Letras

Los 10 nóbeles del 2000

28 junio, 2000 02:00

Un año más EL CULTURAL ha vuelto a apostar por la creación más nueva. Y es que tal vez la juventud no sea un valor literario, pero es seguro que los diez autores noveles seleccionados por nuestra crítica Care Santos han irrumpido en las librerías con la intención de, como Gil de Biedma, llevarse la vida por delante. Son, a nuestro juicio, los mejores frutos de la cosecha del 2000, abundante y variada, en la que han visto la luz más de un centenar de primeras obras de narrativa. Los diez nombres seleccionados de esta añada desvelan a EL CULTURAL

Silencios(Lengua de Trapo), de Karla Suárez
Vecinos (DVD), de Carlos Peramo
Querida yo (Plaza & Janés), de Coloma Fernández Armero
El hombre más perseguido (Algaida), de Fernando G. Calderón
Bariloche (Anagrama), de Andrés Neuman
El veneno de la fatiga (Alianza), de Juan Herrezuelo
Leonora (Emecé), de Carmen Torres
Los amantes tristes (Planeta), de Eugenia Rico
El loco Wonder (Espasa), de Cristóbal Ruiz
Individuos S.A. (Arguval), de Guillermo Busutil

Sólo queda contar

¿Por qué empecé a escribir? No sabría definirlo. Quizás tuvo algo que ver con la curiosidad, y con esta casi maldita vocación de inventar historias. Explicarme el mundo o reinventarlo, mirarlo desde todos los ángulos, como un gato que observa la pelotica de hilo y luego descubre que se mueve y es tremendamente divertido.
Comencé escribiendo cuentos. Con el cuento sucede que llega como un flash: una frase que pasa. A veces un final; otras, un título; lo curioso es que siempre son como respiros, una cosa fugaz y hay que descubrir la historia.
La novela es un tanto diferente. Si cada cuento es un mundo distinto, la novela me permite desarrollar los personajes completamente. Me interesa centrarme sobre el individuo, independientemente de dónde se encuentre.

Cada detalle de su personalidad. Será un poco disparatado, pero a veces pienso que los personajes tienen más claro lo que quieren que el propio autor. Y es por esto, que antes de escribir paso tiempo estudiándolos, tratando de entender sus conflictos. Luego, como me ocurrió con Silencios, lo único que queda es contar. En ambos casos, lo que me interesa es que ese mundo se quede dentro de quien lee, que transmita algo, que el lector padezca o ría o se moleste. Una especie de confabulación en la que todos estamos implicados.

Karla SUáREZ

De qué se trata

Escribir es contar historias; para mí se trata de eso. Lo que seduce es la historia y, sobre todo, cómo la contamos. No le doy más vueltas. Mi propósito como autor es llegar al gran público, entretenerlo y, si puedo, provocar que reflexione. Persigo incansablemente el rigor y la calidad en todos los componentes que arman el tipo de relato que defiendo. Me obsesionan las palabras, los personajes contra las cuerdas y sus sentimientos, el ritmo, la atmósfera, los finales. Me gusta que el lector vea lo que le cuento, que se conmueva, que me confiese haberse sentido atrapado por el argumento. Asumo el tópico: escribo lo que me gustaría leer. Como lector intento probar de todo y me aburro a menudo, así que aspiro a no aburrir a quienes se aventuran en mis ficciones. Yo digo: "Había una vez"... y me meto dentro, desnudo, sin más que un puñado de letras y una historia. No concibo la literatura de otro modo.

Carlos PERAMO

Palabras violeta

Tengo dos recuerdos de cuando era pequeña: una chaqueta roja llena de rotos con la que dormía y que un día, sin entender por qué, me tiraron a la basura, y la primera palabra que aprendí a escribir. Se trataba de juntar unas letras de plástico de colores sobre una alfombrita y hacer coincidir la palabra con el color de la letra. Puse la palabra "violeta" en letras violetas. La profesora debió de felicitarme porque durante años pensar en la palabra "violeta" me ponía muy contenta. Otra palabra importante fue la palabra "tos". En la cama la repetía hasta gastarla, hasta que "tos" perdía el sentido. Esto te llevaba a un vértigo mental, un vacío tremendo. A los veintiún años entré a trabajar de redactora en una agencia de publicidad. En un anuncio de televisión de veinte segundos caben aproximadamente cuarenta y dos palabras. Repasaba los textos quitando las palabras molestas.

A los treinta y pocos llegó la crisis. Dejé la publicidad, me marché a Nueva York y empecé a escribir un diario. Las palabras se convirtieron en mártires. Sufrían para que yo dejara de hacerlo. Bastaba con poner nombre a los problemas para que empezaran a disolverse. En el diario repetí varias veces dos palabras importantes: "escribir" y "bebé". Ahora tengo enfrente un ordenador y a mi espalda una cuna.Y la palabra "violeta" sigue poniéndome muy contenta.

