Diseño: Rubén Vique.

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Historia

La vieja cuestión de Groenlandia: Erik el Rojo contra Donald el Naranja

Los norteamericanos no vienen a Europa por primera vez: regresan. Y no traen aventura, sino melancolía en la mirada y un rencor que nunca terminó de irse.

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Dicen que la palabra Groenlandia significa tierra verde, y hasta eso es origen de conflicto, porque de ser cierto significaría que en la Edad Media había otro clima y se extendían grandes praderas sobre esa isla, en lugar de hielos, cosa espinosa y controvertida a muchos niveles.

Tradicional e históricamente, se atribuye esa denominación, Groenlandia, a los vikingos, y más concretamente a Erik el Rojo, protagonista de la magnífica saga medieval del mismo nombre, que narra las aventuras de los belicosos guerreros norteños en esa tierra, de nuevo hoy en disputa, y en la cercana Islandia, patria del fuego, los volcanes y las auroras boreales.

Viendo el espectáculo que el cielo ofrece cada año en aquellas remotas latitudes, ¿quién iba a dejar de creer en lo sobrenatural antes de que se descubriese el campo magnético de la Tierra y sus efectos en la ionosfera?

Para comprender esa región entera, lo primero es entender la luz. Hablemos del siglo XIII, o de hoy mismo: nos referimos a un lugar donde, durante buena parte del año, el sol no ilumina más que tres o cuatro horas.

¿Qué clase de carácter forja un sitio así? Pensemos lo que era semejante lugar antes de la iluminación moderna: unas pocas horas de sol, en pleno invierno, mientras el resto del tiempo, las personas debían vivir en la oscuridad, temiendo a las fieras, y alumbradas solamente por pequeñas hogueras, las estrellas, y esas gloriosas proyecciones de los dioses, que representan sus aventuras ante los mortales desde un cielo incandescente.

Ese es el escenario de la saga de Erik el Rojo, o saga de los groenlandeses, que tan arraigada está en el corazón de la cultura europea.

Todos conocemos mil variantes de esta historia, a través de su influencia en otras obras como La leyenda del rey Arturo, el Cantar de los Nibelungos o, más recientemente, el Señor de los Anillos o Juego de Tronos.

Groenlandia y sus hielos, su invierno que se acerca, sus caminantes blancos, su terror a la noche eterna y su culto a la vieja espada. ¿Qué puede ser más nuestro?

Erik el Rojo inició su viaje en Islandia, embarcado en un Drakkar, esos intrépidos barcos vikingos de poco calado y enorme maniobrabilidad que aterrorizaron la Europa de los años más oscuros.

Las aguas del Norte son gélidas y profundas, y las tempestades, legendarias. La estabilidad era poca, el balanceo inmenso, y a menudo había que remar esforzadamente durante días, y sin descanso, porque las corrientes eran tan fuertes en esa parte del mundo que, aunque se pudiese emprender fácilmente, nunca se podía contar con que fuese posible el regreso.

Soldados en el Arktisk Kommando (Comando Ártico) en Nuuk, Groenlandia, una unidad de las Fuerzas Armadas danesas. Foto: Julia Wäschenbach/dpa/ Europa Press.

Soldados en el Arktisk Kommando (Comando Ártico) en Nuuk, Groenlandia, una unidad de las Fuerzas Armadas danesas. Foto: Julia Wäschenbach/dpa/ Europa Press.

Poco después, Erik llegó a Groenlandia, donde pudo aprovisionarse y donde estableció una base. Su siguiente etapa lo dirigió hacia lo que hoy serían las costas de Norteamérica, impulsado por la corriente o por el viento hasta un lugar llamado Helluland que, a tenor de su nombre, debía de ser una tierra de piedras planas, o rocas lisas.

Algunos la han identificado con la actual isla de Baffin, territorio canadiense muy al norte, pero podría tratarse de cualquier punto similar de las inmediaciones.

Sabemos de sus piedras planas, de sus bosques, de su abundante fauna y de la presencia allí de unos nativos a los que los vikingos llamaron skraelings, y con los que trabaron escasa relación.

Desde allí, Erik siguió hasta Markland, una región más al sur. Su nombre viene a significar tierra boscosa o tierra fronteriza y hoy la podríamos localizar en la península de Labrador, en Canadá.

Allí la madera era buena, ideal para reparar los desperfectos que los elementos pudieran haber causado a su embarcación. También los indígenas eran pacíficos si los dejabas tranquilos, cosa que no consiguieron hacer los vikingos, tal y como ellos mismos cuentan en su historia.

Semanas más tarde, cuando Odín quiso, Erik y los suyos se fueron hacia el sur en busca de mejores mares, enfilando proas hacia Vinland, hasta que alcanzaron el viejo asentamiento de Leifbundir, única colonia vikinga en la región.

Allí se elaboraba buen vino, al parecer, pero no con uvas sino con bayas de nogal blanco americano, que también se hacían fermentar para producir bebidas espirituosas.

Y entonces llegó lo peor: el viaje de vuelta. A los viajeros actuales les suele asaltar la manía de volver, pero esto no era común en aquellos tiempos, más proclives a creer que la vida estaba donde asentaba sus pies quien la vivía, y no en un lugar determinado por la costumbre, la ley o la memoria.

Quizás regresar a alguna parte esté sobrevalorado y tengamos que aprender a quedarnos donde el destino nos deje o con lo que el destino nos depare.

En cualquier caso, Erik el Rojo protagoniza muchas aventuras más, porque el camino desde el Oeste al Este resultaba más complicado por culpa de las corrientes.

Ahora, por uno de estos azares que nos trae la Historia, parece que las tornas han cambiado y que, en vez de ir los europeos a América a través de Groenlandia, son los americanos los que quieren venir a Europa, también a través de Groenlandia, una tierra de dos millones de kilómetros cuadrados y apenas sesenta mil habitantes.

O quizás ni siquiera deseen venir, sino solamente quieran impedir que otros, como los rusos, ocupen ese importante puente, tan escasamente defendido actualmente.

Y todo porque el dueño del puente manda en el río, dice la vieja enseñanza. Porque Dinamarca conquistó esa tierra cuando le sobraban fuerzas y barcos, y la perderá, quizás, cuando la ley del más fuerte, que tan bien le sirvió en su momento, pase a jugar en su contra.

En un mundo regido por reglas y leyes, no se plantearía siquiera este expolio. Pero como parece que poco a poco estamos dejando atrás esa superstición que la ley es igual para todos, está bien hablar de vikingos, de daneses ocupando tierras lejanas a fuerza de espadas, y de americanos actuales echando mano a lo que les da la gana, porque sí, y porque pueden.

Y a lo mejor alguien le escribe una saga a su líder, como se la escribieron a Erik el Rojo. La saga de Donald el Naranja, compuesta en la primera mitad del siglo XXI. ¿Por qué no?

De todos modos, hay que señalar una diferencia importante: los norteamericanos no vienen a Europa por primera vez. En todo caso, regresan. Y el que regresa no trae la aventura, sino la melancolía en la mirada. O el rencor. Y nunca es lo mismo.