Escenarios

Xian Zhang, batuta persuasiva para la OCNE

La directora afronta en el Auditorio Nacional un jugoso programa que combina el celebratorio 'Primal Message' de Nokuthula Ngwenyama y el fervoroso y altisonante 'Te Deum' de Anton Bruckner

26 noviembre, 2021 16:56

Una sesión de muy alto interés es la que anuncia la Orquesta Nacional para los días 26, 27 y 28 de noviembre. Es muy laudable la confección del programa, que abre la compositora estadounidense Nokuthula, Ngwenyama, violinista desde los seis años, más tarde violista y por último, llevada de un impulso inevitable, entregada a la creación, para la cual aparece muy dotada por su facilidad a la hora de ensamblar un discurso coherente, una línea fluida y amena, lejos de experiencias de carácter atonal, serial o minimalista; y en busca de un lenguaje cercano, comprensible y coherente.

De ella se escuchará Primal Message, una suerte de fantasía que se estrenó el 5 de noviembre de 2020 en Detroit bajo la dirección de Xian Zhang, que es quien la dirigirá también en el podio de la Nacional. Se inspira y rememora el lanzamiento al espacio desde la localidad costarricense de Arecibio de datos sobre el sistema solar y la especie humana. Un “mensaje primordial”. Un mensaje clarificador, pacifista, de buena voluntad. El mismo que trata de encerrar entre corcheas la compositora, que maneja relaciones primarias y texturas sencillas, que fluyen a través de una línea melódica comprensible y mansa. Es una especie de celebración.

A continuación el famoso Concierto para violonchelo de Schumann, una partitura llena de sorpresas y nueva muestra del talante fantasioso del compositor alemán, capaz de aglutinar en una estructura muy sólida, enjuta pero no por ello menos apasionada, los tres movimientos tradicionales de las composiciones concertantes, que se desarrollan sin interrupción con una extraordinaria libertad, sin someterse a ninguna atadura. Actuará como solista el intenso y sensible Nicolas Alstaedt.

Cerrará la reunión una obra no especialmente prodigada entre nosotros, el Te Deum de Bruckner, quien, en opinión de muchos estudiosos, consideró los elementos gregorianos y palestrinianos no como resultado de una evolución intelectual y estética, sino como factores arcaizantes que acababan por dotar de un sabor de otro tiempo a las estructuras concediéndoles un sentido evocativo más bien ingenuo. La religiosidad reservada de algunos de los adagios de las sinfonías brucknerianas es en este Te Deum por lo tanto bien distinta: encontramos en él un fervor un tanto altisonante y unos acentos casi bárbaros.

En todo caso estamos ante una partitura soberbia, concentrada, tumultuosa, aunque salpicada de chispazos líricos y de instantes tensamente meditativos. Bruckner había empezado a escribirlo al mismo tiempo que la Sexta Sinfonía, en 1881, pero luego lo abandonó hasta 1883 y no lo culminó hasta marzo de 1884. No se estrenaría hasta el 2 de mayo del año siguiente, pero, curiosamente, con dos pianos como todo soporte instrumental. La primera ejecución en condiciones tuvo efecto el 10 de enero de 1886 con Hans Richter empuñando la batuta.

Para dar forma a todo ello se cuenta con la directora china, afincada hace años en los Estados Unidos, Xian Zhang (1973), titular de la Sinfónica de la BBC de Gales y de la Sinfónica de Nueva Jersey, que ha estado presente también en podios principales como el de la Filarmónica de Nueva York o el del Concertgebouw de Ámsterdam entre ellos. Es la tercera vez que se sitúa al frente de la Nacional, primero con la nada fácil Misa glagolítica de Janácek y más tarde con El Mesías de Haendel, que también tiene su complejidad. En ambos casos dejó buen sabor de boca. En esta nueva ocasión suponemos que mantendrá bien alto su pabellón. Marca con gran claridad, con gesto persuasivo y bien dibujado, de amplio trazado, que nace de unos brazos cortos y que actúa en todos los planos. La música fluye con aparente naturalidad de sus manos, que saben resolver dinámicas, aunar ataques, calibrar ritmos y gobernar con autoridad.