El explorador polar noruego Børge Ousland durante la expedición que emprendió con Erling Kagge en 1990. Foto: Erling Kagge

El explorador polar noruego Børge Ousland durante la expedición que emprendió con Erling Kagge en 1990. Foto: Erling Kagge

Historia

De las civilizaciones antiguas a Donald Trump: la milenaria obsesión por el Polo Norte

Sobre esquís, navegando o en zepelín... el explorador Erling Kagge repasa en su nuevo libro las expediciones que han tratado de alcanzar el límite del Ártico.

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A las noticias sobre la reciente intervención de Estados Unidos en suelo venezolano le están siguiendo estos últimos días varios titulares que recogen los supuestos siguientes objetivos de Trump. El más sonado, quizás, es el que tiene que ver con la idea de que Groenlandia pase a estar controlada por el país norteamericano.

Más allá de las antes desconocidas y ahora famosas tierras raras, esta ambición de Trump tiene otra explicación. El calentamiento global ha traído consigo un deshielo acelerado de los casquetes polares que podría llevar a que el Océano Ártico fuera un lugar de navegación mucho más sencilla y, por tanto, una potencial nueva ruta comercial en la que Groenlandia tendría un papel fundamental.

Pero la idea de un extremo norte libre de hielo está lejos de ser nueva. Hasta el siglo XIX, la teoría de que el Polo Norte era un lugar de aguas cálidas rodeado por un anillo helado llevó a miles de aventureros a adentrarse en un territorio ignoto y mortal. En Más allá del Polo Norte (Taurus, 2025), el explorador polar y coleccionista de arte noruego Erling Kagge (Oslo, 1963) plasma la visión que ha tenido la humanidad de un lugar que le ha resultado inalcanzable hasta hace apenas un siglo.

Un punto, el situado en la latitud N 90º, que ha sido motivo de leyendas desde que el ser humano comenzó a dirigir su mirada al cielo nocturno. Los primeros astrónomos observaban la estrella polar, inamovible en el firmamento, y se preguntaban a dónde dirigiría. ¿Qué habría justo debajo?

Los Vedas, los textos indios más antiguos (escritos alrededor del siglo XV a. C.), responden a esa pregunta. Allá, en el extremo norte, hubo en tiempos pretéritos un mar cálido donde se originó nuestra civilización. Sosteniendo el firmamento por el punto en el que se encuentra la estrella polar estaría Meru, una montaña legendaria.

Børge Ousland durante la expedición de 1990 con Erling Kagge. Foto: Erling Kagge

Børge Ousland durante la expedición de 1990 con Erling Kagge. Foto: Erling Kagge

También Heródoto, considerado el primer historiador, apostaba por algo similar en su antológica obra Historia. Afirmaba el griego que el territorio situado justo debajo de la estrella polar era el hogar de los hiperbóreos, una civilización que residía más allá del viento del norte (de "hiper-", que significa más allá, y "-boreas", viento del norte).

Hiperbórea era, según el de Halicarnaso, un territorio de abundancia, paz y armonía que jamás habían podido alcanzar los habitantes del sur. Sí que había sucedido al contrario: los hiperbóreos habían visto con sus propios ojos las calamidades que sucedían allí abajo y decidieron mantenerse alejados.

Otros autores grecolátinos también introducían leyendas parecida. En la Odisea, Homero menciona también un pueblo misterioso que vive en el extremo más lejano de una tierra cubierta de niebla y nubes. En su Metamorfosis, Ovidio escribe sobre un territorio oscuro y silencioso, situado al norte del viento del norte.

La teoría de Heródoto siguió vigente en Europa hasta el comienzo del siglo XX. Muchos apostaban por un territorio cálido merced de los seis meses de sol ininterrumpidos de los que disponía. A las banquisas (placas de hielo flotante formadas por agua oceánica) le seguiría, según esta teoría, un oasis en forma de mar navegable y, en su centro, tierra firme.

Mapa del Océano Ártico. Foto: Wikimedia Commons

Mapa del Océano Ártico. Foto: Wikimedia Commons

Pero la primera expedición conocida que pretendía atravesar el Polo Norte tenía un objetivo diferente a encontrar tal tierra prometida. En 1527, el cartógrafo y comerciante inglés Robert Thorne convenció a Enrique VIII de la viabilidad de encontrar una ruta hacia China y la India que atravesara el Polo Norte. De esa manera, quería enfrentar el duopolio comercial de España y Portugal, que con el Tratado de Tordesillas se habían repartido miles de millas de territorio marino.

Aunque se conserva poca información del trayecto, lo que sí está claro es que no lograron su objetivo. Una de las dos naves que emprendieron el viaje naufragó, y la otra llegó hasta "una peligrosa bahía" entre Terranova y Groenlandia, desde donde, en principio, volvieron a casa.

