Estación de tren de Almargen (Málaga). Foto: Jan Tappenbeck/Wikimedia Commons

Estación de tren de Almargen (Málaga). Foto: Jan Tappenbeck/Wikimedia Commons

Historia

El ferrocarril como espejo de España: invertebrada y vetada a los pobres

El entramado ferroviario tradicional, que conectaba los distintos pueblos de cada región, se ha sustituido por un plan que conecta grandes ciudades excluyendo al resto de municipios. 

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Llevo años desgañitándome contra el AVE, o al menos contra el modo tan radial y tan injusto en que se ha planteado en España, y creo que es el momento de repetirse, ahora que vemos que el problema no es instalar la línea, sino mantenerla.

En 1984 cerraron la Ruta de la Plata, que unía Gijón con Sevilla y que servía de espina dorsal y corredor del Noroeste. Lo recuerdo porque sobre ese tema escribí mi primer artículo, en la revista Bedunia. Pero entonces el Noroeste no le interesaba a nadie (más o menos como ahora) y lo suyo era gastarse lo que hiciera falta en un tren de alta velocidad a Sevilla, pero pasando por Madrid, porque todo tiene que pasar por Madrid, que es donde está la gente y los servicios no son para el territorio, sino para las personas, nos dijeron. Vale.

¿Quiénes éramos los pringados de La Bañeza, Astorga, Zamora, Salamanca, Plasencia, Cáceres, Badajoz y demás, para pretender tener un tren que no diese servicio a los millones de habitantes de la capital? ¿Qué puñetas nos habíamos creído? ¿Un tren que no pasaba por Madrid? ¿De Gijón a Sevilla y sin pasar por Madrid? Eso era una pérdida de dinero, de tiempo, de prestigio y de sobres destinados a la corrupción.

Y un acto de insolencia, además, destinado a dar mal ejemplo a otros muchos lugares de España, como Aragón, Navarra, Castilla-La Mancha, la Valencia interior... De hecho, tardaría menos en mencionar a los no agraviados por este problema, así que dejémoslo aquí, como tema conocido. ¿O comentamos el siempre olvidado corredor Mediterráneo? ¿O nos preguntamos cuánto tarda un tren de Valencia a Murcia? Cuatro horas para 200 kilómetros. Y tres horas de Valencia a Barcelona para 85 kilómetros. Y no hablamos de pueblecitos, como en mi tierra leonesa.

Así que, en distintas legislaturas, y con gobiernos de distinto color, un poco al estilo del turnismo decimonónico gatopardista, que lo cambiaba todo para que todo siguiese igual, se puso en marcha el plan ferroviario. Pero ese plan no pasaba por trenes más frecuentes y un poco menos costosos. ¿Por qué iban a perderse los políticos la ocasión de enriquecerse con los sobrecostes que generaría la Alta Velocidad?

Tenía que ser un un proyecto de relumbrón y había mucha gente interesada en chapotear en aquel charco de dinero, desde las expropiaciones a los proyectos, a las locomotoras que, recordarán los lectores, compramos a Francia a cambio de extradiciones de etarras.

Así se hizo, y así se repitió, ocasión tras ocasión, gobernara quien gobernase, gastando fortunas en trenes carísimos que dejaban suculentos beneficios y onerosas cuentas de mantenimiento que, al incumplirse, se convierten ahora en entierros.

Se le repite a la gente que hay que abandonar el diésel porque contamina, y usar un servicio público que no tenemos ni en pintura

Era la vertebración orteguiana de España, ese unir nuestros pueblos y nuestros intereses mediante la cercanía física y la reducción de las distancias, pero a través de la chequera pública, de ese dinero que supuestamente no es nadie, como decía Carmen Calvo.

Y así vinieron los trenes caros y exclusivos, para urbanitas ricos. Vencieron pero no convencieron, citando esta vez a Unamuno, que se habría quedado varado en Salamanca. Así que ahora no le echamos la culpa al Ministro actual de no mantener las vías: hay que echársela a todos esos canallas que se gastaron nuestro pecunio en crear un servicio público cuya primera característica es su voluntad, confesa, de expulsar a los pobres del servicio público, reducir las paradas, reducir las frecuencias, y generar un servicio para ricos, subvencionado con los bienes de todos. Aporofobia de manual, de la que tan magistralmente describe Adela Cortina.

Y ahí seguimos: año tras año, disimulando más o menos, se reducen trayectos y paradas. Las pequeñas o medianas ciudades intermedias deben soportar los costes y las externalidades de esas vías, disfrutando cada vez menos sus frutos. Y lo mismo pasa en los pueblos o pequeñas localidades, antes unidas por trenes de cercanías y ahora abandonadas, mientras se le repite a la gente que hay que abandonar el diésel porque contamina, y usar un servicio público que no tenemos ni en pintura.

Porque no veas lo que nos alegra en León que mejoren la frecuencia del Metro. Estamos entusiasmados con eso, oye, como los franceses que, en su día, comenzaron por algo parecido el ya célebre movimiento de los chalecos amarillos.
Los viejos trenes lentos y económicos, con paradas en todas partes, desaparecen para dejar vía libre a los más caros y más rentables, a los que llevan gente de una punta a otra del territorio evitando dejar cualquier vestigio de riqueza, o cualquier servicio por el medio.

Los habitantes de Brañuelas, de Torre del Bierzo, de Bembibre, de Vega de Magaz, por hablar de una línea que conozco, pelean como locos para mantener sus trenes. Tienen que soportar los riesgos y los inconvenientes de ver su término municipal atravesado por las vías, pero casi suplicando que los trenes paren en nuestras estaciones, abandonadas, menospreciadas por los que quieren ir de Madrid a Vigo, o a la Coruña, pero sin parar en ninguna parte.

Y yo no digo que tengan que parar los trenes de Alta Velocidad, pero sí digo, y exijo, que sigan existiendo los otros, los que nos permitían ir al mercado, los que mantenían la población sobre el terreno, los que llevaban a los niños al colegio y a los viejos al médico, los que traían los muebles y se llevaban las patatas.

Los trenes que nos ofrecen ahora son sólo para ricos y su primera premisa es dar una patada al pobre

Pero no, señores: los trenes que nos ofrecen ahora son sólo para ricos y su primera premisa es dar una patada al pobre, al que no vive en el cogollito carísimo de una ciudad guay, que no es la nuestra, que no la podemos pagar y que se convierte en una especie de sumidero al que cada vez cuesta más amar.

Por mi parte, si no hay dinero para mantener el AVE, que se pongan trenes un poco más lentos. Si en vez de tardar dos horas de Madrid a León se tardan cuatro, que la gente compre un libro. O que espere. Y si de paso eso sirve para que se recupere algún tren de los que paran en los pueblos, bendita sea la falta de mantenimiento o la necesidad de ir más despacio.

A lo que no estoy dispuesto es a que me sangren para crear servicios que no me van a permitir usar. A veces da la impresión de que pagar el mantenimiento del AVE es como pagar por hoteles públicos de cinco estrellas donde nunca te vas a poder alojar, porque además piden un carné de socio que sólo te dan si vives en una gran ciudad, o en un planeta verde pistacho.

El tren debería servir para vertebrar el territorio. Hoy, lo único que vertebra es el malestar, el sentimiento de injusticia y el cabreo.

A lo mejor también eso es un valor. Porque por algo se empieza y vete a saber dónde acabamos.
Algo es algo.