y la propia Unión Soviética, que, por algún motivo indeterminado, no se quejó a la mínima sospecha de fraude.

Según los entrañables conspiranoicos, las imágenes que hemos visto son falsas y no se obtuvieron en la Luna, sino en decorados situados en lugares sin especificar, preferentemente en algún desierto de Estados Unidos. Argumentan que la tecnología de aquel tiempo no permitía el viaje a la Luna y preguntan con sarcasmo por qué motivo no se ha vuelto nunca más. Esto, hoy en día, se puede entender un poco, puesto que los jóvenes no vivieron el ambiente frenético que se vivía durante la Guerra Fría entre los americanos y los soviéticos. La carrera entre las dos superpotencias justificaba los gastos fabulosos que dedicaron al espacio. Una justificación que actualmente ya no se da, ni mucho menos.

Después está el tema de las imágenes. La más habitual es la bandera que ondea y que en la Luna no tendría que hacerlo puesto que no hay atmósfera ni, por lo tanto, viento. La explicación sencilla, que la bandera no se mueve sino que simplemente está arrugada, no se acepta tan fácilmente. Parece que es más creíble una conspiración mundial mantenida a lo largo de los años que el simple hecho de que una bandera esté arrugada.

También se indica que hay sombras misteriosas, de diferentes tamaños para los dos astronautas. Esto sugiere que cada uno estaba iluminado por un foco diferente. De nuevo, hay una explicación sencilla. Si el suelo no es completamente llano, las sombras siempre tienen diferentes tamaños. Además, dos focos no causarían sombras de diferentes tamaños, sino dos sombras en cada astronauta. Pero este es un detalle que no desanima a los que creen que todo es un engaño.

Se comenta que los movimientos de los astronautas no son normales, aunque raramente especifican cuáles serían considerados normales. Y, cuando lo hacen, de nuevo dan explicaciones erróneas. Se preguntan dónde estaba el combustible para salir de la Luna dentro de una nave tan pequeña como el LEM, sin tener en cuenta justamente que la nave era pequeña, que la gravedad en la Luna es seis veces menor que en la Tierra, y que solo hacía falta combustible para llegar hasta la otra nave, que esperaba con el tercer astronauta (y mucho más combustible) orbitando la Luna.

La verdad es que es un ejercicio divertido encontrar los errores en los argumentos de los conspiranoicos. Muchas veces demuestran una olímpica ignorancia de las leyes elementales de la física, pero esto no les desanima. Al final siempre se pueden plantar con un "pues no me lo creo y punto" difícil de rebatir.

Y finalmente hay otros detalles que no tienen en consideración. Ya se han obtenido imágenes de los lugares de alunizaje, una demostración difícil de pasar por alto. También hay unos espejos que dejaron depositados en la superficie de la Luna y que sirven para medir por medio de impulsos de luz láser, cómo varía la distancia entre la Tierra y la Luna. Hoy en día todavía se usan, pero quizás esto también sea parte de la conspiración.

El problema es cuando chocan los que creen que no fueron a la Luna con los que creen que sí y encontraron extraterrestres allí arriba. Otra conspiración interesante que, por desgracia, es incompatible con la primera.

Y es que si te gustan las conspiraciones, al final has de elegir a qué teoría inverosímil te quieres apuntar.


Los hombres piensan en sexo cada siete segundos

De esta afirmación hay diferentes versiones en las cuales varía el tiempo que presuntamente tardamos los hombres a volver a pensar en sexo. Hay quien habla de seis segundos, otros de siete, otros de cincuenta y ocho segundos, y seguro que hay más. Es fantástico, porque si lo de los seis segundos fuera cierto representaría que cada minuto pensamos diez veces en algo relacionado con el sexo. Unas sesenta veces por hora y, en un día normal, obviando unas cuantas horas para dormir, tendríamos novecientos sesenta pensamientos libidinosos.

Me van a disculpar, pero pensar en sexo más de novecientas veces en un día me parece exagerado incluso para el más pervertido de los obsesos. Además, esto presupone que los hombres tenemos una imaginación realmente limitada. Cualquier pensamiento relacionado con el sexo que merezca este nombre requiere más de seis segundos. Y, diga lo que diga el mito, algo más hacemos a lo largo del día. Con el ritmo de pensamientos que se nos atribuye, no podríamos hacer ninguna otra cosa. Además, es que al final incluso los más machos de los machos se aburrirían.

Lo más divertido es que la afirmación es completamente gratuita. No hay estudios que aporten estos datos. Ni estos ni ningún otro, entre otras cosas porque no tenemos manera de medirlo más allá de abordar a alguien y preguntárselo. Una pregunta que tampoco es tan sencilla de responder. ¿Alguien recuerda exactamente el número de ocasiones en que pensó en sexo durante el día de ayer?

Además, también hay que precisar algo más sobre de qué se habla. Mientras escribo esto, o mientras lo leen, ¿se considera que estamos pensando en sexo? ¿Cuántas veces? ¿Cuenta por una sola? ¿O por muchas consecutivas?

