Image: Juego de cartas

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Letras

Juego de cartas

Max Aub

12 noviembre, 2010 01:00

Dibujos: J. Torres Campalans. Cuadernos del Vigia. Málaga, 2010. 108 naipes, 50 euros


La prolífica y versátil obra de Max Aub (1903-1972) es un vasto territorio literario de confines difusos. Un incansable trabajo desde el vanguardismo en los años 20 de la anterior centuria hasta su fallecimiento en México incluye los más disímiles registros. Aub cultivó la prosa intrascendente de entreguerras, el realismo galdosiano, la crónica casi directa de la guerra civil y la pura imaginación. Su narrativa abarca, en suma, tanto al prosista fantaseador como al testigo comprometido de su tiempo. Pero su obra no acaba aquí. También dramaturgo importante y poeta ocasional, se dilata por un periodismo escrito y radiofónico caudaloso, por ensayos serios o mordaces, por el dietarismo, e incluye hasta el periódico unipersonal "El Correo de Euclides" que sacaba por año nuevo.

En la enorme producción de este entusiasta de la palabra y fervoroso cultivador de la letra (esto incluso en su dimensión tipográfica) ocupa un espacio diferenciado la biografía del pintor cubista Jusep Torres Campalans. El estudio homónimo del olvidado amigo de Picasso tiene aspecto de monografía académica, lleva notas eruditas y bibliografía y reproduce abundantes ilustraciones del pintor. Fue una monumental broma porque tal pintor no existió. Los cuadros y dibujos de Torres Campalans, de ingenuidad naif, debidos al propio Aub, no son ni buenos ni malos, simplemente salta a la vista que carecen de la menor profesionalidad. A pesar de ello, al parecer algún snob acaudalado quiso comprarlos, con lo que se redondeó la burla jocosa, aunque no inocente porque esconde un profundo enjuiciamiento artístico de la pasada centuria.

Lo serio y el juego van del brazo en Jusep Torres Campalans, novela-ficción, podríamos decir, de especial interés por partida doble para dar cuenta de la reedición de uno de los títulos más desconocidos y curiosos de Aub, Juego de cartas. Por un lado, reencontramos aquí a J C (firma artística de Torres Campalans). Por otro, hallamos en toda su pureza ese espíritu lúdico al convertirlo en juego de mesa, una baraja compuesta por 108 naipes dentro del tradicional estuche. En una cara de las cartas figuran los palos de la baraja dibujados (un decir: garabateados con trazos infantiles) por el apócrifo J C, cuya rúbrica solo aparece en los cuatro comodines y en dos bastos. En el reverso sigue la broma polisémica y figuran las cartas -una breve epístola íntegra en cada cartulina- de un grupo de personas vinculadas por el nexo común del protagonista ausente, Máximo Ballesteros.

Juego de cartas apareció en México, sin fecha pero en 1964, bajo el sello del exiliado Alejandro Finisterre. Desde entonces no había vuelto a ver la luz, y no porque padeciera esa desatención hacia sus obras de la que Aub tanto se quejaba y tanto le dolía. Lo impidió su editor. Yo mismo quise rescatarla hace tiempo en una colección que dirigí y fue imposible vencer la negativa de aquel singular personaje que pasará a la historia como inventor del futbolín. Mientras, el libro ha alcanzado altas cotizaciones en el mercado de viejo. Ahora se reedita en la versión íntegra que incorpora dos cartulinas que faltan en algunos ejemplares de la original.

Una novela epistolar ocupa una de las caras de la singular baraja. Múltiples personajes, un verdadero carrusel, manifiestan noticias acerca de Máximo con motivo de la misteriosa muerte de éste a instancias de sendos corresponsales. En el aire queda si fue suicidio, asesinato o fallecimiento súbito, a pesar de precisos testimonios al respecto. La propia viuda, Carmen T., y su confesor cruzan misivas, éste para disculpar la mala conciencia de la mujer y ella para achacarle el haber seguido sus consejos puritanos a los cuales quizás se deban los descarríos amorosos del difunto. En conjunto, las cartas presentan un tiovivo de opiniones contradictorias sobre el inasible sujeto, de quien ni siquiera queda claro que fuera el infatigable donjuán que revela la lista de amantes. Cada quien se expresa con rasgos propios y diferenciadores, en admirable pluralidad de posibilidades expresivas que incluyen la simpática respuesta de una sirviente plagada de faltas de ortografía.

Los juicios tienen múltiples fundamentos: rencor, respeto, desprecio, ira, afecto... Se trata de una novela perspectivista cuyos puntos de vista alejados respecto del personaje se ofrecen al lector como piezas de un rompecabezas que requiere la participación activa del destinatario para darle forma. Las reglas del juego impresas en el estuche indican que gana quien adivine "quién fue" Ballesteros. Apela Aub así en su grado extremo al principio de la opera aperta enunciado por Umberto Eco. Se suma así Aub al prurito innovador de hace medio siglo que llevó al británico Mac Saporta a presentar su novela policiaca Dossier 5 en una carpeta con atestados y otros materiales y encomendar al lector la resolución del enigma. Pero se trata de algo más que de un experimento vanguardista porque supone el desafío de cuestionar las convenciones narrativas.

Juego de cartas rebasa, por tanto, su simple apariencia lúdica. Los dimes y diretes del epistolario hacen pensar en una pionera intuición postmoderna, una novela paródica de los relatos folletinesco-sentimentales. La voluntad de ir más allá del puro juego se evidencia en otros motivos. El enigma de la muerte de Máximo señala la tupida malla que hace imposible conocer la verdad, diferenciar entre apariencias y realidad. Y el asunto central del libro es nada menos que el de la personalidad. El epistolario ilumina el unamuniano problema de alcanzar a conocer cómo somos (quién somos). El motivo, implícito en toda la ficción, también se dice con claridad. Un corresponsal explica lo inútil del empeño por discernir cómo es el prójimo y aclara que "nadie sabe cómo es conocido. Máximo Ballesteros no fue una excepción. Nadie lo es".

Alguna crítica académica atribuye valores trascendentes a los juegos, invenciones y bromas literarios de Aub como si hubiera que disculparle por estas frivolidades, hijas de un fuerte temple experimental y lúdico compatible con una vehemencia malhumorada. Sin minusvalorar las intenciones señaladas, no hay por qué desmesurarlas. Juego de cartas es una feliz invención imaginativa, un ejercicio lúdico, una ocurrencia divertida y una celebración festiva de la literatura. Y algo más: un risueño alegato contra el solemne envaramiento de la alta literatura.

No estás, no eres

Por Fernando Aramburu

La vida de Max Aub, como la de Torres Villarroel, fue rica en avatares. Convendría, para hacer justicia a sus méritos, afirmar que lo fue en persecuciones y derrotas. Otros, con o sin ganas, son españoles; él eligió serlo y apenas le dejaron. Socialista, judío, intelectual, representó la vera efigies del demonio para Franco, que, además de robarle la biblioteca, le impidió asistir al entierro de su padre, luego al de su madre. Todavía, después de muerto, Umbral lo insulta, imitando a Franco en negarle su condición española. En 1928 Aub ya está en el PSOE, partido que hoy prefiere fomentar el recuerdo histórico mediante exhumaciones. Su nombre raramente sonaba en las aulas universitarias de mi tiempo, no digamos en las del colegio. Parece que quien se marcha de España, por las razones que sean, ya no existe o existe menos, poco, de vez en cuando.