Coloma FERNáNDEZ ARMERO

Poética de supervivencia

Durante años padecía un mal incurable: el mal de los observadores. La arena de mi reloj se escapaba, sembrando de dunas mi desierto. La literatura, como el buen placebo, me alivió. Era posible eludir la tibieza ante las teclas de una máquina de escribir. Era posible arrojar el sentimiento más doloroso, urdir un plan infalible, reír una ironía cargada de malicia, ser demiurgo en el papel, morir tantas veces. únicamente precisaba conocer las claves técnicas, visitar el saco de las palabras que llaman diccionario, modelar héroes y moverlos con un soplo del viento de vida, sin hilos -para que no parecieran marionetas- ni pilas -para que no se les sulfataran las entrañas-. A ello me dedico con entusiasmo desde hace una década. No hay más reglas.

No creo en escuelas, capillas o tendencias. No creo en conceptismos ni cultedades, en la prosa rácana ni en la desprendida. Sólo creo en las historias y su capacidad para dejar huella en el ánimo del lector. Ese brillante cometa que surca el universo plano de la página con su larga cola de gramáticas y estilos, ese cometa bautizado Literatura, tiene por fin generar corazones henchidos de orgullo o sobrecogidos por la sensación de pequeñez -mejor si ambas cardiopatías se funden y confunden- en el planeta de los lectores. De este modo quise terminar con la espera pasiva del diletante, observador de sonrisa tallada en una plácida biografía, precipitándome en el magma de la letra impresa. Ahora examino y escribo, indago y escribo, pienso y escribo. Subsisto y escribo. Escribo.

Fernando GARCíA CALDERóN

Detectives y libros

Una novela es, para mí, estructura más detalles, pensamiento y observación, ajedrez y ojos abiertos. Concibo al escritor como un detective de la realidad: no alguien que explica lo que ya sabía, sino el que vive averiguando, que escribe para saber de qué se trata. Es cierto que sin un plan previo no hay relato, pero a la vez, como escribió Nabokov, "así es la suerte: me ofreció algo cuyas huellas nunca habría seguido, de haber tenido que planear yo mismo la cacería". Lo contradictorio de la escritura es que ese detective se persigue a sí mismo, se describe mientras inventa personajes de ficción (y viceversa). Perderse en ese juego de individuos reflejados, es para mí el oficio fantasmal del novelista.

Hay, también, el tema de la juventud. Al margen del hastío que produce su repetición, me preocupa su trampa: ¿qué plazo se le concederá en el siglo XXI a toda una obra? ¿Dos, tres años? ¿Dos, tres premios? ¿No prescinde la industria de un alarmante número de autores, sólo por tener más de 40 años? Se venden novedades. Compramos novedades. ¿Necesitamos tantas novedades? ¡Muy pronto lo difícil no será debutar, sino publicar un segundo libro! La política de las grandes editoriales no me parece justa con los autores ni con los lectores, que ante la confusión de la sobreoferta terminarán optando por la indiferencia. O -peor- por la obediencia: leer sólo aquellos libros que les señalen los medios. Aunque esto, amigos, nos llevaría a otra novela: asunto de matones, no de detectives. Amemos, entretanto, cada libro, que sigue siendo único.

Andrés NEUMAN


En el personaje está el estilo

Se escribe con el propósito de recuperar una parte de la identidad que tantas lecturas apasionadas van confundiendo y desdibujando libro a libro. Para realizar esta tarea, uno dispone de la palabra, la memoria, la imaginación y los sentimientos, los cuatro elementos de que se compone la creación literaria, su tierra, su aire, su agua y su fuego, y la forma en que yo sepa usar o explorar todos ellos contribuirá o no al desarrollo de los personajes, en los cuales he injertado un tejido de cada uno de mis temores, de cada una de mis dudas o mis pasiones o mis bajezas. Esos personajes no son un trasunto de mí mismo, salvo por ese mínimo tejido que sí me pertenece. Unos acabarán respondiendo a las preguntas que me planteo sobre mí, otros me ayudarán a entender las motivaciones de quienes decidieron hacerme objeto de su afecto o de su desprecio; el estilo que yo creía rasgo de mi identidad literaria irá adaptándose a las necesidades de quienes intervienen en la trama; el hilo argumental del que partí se ramificará con tanta exuberancia que difícilmente podrá contarse la historia de una única manera. Sólo así sabré que mi trabajo no ha sido en vano.

Juan HERREZUELO

Inventar el mundo

De niña quería ser escritora; como esa carrera no existe, me hice periodista. Y me atrapó el mundo de las noticias, de tal forma que se fue apagando ese deseo que me había llevado a la Universidad. Entre el barullo de la redacción fui sintiendo el embrujo del lenguaje. Un día, al ver cómo la rotativa daba vueltas a las palabras donde estaba escrita mi crónica, sentí remordimientos por haberla hecho tan rápido y me prometí que en adelante iba a enlazar las palabras con armonía para conseguir una música hecha con el abecedario. Lo olvidé con la siguiente información. Hasta que una noche empecé a escribir sin la cercana tijera del redactor jefe o el encargado del taller. Era delicioso que nadie te cortara el texto, que pudieras empalmar las palabras sin prisa, por placer. Ante mi ordenador nadie mandaba más que yo. Podía inventar mi propio mundo. Yo era hermosa, deseada, genial, artista… Las palabras estaban como en el escaparate de una joyería. Sin miedo, escogía: ahora pongo un brillante, después una perla, un zafiro… Así nació Leonora. No pretendo reivindicar nada, pero cuando me preguntan qué hay detrás de Leonora pienso que, simplemente, el derecho a crear, a sentir la belleza por la belleza y la voluptuosidad de la música envolviendo el erotismo de una mujer. Por las palabras y para las palabras vive Leonora.

