Ángeles Toledano.

Ángeles Toledano. EUROPA PRESS

Música

Ángeles Toledano convierte el Circo Price en un tablao eléctrico

La cantaora jienense presenta ‘Sangre sucia’, su primer álbum, en Madrid, invocando al flamenco no como una reliquia, sino como un lenguaje orgánico y luminoso.

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Venía avisando desde hace tiempo: a pesar de que el flamenco es la raíz, su arte transita todos los senderos. Ángeles Toledano, jienense de Villanueva de la Reina, transmite un duende ancestral mezclado con la frescura de la juventud. Canta desde el subsuelo y se expande entre luminosos, sintetizadores y acordes electrónicos. A sus 30 años, invoca al pasado, pero no como una reliquia, sino como un lenguaje del ahora. Y consigue que el espacio se llene sin subrayar su presencia. Basta con su voz. Basta con la forma en que ocupa el silencio.

Eso es lo que ocurrió este domingo en el teatro Circo Price de Madrid. La joven andaluza actuaba en este recinto dentro del festival Inverfest y, después de curtirse en salas o de haber publicado, en 2024, ‘Sangre sucia’, su primer disco. Lo tocó casi entero, con alguna sorpresa y con el aplomo de quien sabe que ha concebido algo sólido. Abrió con Anaora mientras unos rayos fluorescentes y unos golpes metálicos la arropaban. El escenario, con sillas de mimbre, tubos de LED y teclados, era un tablao incandescente. Su propuesta, tanto en el álbum como en las demás grabaciones sueltas, no engaña.

Toledano eligió una intimidad que se iba ensanchando. Su talento no buscaba imponerse ni deslumbrar, sólo ofrecerse. Reinaba en ella una mezcla poco común de fragilidad y firmeza, como si cada nota estuviera probando su sitio en el aire. Eso parecía cuando llegó Soleá sin rodeos. No como pieza solemne ni como gesto de autoridad, sino como eje emocional del espectáculo. En esos momentos, el lugar se comprime y el palo huye de la pureza para habitar la tradición desde dentro, con naturalidad. La cantaora no se mide con la inspiración: camina con ella.

Un diálogo continuo entre el ayer y el presente que se alza más explícito en Nocturna Manzana, donde el sonido se tornaba más atmosférico, más nocturno, casi urbano. En esa especie de paseo solitario por una ciudad en duermevela se intuye que el flamenco marca la estructura, pero no el límite. Es como un idioma capaz de absorber otras cadencias sin perderse.

Con Eres guapa, la noche se desplazaba hacia un territorio aparentemente ligero, pero profundamente significativo. Aludir a la belleza sin edulcorarla, sin convertirla en ornamento, es también una manera de posicionarse. Y, en este caso, la letra se mueve entre la ironía suave y la afirmación directa. Más aún cuando la termina y deja que un audio de su abuela, Mariana Navarrete, dé las buenas noches y pida un aplauso para su nieta, que ya lleva un cuarto de hora junto a la percusión, la guitarra y dos coristas y palmeras.

A ellas se les suman ocho mujeres antes de entonar X las niñas, donde introduce una clara capa generacional. No desde el discurso explícito, sino desde el gesto: Toledano apunta a la fiesta, a la pandilla y al pueblo. También hay guiños a la tierra y su folclore. Sigue con Mamá, tenías razón, que funciona como una confesión compartida, sin dramatismo excesivo. Hay un temblor controlado, una emoción que no se desborda ni se esconde. El silencio del Price es elocuente: nadie interrumpe, nadie huye del peso de lo que se está diciendo.

Se rompe en cuanto da la bienvenida a Jorge Drexler, alguien a quien, confiesa, admira mucho. Con él encara una milonga, Cuando cantaba Morente, compuesta por el uruguayo en honor al genio del Albaicín granadino. El clima se rompe con esta presencia y se mantiene en alto con una versión de Supersubmarina, canción homónima del grupo de Baeza. Podría ser algo anecdótico, pero se convierte en una de las sorpresas más aplaudidas y en el anuncio del desenlace. Toledano, que huye de normas, anuncia un adiós “como manda la ley”. Esto es, por bulerías.

Y el compás se contagia con Nada ha pasado, pero todo ha sucedido. Una a una, las acompañantes van desapareciendo del escenario. Lo hacen como si clausuraran de madrugada una cueva del Sacromonte, con palmas y jaleo. Pero, cuando parece que todo ha finalizado, Ángeles Toledano vuelve sola y -guitarra en mano, sin banda ni artificio- cierra con Érase una vez, de Lole y Manuel. Podría interpretarse como una metáfora de esa cuna, de esa habitación infantil donde se conserva la tradición y donde se firmó el origen de una trayectoria leal y libre.