Lo que resulta interesante en la afirmación de los seis o siete segundos es que da por supuesto que disponemos de la tecnología para medir estas cosas. Actualmente empezamos a tener idea de cómo funciona el cerebro, de qué áreas están activas en un momento u otro, incluso hay experimentos para intentar generar alguna imagen mental sencilla. Pero saber si alguien está pensando en sexo (o en lavadoras, o en escarabajos, o en lo que sea) y poder medirlo es, de momento, simplemente imposible.

Al final todo ello es una manera divertida, o ingeniosa, de explicar que los hombres piensan en el sexo con más frecuencia que las mujeres. Un dato aceptado en general y que, este sí, parece que se ha analizado. Al menos sabemos que las zonas del cerebro relacionadas con el comportamiento sexual se desarrollan más en el caso de los hombres que en el de las mujeres. Aunque en esto hay que tener cuidado, porque más grande no significa necesariamente más activo, pero en cualquier caso sí quiere decir "de manera diferente". Por ejemplo, en los hombres el estrés hace que aumente su interés por el sexo; en cambio, en las mujeres suele tener el efecto contrario.

Alguien dijo, relativamente en broma, que ciertamente los hombres piensan mucho más en el sexo que las mujeres, puesto que en el caso de ellas su fisiología les empuja a buscar un destino para un único óvulo cada mes. Los hombres, en cambio, tenemos que buscar un destino a seiscientos millones de espermatozoides cada semana. No es ninguna sorpresa que esto induzca comportamientos diferentes.


Los resfriados los causa el frío

Si hay una enfermedad típica y afortunadamente poco grave, esta es el resfriado común. Todos la conocemos y la hemos sufrido unas cuantas veces. Normalmente cada invierno suele caer un resfriado que nos tiene bajo mínimos cuatro o cinco días. Nada que ver con la gripe, que es más seria y que dura más tiempo.

Pero, a pesar del nombre, no es el frío el causante de los resfriados. Un resfriado es una enfermedad infecciosa causada por un virus. De hecho, no uno solo, sino que hay muchos tipos de virus que causan una infección leve de las vías respiratorias. Los más comunes son los rinovirus (de rinos, que quiere decir nariz) pero también lo hacen los coronavirus y otros.

Por lo tanto, la pregunta es: ¿por qué motivo estos virus nos afectan especialmente cuando pasamos frío? ¿O cuando nos ponemos delante de una corriente de aire? ¿O cuando vamos con los pies mojados? ¿Y por qué a veces vamos a la montaña, pasamos mucho frío y no nos resfriamos?

El caso es que los virus están presentes siempre en el ambiente y cada vez que respiramos inhalamos una buena cantidad. Lo que varía son las cantidades, porque, en otoño e invierno, con mucha más gente enferma, el número de partículas víricas es mucho mayor. Además hay un periodo de tiempo en el que las personas afectadas aún no presentan síntomas, de manera que ignoran que ya están infectadas. Por lo tanto, siguen yendo a trabajar, reuniéndose con otras personas, estrechando la mano y transmitiendo millones de virus al respirar.

Puesto que hay más virus flotando por los aires o en las superficies de las cosas y de las personas durante el invierno, parece normal que sea en esta estación cuando contraigamos resfriados con más frecuencia. Pero, ¿y el frío qué tiene que ver?

Pues el caso es que tampoco es sencillo para un virus infectarnos. Antes necesita alcanzar el interior de las células del cuello o del pulmón, y para conseguirlo tiene que atravesar una serie de barreras físicas y químicas. Al fin y al cabo, nuestro cuerpo dispone de unos cuantos mecanismos de defensa. Una de las primeras defensas son los mocos, una sustancia pegajosa en la que quedan atrapados la gran mayoría de virus que respiramos. El moco recubre la superficie de las vías respiratorias para limpiarlas del polvo, los virus y las bacterias que vamos inhalando. Y actúa como una capa en movimiento. En la superficie de las células de la tráquea hay un tipo de "pelos" (denominados cilios), que van latiendo rítmicamente. Este movimiento hace que el moco se vaya desplazando lentamente hacia arriba, hasta que llega al cuello y es tragado. De manera que el destino final de los virus suele ser terminar pegados en una pasta de mocos y acabar digeridos por el ácido del estómago.

Pero resulta que con el frío, el movimiento de los cilios se ralentiza, haciendo que la capa de moco se mueva más despacio, lo que concede a los virus del resfriado mucho más tiempo para alcanzar la superficie de las células. En estas condiciones algunos lo consiguen y ya pueden empezar a hacer copias de sí mismos. Es el inicio de la infección.

Una invasión sin mucho futuro, ya que nuestro sistema inmunitario puede destruir con relativa facilidad los virus del resfriado, aunque mientras tanto ya habremos contribuido involuntariamente a esparcir una buena cantidad de virus por el ambiente.