Carmen TORRES

El sueño de los pueblos

U na de las maneras más terribles de matar a un hombre es no dejarle dormir. Se muere no porque no pueda dormir, sino porque no puede soñar. También las sociedades, como los individuos, necesitan soñar para no morir. Todos necesitamos artistas que sueñen el sueño de los pueblos. En mi novela he pretendido que sea el lector quien sueñe mi historia, le he dado algunos elementos impresionistas y otros expresionistas para que sueñe su propio sueño. Quise quitar las palabras para que quede la Literatura. Contar una historia que encierre muchas historias con un lenguaje que corte como un cuchillo. Traté de que el estilo no pesase y para ello he pesado y medido cada palabra durante dos largos años. Como en un ballet hay un inmenso trabajo para que la impresión final sea la levedad. Mi novela es como la punta de un iceberg, la novela escrita es sólo una mínima parte de la novela no escrita, de la que se desarrolla en la mente del Lector. Ese Lector al que he querido atrapar con la intriga, para dejar en su memoria bombas de relojería que estallen más tarde, como un gozo inesperado, cuando la novela no sea más que un recuerdo.

Eugenia RICO

De este lado de las gafas

Lo primero, de este lado de las gafas, pasión por los libros; pasión sentimental y vicio físico. Se comienza mordiendo un manual sobre construcción de chimeneas y se termina, terminal, lejos de tu biblioteca, en Badajoz, buscando una librería de guardia porque necesitas, "ne-ce-si-tas", un ejemplar urgente de Crimen y castigo, y algo -pero qué, qué-, lo que sea, de Julio Cortázar.

Lo segundo, del otro lado de las gafas, cuando quise ser Lovecraft y escribí unos cuentos espantosos -de malos- sobre el torreón de mi pueblo: unos seres pisciformes que salían de su más allá y nos comían a todos en el más acá. El tema bueno del torreón era la cabra que triscaba en sus almenas cagándole encima a los turistas, pero la cabra no tenía forma de monstruo, que lo era, y no me interesó. Luego, con el sexo y las novias, quise ser Henry Miller de fiesta, pero se ve que me sobraba sexo -ganas de - y me faltaban novias, de modo que me quedaron unas novelas interruptas, tristísimas, de mucha voluntad pero de dos o tres posturas solamente. Madrid aumentó cabras y posturas (bendito sea), lástima que a mí me entrara la metafísica con Sábato nada más llegar. Pobre don Ernesto, pero hasta las listas de la compra me salían con final desgraciado. Es comprensible que a partir de ahí ya no recuerde nada más de mi vida "en escritor" inédito. Tengo un hueco aquí, en la frente… Sé que gracias a la falta de tiempo y al agobio por el dinero -oh, paradoja- he logrado escribir lo que no pude escribir antes. Durante el hueco, algunos libros de poemas y algunas novelas que no bastan. Entre las novelas, El loco Wonder, la primera publicada. Entre los libros de poemas, la alegría de mi gente por esto mismo.

Cristóbal RUIZ

Cóctel GB

E l relato es un género comparable a la carrera de 1.500 metros, en la que se debe salir fuerte, mantener el ritmo sin forzarlo y esprintar en la última curva. Pero como estas líneas son para hablar de poética, tal vez resulte mejor recurrir al swing de los cócteles. Así que cuando ya se sabe qué desea uno beber, sólo queda prepararlo con fría técnica y el mágico toque personal. De ese modo, se van entremezclando 1/3 de poética cinematográfica para la puesta en escena de la historia, consiguiendo una atmósfera que permita crear contornos, relieves, guiños y sombras para que el lector/consumidor sea activo en el desarrollo de la trama. Después añadir 2/3 de personajes descendientes de la novela negra, del todavía indefinido universo futurista y del hábitat cotidiano, de cuya suma alquímica resultan individuos fronterizos que se mueven en ese inquietante equilibrio entre el compromiso y el extrañamiento. A continuación, sin perder el pulso ni la medida, asociarle el sabor de 1/3 de lenguaje preciso, adecuado al ritmo de la tensión y con una sugerente carga sensorial para conseguir el auténtico bouquet. Finalmente, añadir unas gotas de los iconos de la sociedad contemporánea de la que forma parte nuestra mirada autónoma y a la vez colectiva. Una vez preparado directamente en la coctelera y con unos cubitos de hielo se agita, para servir en un vaso ancho con una espiral de corteza de limón.

Guillermo BUSUTIL