Janis Joplin, en el Hotel Chelsea de Nueva York  en 1970, año  de su muerte. Foto: David Gahr / Cúpula

Janis Joplin, en el Hotel Chelsea de Nueva York en 1970, año de su muerte. Foto: David Gahr / Cúpula

Música

Janis Joplin: 80 años de la perla del blues

Símbolo de la contracultura y del rock de los 60, siguió los pasos de las ‘big mama’ y dejó memorables actuaciones como la de Monterey. Su trágico final la convirtió en un mito

23 enero, 2023 01:58

Algunos años después de su nacimiento en el St. Mary Hospital del industrial Port Arthur (Texas), el 19 de enero de 1943, Janis Joplin cruzaba a la otra orilla del río Sabine para escuchar a las ruidosas bandas de rhythm and blues en locales como el Ann’s y el Big Oak.

En los años 50, la segregación racial era una herida que sangraba abundantemente en el sur de Estados Unidos mientras una adolescente blanca rastreaba el blues de Bessie Smith, Ma Rainey y Big Mama Thornton. Ni su padre Seth, un trabajador con inquietudes intelectuales, ni su madre Dorothy, cantante aficionada, ni sus hermanos Laura y Michael, podían imaginar de qué manera aquella joven rebelde destinada a ser maestra de escuela iba a cambiar el mundo de la música.

La cantante forjaría su leyenda esquivando las humillaciones de su entorno (“fea” fue el menor de los calificativos), descubriendo el rock and roll, devorando lecturas “reveladoras” como En el camino, de Jack Kerouac, buscando las huellas del “famoso” Bob Dylan, practicando una sexualidad explosiva y nada común y, de forma especial, consumiendo drogas para amainar su incurable tempestad interior.

Joplin romperá con el corsé social y cultural conservador de Texas emprendiendo un viaje de no retorno, ya en los sesenta, a California (con parada en Austin). Era la pieza que le faltaba al movimiento contracultural liderado por Grateful Dead y Jefferson Airplane. En San Francisco conoce a los Big Brother and the Holding Company, primera banda profesional con la que grabaría su álbum de debut. Pronto llegarían escenarios como el Avalon Ballroom, Golden Gate Park y el cercano barrio de Haight-Ashbury. La voz y la personalidad de Joplin no tardaría en eclosionar.

Joplin era la pieza que le faltaba al movimiento contracultural
que lideraban en ese momento Grateful Dead y Jefferson Airplane

En junio de 1967, en el Monterey Festival, celebrado gracias a John Phillips, Lou Adler y el mismísimo Paul McCartney, se convirtió en la reina del evento, a priori comandado por su admirado Otis Redding y por los incendiarios Jimi Hendrix y The Who. “Lo mejor de todo fue Monterey. Eso no volverá a pasar nunca”, declaro Joplin después de su prodigiosa interpretación de Ball and Chain, actuación de la que tenemos constancia gracias la grabación y la persistencia del director D. A. Pennebaker (que ese año hizo doblete con el Don’t Look Back de Dylan). “Aquel era el blues estilo big mama, duro, crudo y desafiante...”, escribiría Michael Lydon en su crónica para Newsweek.

Monterey lo cambió todo. Los Big Brother pasaron a un segundo plano y aparecen en escena el presidente de Columbia Clive Davis y el manager de Dylan Albert Grossman. Janis Joplin tocaba el cielo. Al tiempo que el foco artístico y mediático reconocía su irresistible magnetismo se convertía en un icono de los nuevos tiempos.

Fiestas en Nueva York con Andy Warhol, encontronazos sexuales con Leonard Cohen en el Hotel Chelsea (que dejó constancia en una de sus canciones) y un nuevo grupo, los Kozmic Blues Band, con los que grabaría el álbum I Got Dem Ol’ Kozmic Blues Again Mama y con los que iniciaría una triunfal gira por Europa. También la acompañaron al mítico festival de Woodstock, donde actuó, ya de madrugada, el 17 de agosto de 1969.

“¿Tenéis suficiente agua y un sitio para dormir?”, espetó a la cansada concurrencia antes de provocarles insomnio con To Love Somebody, Try, Ball and Chain y Piece of My Heart. A finales de ese año empezaría su recta final con un concierto en el neoyorquino Madison Square Garden. Era, sin saberlo, un punto final para sus directos.

Entró en el fatal 1970 consumiendo heroína. Se marcharía a Brasil con su amiga Linda Gravenites con la intención de ‘limpiarse’. Entre su equipaje, dolofina [metadona] para diez días. Allí conoció al “guapo” viajero David Niehaus, su gran amor. Recorrieron Brasil y fue feliz pero la vuelta a California se tradujo en más soledad y recaída. Ella optó por la música y Niehaus por seguir recorriendo el mundo.

En septiembre, mientras grababa en Los Ángeles Pearl, llega la noticia de la defunción en Londres de Jimi Hendrix. “Lloró y habló de la muerte”, recordaría después el compositor Bobby Womack. Pese a todo, el 3 octubre de 1970 era un día más. Compró heroína y se reunió con el grupo para escuchar temas del nuevo álbum. Tras unas copas con el teclista Ken Pearson se fue al hotel Landmark.

[Woodstock, el año del meteorito]

Según relata Holly George-Warren en Janis Joplin: la biografía definitiva de la legendaria reina del rock (Cúpula), en recepción le dieron una carta de su querido David Niehaus. La escribía desde Asia: “¡Venga mama! Me encantaría que estuvieras aquí... Vente a conocer Oriente. (...) Te echo mucho de menos. Estando solo no es lo mismo. Te quiero, mama, más de lo que piensas”.

En su habitación, la poderosa heroína (una variedad de gran pureza) utilizó su guadaña para pararle el corazón porque ya lo tenía partido en dos. John Cook, su road manager, encontró, 18 horas después, la crisálida de un mito que se transformó en el prodigioso Pearl, un álbum que incluía el tema de Kris Kristofferson Me and Bobby McGee con versos como: “La palabra libertad es solo otra forma de decir que no tienes nada que perder”.