Christiane Jatahy en 'O agora que demora'. Foto: Patricia Cividanes

Christiane Jatahy en 'O agora que demora'. Foto: Patricia Cividanes

Teatro

'O Agora que demora', Homero vs Bolsonaro

La directora y dramaturga brasileña Christiane Jatahy, ‘pieza’ codiciada por los grandes festivales y teatros europeos, llega al Valle-Inclán con 'O agora que demora', segunda parte de su díptico 'Our Odissey', inspirado en Homero

21 enero, 2021 09:13

El ser humano no tiene ninguna opción de escapar de Homero. O, más precisamente, de la trama de su poema épico la Odisea. Seguimos tres mil años después pataleando en la rueda de hámsters que es la historia. Mismas pasiones, mismos quebrantos. Christiane Jatahy, una de las figuras más prominentes de la escena brasileña, lo tiene clarísimo: “Es una obra eterna”, señala a El Cultural desde Río de Janeiro, ciudad en la que nació en 1968 y que alterna con París como residencia más o menos estable, porque lo suyo es una peregrinación constante por diversos centros de producción escénica mundiales, que abren encantados sus puertas para que desarrolle su estimulante y visionario trabajo (lleva, de hecho, ya muchos años incorporando pantallas en sus montajes, hibridando los códigos del cine con los del teatro).

Ahora desembarca en Madrid. En el Teatro Valle-Inclán, del Centro Dramático Nacional, presenta O agora que demora (El ahora que se alarga) el próximo jueves 21. Es la segunda pieza de su díptico homérico Our Odyssey, tras Ithaca, que se estrenó en el Odeón de París en 2018. El teatro de la capital francesa está detrás de su producción, al igual que, entre otros muchos, festivales como Aviñón y Temporada Alta. En Gerona, en concreto, pudo verse el curso pasado. Es su vía de acceso a España durante los últimos años. Así ha ocurrido con sus versiones de La señorita Julia de Strindberg, de Las tres hermanas de Chéjov y del Macbeth de Shakespeare. Todas con un denominador común: la deconstrucción filmada de estos clásicos de la dramaturgia universal para reciclar sus significados y sus interpelaciones a la sociedad de nuestro tiempo.

Ese afán experimentador recibió un espaldarazo de manos del iconoclasta Sanchis Sinisterra, que la acogió en la Sala Beckett de Barcelona para desarrollar un fecundo intercambio de ideas junto a otros autores iberoamericanos. Fue a mediados de los 90. De aquella etapa guarda un gran recuerdo y un castellano aportuñolado que se afina y refresca a medida que avanza la entrevista. “Lo he ido perdiendo con el tiempo y sobre todo al sumergirme en el francés”, se excusa sin necesidad. Un lengua que le ha ayudado en algunos de los países de oriente medio donde ha rodado parte de O agora que demora, como los campos de refugiados del Líbano. Aunque también nos muestra historias de trashumancias forzadas desde Jenín (Palestina), Johannesburgo (Sudáfrica) y Grecia. Hay Ulises y Penélopes, trasuntos contemporáneos de estas dos figuras mitológicas.

Carne, miedo y esperanza

Jatahy les da a leer fragmentos de la Odisea que retratan su situación. La literatura hecha carne, miedo y esperanza. Ahí estalla el milagro: un texto milenario que define con extrema precisión vivencias reales del mundo de hoy (ya muy convulso antes de la pandemia, que es cuando se rodaron estas lecturas proyectadas en una gigantesca pantalla en la primera parte de la puesta en escena, muy cercana a una experiencia cinematográfica pura. En la segunda, algunos de los personajes irrumpen en el escenario y entre las butacas). “Es una vieja historia la que les une a Homero: la del viaje que aspira a la utopía de una vida mejor”, advierte Jatahy, que confiesa no ser la misma persona que era cuando comenzó esta aventura de recorrer el mundo cámara en ristre. “Forzosamente uno cambia al enfrentarse a los dramas que aparecen en los informativos con tus propios ojos. La catarsis es inevitable. La piel se queda en carne viva al contactar con la violencia y la injusticia”. Por otro lado, aclara que su odisea le ha servido “para reafirmar una impresión: que el mundo es una casa común habitada por una familia muy numerosa”.

"En brasil los artistas somos tratados ahora como delincuentes"

Y muy mal avenida. La desastrosa convivencia de la familia global afecta, lógicamente, a las millones de microfamilias que la conforman. Como la de la propia Jatahy, que esta vez se mete en la puesta en escena ‘ataviada’ con los ropajes de Telémaco: busca a su abuelo, cargo importante en el gobierno previo a la dictadura que murió tras desplomarse el avión con el que sobrevolaba el Amazonas. ¿Un accidente? La tragedia sigue envuelta en una bruma de incertezas. Jatahy se adentra en la selva en busca de respuestas. Y acaba encontrando una tribu que todavía mora en la zona sobre la que cayó. El anciano gurú de los indios kayapo le confirma que sí, que muchos años ha vio una bola de fuego precipitarse desde el cielo.

Diezmando indígenas

El descubrimiento, claro, conmueve a Jatahy, que convive unos días con esta comunidad indígena, hoy más amenazada que nunca. Por la barra libre que Bolsonaro ha concedido a las compañías que operan en el pulmón del planeta y por la debilidad de su sistema inmune: la cercanía de los garimpeiros puede ocasionar estragos en su ya de por sí bastante diezmadas filas. Jatahy estalla por la rabia: “Es un gobierno genocida el que tenemos hoy en Brasil”. De alguna manera ve en él a los herederos de los militares que detuvieron a su padre y lo encerraron durante un tiempo. La herida que dejó aquel episodio también flota sobre Jatahy-Telémaco en O agora que demora, como una sombra que no se termina de perfilar pero presente en todo momento. “Es una historia muy triste de la que prefiero no hablar”, zanja, cortante, pero amable en el tono.

La creación teatral bajo Bolsonaro y el Covid han sufrido una terrible involución en su país. “A los artistas no nos hacen desaparecer como durante la dictadura pero todos somos sospechosos. Nos tratan como a delincuentes. Todo lo que se sale de la moral conservadora del gobierno es rechazado. Y el apoyo de las instituciones públicas ha sufrido recortes brutales. Esta persecución ya había llevado al límite a las estructuras teatrales que, con el virus, han terminado por cerrar. A las gentes del sector no les llega ni para comer en algunos casos. Es una tragedia de la que tardaremos muchos años en recuperarnos”. Su diagnóstico es demoledor, sin paliativos, aunque finalmente entorna una puerta por la que se cuela la esperanza de que en 2022 (“todavía quedan dos años de pesadilla”) las urnas expulsen a Bolsonaro de la presidencia brasileña, como pasó con su aliado estadounidense, Donald Trump. “Creo que muchos que le votaron porque estaban enfadados con el Partido de los Trabajadores [el de Lula] no volverán a hacerlo después de lo que estamos viviendo”.

Ella, en cualquier caso, sigue ‘enchufada’ a los escenarios internacionales. A finales de mes desvelará su versión escénica de Dogville, que toma como protagonista de esta angustiosa parábola de Lars Von Trier a una inmigrante que huye de Brasil para afincarse en Europa. De nuevo el exilio. De nuevo las arbitrariedades del poder. De nuevo el viaje. De nuevo, en definitiva, Homero y su (nuestra) Odisea.

@alberojeda77