Naturalmente, cuando nuestro cuerpo detecta la infección, pone en marcha mecanismos para evitar la entrada de nuevos virus, y entre ellos está la producción de más mocos. Un sistema molesto, pero efectivo. Y por esto también es importante beber mucho líquido. En parte es para evitar deshidratarnos, pero sobre todo para mantener los mocos fluidos de manera que puedan ser desplazados con facilidad por los cilios de las células de la tráquea. Y poco más podemos hacer. Mantenernos abrigados, no hacer esfuerzos y tener paciencia. Al ser un virus, los antibióticos no le hacen nada, y al haber tantos tipos diferentes, las vacunas tampoco serían efectivas.

Y una curiosidad final. Alguien ha calculado que en una vida de setenta y cinco años nos pasaremos unos tres años resfriados. ¡Tres años moqueando, estornudando y tosiendo!

¡Pesaditos, los rinovirus!


El hombre viene del mono

El poder de las imágenes es enorme, y una imagen muy lograda puede ser más efectiva que mil palabras; en realidad puede valer por años y años de palabras. Y una de las imágenes que más ha calado en el subconsciente colectivo es la que suele aparecer en referencia a la evolución humana. En un lado aparece un mono, normalmente un chimpancé, y a continuación hay una secuencia de hombres primitivos, empezando por los neandertales, seguidos por otros más "evolucionados", hasta llegar al hombre moderno en el extremo final.

Una imagen que consigue transmitir la idea del cambio progresivo: desde el estado animal hasta el ideal del hombre moderno, civilizado, evolucionado.

Pero el caso es que la imagen es engañosa y errónea por muchos motivos. Uno de ellos es casi social. Prácticamente siempre lo que aparece dibujado es un hombre, casi nunca una mujer. Y siempre de raza blanca con marcados rasgos anglosajones. Seguramente refleja la imagen que tenía en mente quien realizó el dibujo, pero no deja de ser tendencioso. Por supuesto en un dibujo únicamente puedes poner un ser humano y no puedes hacer una síntesis de todas las razas y de los dos sexos, pero es que en la mayoría de estas imágenes se repite el mismo cliché.

Otro error es dibujar un neandertal al principio de la secuencia. Los hombres de Neandertal son el prototipo de hombre primitivo que imaginamos habitualmente: complexión grande, frente aplastada, nariz ancha, ojos con unos arcos supraorbitales marcadísimos... Todo en ellos nos indica que son primitivos. Pero el caso es que no fueron tan primitivos puesto que convivieron con nosotros, con los Homo sapiens. De manera que, en una escala temporal, no es correcto situarlos antes de nosotros. Y, aún más importante, los humanos actuales no somos descendientes de los neandertales. Más bien podemos decir que somos primos. Ellos se extinguieron sin dejar descendientes mientras que nosotros ocupamos su lugar después de competir durante unos miles de años.

De todos modos, el error más flagrante es el mono del principio de la secuencia, el chimpancé que aparece feliz de ser el inicio de la senda que acabará dando lugar a los humanos. Por suerte para los chimpancés, ellos no tienen ninguna responsabilidad en la aparición de los humanos. Y es que afirmar que el hombre viene del mono e inmediatamente pensar en los monos actuales no tiene ningún sentido. De nuevo, estamos emparentados con los chimpancés; somos unos primos cercanos, pero no hay una línea directa que nos una.

Hace unos pocos millones de años vivió en África una especie animal con características parecidas a las de los simios. Tuvieron un cierto éxito a la hora de sobrevivir, y sus descendientes fueron adquiriendo diferentes características físicas. Algunos consiguieron desarrollar el bipedismo de una manera notablemente efectiva. Tuvieron que pagar el precio de los dolores de espalda y de las dificultades en la gestación, pero el premio, consistente en dejar libres las extremidades anteriores, lo valía. Otros tan solo tuvieron un éxito parcial: podían andar de pie durante breves períodos, pero con menor eficacia. En cambio, eran mucho más diestros moviéndose por los árboles. E incluso otros fueron desarrollando formas intermedias en su fisiología.

Humanos, chimpancés, gorilas, orangutanes... Todos tenemos unos antepasados en común que nos emparientan, pero de ninguna forma descendemos los unos de los otros. Además, aquellos animales parecidos a los simios también descendían de unos antepasados completamente diferentes: mamíferos que se escondían entre los matorrales, intentando ocultarse de otros animales más poderosos, reptiles y dinosaurios. Y la secuencia sigue. Los primeros mamíferos también tienen antepasados que los emparientan con otros animales superiores. Y los antepasados tienen los suyos, que a su vez...

Los humanos y los monos descendemos de unos animales africanos diferentes de los monos actuales, pero la secuencia sigue y sigue. Visto en perspectiva nos damos cuenta de que, de alguna manera, todos los seres vivos de la Tierra estamos emparentados.