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Música

Schubert grande, pequeño e inacabado

Juan Mena, al frente de la Orquesta Nacional, despliega tres sinfonías de Schubert y dos obras de Britten: War Requiem y el Concierto para violín, con James Ehnes.

17 diciembre, 2018 00:52

Dos muy interesantes y sustanciosos conciertos anuncia la Orquesta Nacional para este y el siguiente fin de semana, protagonizados ambos por la batuta del eficiente Juanjo Mena, director asociado de la entidad. En una y otra ocasión, Schubert en los atriles. Nada menos que tres de sus sinfonías. La más conocida, la llamada Inconclusa, nº 8, en si menor, Deutsch 759, se interpretará los días 21, 22 y 23. Nueva ocasión para enfrentarse a estos misteriosos y enigmáticos pentagramas, en los que se ventilan íntimas tragedias, callados conflictos a través de sigilosas exposiciones, clímax determinantes y modulaciones estratégicas, en las que tan sabio era el compositor vienés. El maravilloso lirismo que envuelve al segundo movimiento cala muy hondo.
Hoy, mañana y pasado serán las Sinfonías nº 6 en do mayor, D 589, bautizada como La Pequeña, y nº 9, en la misma tonalidad, D 944, conocida como La Grande, las que se interpreten. Dos obras bien diferentes. La primera posee una indiscutible fluidez melódica y un espíritu a veces
curiosamente rossiniano. La segunda es una partitura grandiosa que hace honor al calificativo y que posee una considerable extensión. Las “divinas longitudes”, que decía Schumann.

Junto a estas composiciones se sitúan otras dos de enorme valor, pertenecientes –¡bravo por el acierto!– a Benjamin Britten, músico ecléctico y sabio, inspirado y dotado de un talento dramático extraordinario. El necesario para levantar un fresco místico–bélico tan imponente como el War Requiem, escrito para conmemorar la reconstrucción de la catedral de Coventry en 1962. Es un dolorido muestrario imbuido de una profundísima emoción que emana de diversos planos sonoros, trabajados con un rigor y una austeridad sensacionales con aplicación de formas antiguas elegantemente actualizadas.

James Ehnes es un instrumentista muy cualificado por su temple, su amplia sonoridad y su refinamiento

Todo ello estará en las buenas manos de Mena, a quien vimos dirigir muy cuidadosamente este Requiem en la Quincena Musical de hace un par de lustros. Ya conocemos su solvencia, su probidad, su manera sincera, frontal y severa de enfrentarse al pentagrama. Es la suya una batuta sólida, preparada, flexible, ecléctica y clara. El gesto, amplio, armonioso, de lejanas resonancias celibidachianas, el pulso atento, la comprensiva expresividad, la facilidad para el fraseo caluroso y una lógica expositiva de meridiana inteligibilidad llegan con facilidad, casi con suavidad, a las orquestas que dirige.

El melodismo de Britten

Buenos mimbres sin duda para servir a la otra partitura de Britten, su Concierto para violín op. 15, una obra de rara intensidad, poblada de ostinati, de un lirismo profundo, de un melodismo reconcentrado y de un refinamiento tímbrico excepcional, que emparenta con la composición similar de Berg, a cuyo estreno (en Barcelona, como se sabe) parece que asistió en 1936. Incluso cierra la composición con guiño bachiano, una passacaglia. En el autor de Wozzeck era un coral. No queda lejos tampoco el chisporroteo pasajeramente agresivo de Prokofiev. Defenderá la parte solista el violinista canadiense James Ehnes (1976), poco o nada conocido por estos pagos, aunque es un instrumentista muy cualificado por su temple, su amplia sonoridad, su su refinamiento. Maneja además el Stradivarius de 1715 Ex–Marsick.