La soprano Asmik Grigorian. Foto: Timofei Kolesnikov

La soprano Asmik Grigorian. Foto: Timofei Kolesnikov

Ópera

Asmik Grigorian, la diva que no se concede ni un respiro: "A veces odio la ópera"

La soprano lituana vuelve al Liceu con la versión de 'Manon Lescaut' de Àlex Ollé. Hablamos con la intérprete y el director de escena sobre lo que nos espera en el coliseo barcelonés.

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La imagen final de la producción de Manon Lescaut que Robert Carsen firmó en 2005 es una de las más impactantes: el canadiense no deja morir a la reina de las compras en el desierto, como dicta el libreto, sino bajo las puertas cerradas de un lujoso centro comercial.

No será esa versión, sino la de Àlex Ollé —presidida por un LOVE en letras gigantes y presentada en la Ópera de Fráncfort en 2019— la que protagonizará la soprano Asmik Grigorian (Vilna, 1981) en su regreso al Liceu (del 17 de marzo al 1 de abril), en el papel de una joven que abandona al estudiante Des Grieux seducida por el lujo y acaba muriendo en el exilio junto a él.

Pero la imagen de Carsen bien puede servir para retratar la cruda realidad de esta soprano: estrella y víctima de un sistema en el que cada día debe cantar y seguir cantando, como la niña de Las zapatillas rojas, condenada a bailar hasta la extenuación.

Para una voz "salvaje, rica y oscura" (Le Monde), "mezcla de metal y seda" (The Guardian) y de "una versatilidad asombrosa" (The Times), esta danza sin tregua empezó pronto. Incluso antes de nacer: sus padres interpretaban Madama Butterfly en el Metropolitan Opera de Nueva York cuando ella estaba aún en camino. Comenzó a formarse con apenas cinco años y en 2006 culminó su licenciatura y máster en interpretación vocal en la Academia Lituana de Música y Teatro de Vilna.

Pero en 2012 el exceso de trabajo y la falta de técnica la llevaron a admitir que "no podía cantar nada más". Empezó de cero, reconstruyó su técnica desde la base y, en 2016, recibió un International Opera Award. Dos años después conquistó el panorama operístico mundial en Salzburgo con una histórica Salomé, y en 2024 cerró el círculo vital con su aclamado debut como Cio-Cio-San en el mismo Metropolitan, elogiada por una profundidad dramática "olímpica".

Esa dedicación extrema, unida a las circunstancias de la vida —se casó y tuvo su primer hijo a los 21 años, cuando aún estaba estudiando—, la ha llevado a no permitirse parar. "Se me da muy bien prepararme, pero no tan bien descansar", reconoce. "A las diez de la mañana, después de una función y sin haber dormido en toda la noche, no puedo hablar de qué es lo que me gusta de la ópera, porque a veces simplemente la odio. En ese momento no me gusta nada", dice entre risas una mañana, exhausta y de camino a Tesalónica, donde tiene otro concierto en menos de 24 horas. Pero ahí sigue, procurando estar presente cuando visita a su hija pequeña en Viena y con la misma determinación con la que se pide cinco bolas de helado de postre para probar todos los sabores.

Ese ritmo la obliga a vivir prácticamente al día. Sobre su actuación en Barcelona explica: "Preparé este papel en 2012. Por supuesto, lleva tiempo volver a memorizarlo, pero con la agenda que tengo me pondré con ello cuando llegue al Liceu y me reúna con mi equipo. Por ahora, ni siquiera lo pienso; todavía tengo mucho que hacer".

“En 'Manon Lescaut' están todas las óperas de Puccini. Por ese papel lo dejé todo y volví a empezar como cantante”

"Llegará aquí, tendrá dos ensayos con piano, tres con orquesta, general y venga, pim, pam", resume Àlex Ollé. "La primera vez que trabajé con ella interpretaba a Cio-Cio-San en Caracalla y fue espectacular, de lo mejor que puede tener un director de escena. Pero cuando estás en ese nivel, vas empalmando una producción con otra y dando conciertos entre medias, algo que no creo que sea muy bueno ni vocal ni actoralmente. Aunque sea una reposición, si no tienes tiempo de enganchar al personaje, le falta verdad", reflexiona el director.

En esta producción, Ollé se ha puesto en la piel de "toda esa gente que cruza peligrosamente mares o desiertos, que arriesga su vida porque ve en Europa el espejismo de un futuro mejor". "Manon podría ser una inmigrante sin papeles, huyendo de la miseria, de la guerra o del maltrato. El suyo es el amor desesperado de quien no quiere renunciar a una vida mejor".

Para Grigorian, la partitura ya revela todo el universo de Puccini. "En Manon Lescaut puedo escuchar todas las óperas que escribió después. Es como si hubiera desarrollado una ópera independiente a partir de cada tema".

"Por ese papel lo dejé todo y volví a empezar como cantante —explica más tarde por mensaje de texto—. Fue el primer rol que mi padre me vio interpretar. No es difícil, Madama Butterfly lo es más, pero gracias a él he conocido a personas muy importantes en mi vida". Su momento favorito llega en el cuarto acto, en el dúo final, "Sei tu che piangi". "Trata sobre el aislamiento y la desesperación de Manon en el exilio, cuando deambula con Des Grieux por un paisaje desolador".

Un momento de la versión de Àlex Ollé de 'Manon Lescaut'. Foto: Liceu

Un momento de la versión de Àlex Ollé de 'Manon Lescaut'. Foto: Liceu

Hace seis meses, al recibir su tercer International Opera Award, la cantante se sinceró: "A veces, por mucho esfuerzo que pongas, las cosas parecen estancarse". En su conversación con El Cultural añade: "La gente cree que cuando alcanzas la cima es un don que permanece. No piensan que cada vez cuesta más energía mantenerse ahí".

Puro instinto en escena, cada día da de sí todo y más. "No puedo explicarlo; la audiencia dirá. No es que cree cada personaje: surge de forma natural junto con la música. Cada actuación saca a relucir un aspecto diferente. Me imagino en distintas situaciones de la vida, pero siempre soy yo misma".

Aunque hoy podamos ver a Manon como una heroína, Grigorian lo plantea con más ambigüedad: "Sus decisiones son las que son. ¿Hay gente que se comporta como Manon? Por supuesto. ¿Estoy de acuerdo con todas sus decisiones? Rotundamente no. Pero, como actriz, tengo que defender mi papel, encontrar la forma de entender por qué se comporta así".

Por eso la gente sigue yendo a la ópera: "Seguimos sintiendo el mismo amor, el mismo odio. Y ninguna red social puede cambiar eso", zanja la cantante, a la que, como en el cuento de Andersen, la industria musical sigue empujando a bailar.