A esta primera tentativa le seguirían varias con resultados dispares, pero que en ningún caso lograron cruzar el Polo Norte. 26 años después de Thorne, el también inglés Hugh Willoughby se puso al frente de tres naves con la intención de encontrar el Paso del Noreste. Dos de los barcos naufragaron y el propio capitán falleció en el camino. La tercera embarcación llegó hasta Arcángel, en la costa siberiana, donde contactaron con Iván el Terrible, el primer zar ruso, con el que entablarían una lucrativa red comercial.

A estos primeros proyectos impulsados por la necesidad económica le siguieron, dos siglos después, nuevos viajes al Polo Norte hijos de su tiempo.

Una de las fotos tomadas por Erling Kagge durante la expedición de 1990. Foto: Erling Kagge

Una de las fotos tomadas por Erling Kagge durante la expedición de 1990. Foto: Erling Kagge

La reciente adaptación a la pantalla de la novela de Mary Shelley Frankenstein o el moderno Prometeo dirigida por Guillermo del Toro recupera una de las escenas de la historia original a la que normalmente no se le suele dar mayor importancia. Kagge recurre a ella también para ilustrar la obsesión por llegar hasta el extremo norte surgida a finales del siglo XVIII: El doctor Frankenstein, al que todos relacionan con el deseo incontrolable de crear vida artificial, tiene una nueva obsesión: viajar lo más al norte posible.

Moribundo sobre una placa de hielo en el mar Ártico cerca de la costa siberiana es donde lo encontramos por primera vez al comienzo (y final) de la historia. Ha acabado de esa forma persiguiendo a su creación, de la que quiere vengarse. Un deseo que todavía sigue vivo y que le lleva a convencer al capitán del barco que le rescata para que siga navegando hacia el norte, apelando a su sentido de la aventura.

Para explicar este impulso, Kagge emplea el concepto de lo sublime, consistente en el despertar de los sentimientos más intensos que una persona es capaz de tener. El miedo, la desesperación, las situaciones extremas y los grandes sacrificios provocan, contemplados desde la distancia, una sensación satisfactoria para el lector.

Tal cóctel de emociones contradictorias despertó el interés del público de los siglos XVIII y XIX, que encontraron en los testimonios de los exploradores polares justo lo que necesitaban. Una fiebre que, a su vez, llevó a muchos aventureros a tratar de alcanzar la cúspide del globo.

Una de las instantáneas tomadas durante la expedición de Erling Kagge y Børge Ousland en 1990. Foto: Erling Kagge

Una de las instantáneas tomadas durante la expedición de Erling Kagge y Børge Ousland en 1990. Foto: Erling Kagge

Y, de nuevo, la teoría de Heródoto entró a colación. Así, la expedición capitaneada por William Parry a bordo del HMS Hecla en 1827 contaba entre sus aparejos con sledge-boats. Se trataba éste de un híbrido de trineo y barco pensado para utilizarse como lo primero en la parte helada del trayecto y, más tarde, al alcanzar las supuestas aguas atemperadas del Polo, como embarcación. No se necesitó. A la latitud N 82º 45' la expedición dio la vuelta sin haber encontrado otra cosa que hielo.

La llegada de las primeras misiones al meridiano N 90º dio al traste finalmente con la milenaria teoría de Heródoto. Kagge detalla varios casos: desde Frederick Cook y Robert Peary, que en 1909 afirmaron haber alcanzado el Polo en sendas expediciones (logros que se han puesto en duda por la falta de pruebas que aportaron), a la del noruego Amundsen y el italiano Nobile en zepelín (1926). También la del propio Kagge (1990), que, junto a su compañero Børge Ousland, fue el primero en alcanzar esta meta con la única ayuda de esquís.

Un momento de la expedición de Erling Kagge y Børge Ousland en 1990. Foto: Erling Kagge

Un momento de la expedición de Erling Kagge y Børge Ousland en 1990. Foto: Erling Kagge

Cada uno de estos aventureros confirmó lo que hoy sabemos: que en el Polo Norte no hay otra cosa que extensas láminas de hielo en permanente movimiento. Hielo, un frío inconmensurable y nada más. Eso es lo único que encontraron estos hombres.

Quién sabe, sin embargo, durante cuánto tiempo esto seguirá siendo así. El Polo Norte se está calentando a marchas forzadas, lo que puede desembocar —como está demostrado que sucedió hace alrededor de 5,8 a 3,9 millones de años, antes de la Glaciación— en un mar libre de hielo. Muy pronto, Hiperbórea puede ser algo más que una leyenda. Y Trump lo sabe.