Robert Pattinson en la película 'Primetime'.

Robert Pattinson en la película 'Primetime'. A24

Cine

El agigantado Robert Pattinson y un Nanni Moretti almodovariano animan el Festival de Venecia

Tras 37 años de ausencia y por el 50.º aniversario de su debut, la Biennale ha vuelto a abrir sus puertas al cineasta italiano.

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Cuando se cumplen cinco años del León de Oro a Nomadland, primera parada antes del Oscar, Chloé Zhao volvía al Lido para ofrecer una clase magistral acerca de su carrera. Zhao, detrás del superéxito de Hamnet, se afanó a excusarse por su cinefilia tardía, y ha concretado que nunca se consideró "lo bastante buena" para perseguir su sueño de juventud, ser autora de manga. Tampoco "pensaba que el cine fuera una opción para mí".

Sobre la fatiga superheroica, que llevó en parte al fracaso relativo de su versión de Los Eternos de Marvel, "siento que es importante no descartar historias porque no las consideramos alta cultura". Cuánto valen las historias: Zhao corría a defender la validez de las historias de superhéroes, y horas después Lance Oppenheim (Una clase de cielo) reciclaba una figura clave en la telebasura.

Primetime rebana una temporada en la vida de How To Catch a Predator, programa de cámara oculta donde el zalamero Chris Hansen atrapaba a pedófilos y los exponía, convirtiendo la captura en un show; su show. La fórmula es antiépica: no tiene sorpresas, ni reparos. Quizás por ello, la película de Oppenheim se sienta fabricada por entre excusas, ya sea el arco de caída del nuevo actor-señuelo del programa, Dan (Skyler Gisondo), o el escándalo con el que el equipo de Hansen (Robert Pattinson) quiere afianzar su slot en… primetime. Poco importan. El gusto por la negrura del showbiz y nuestra capacidad para el absurdo bastarían para pegarnos a la pantalla.

Hermanada con el teatrillo de Glenn Powell en Hitman, Primetime es –no sorprenderá a nadie– un espectáculo alrededor de la mueca expresionista de Robert Pattinson. Tan matemático como memético, Pattinson no solo logra la complejidad de su Antínoo en La Odisea, sino que nivela los excesivos subrayados del guion de Ajon Singh sobre la inseguridad y la vanagloria del presentador para que su normalidad al completo parezca neura y embustería (¿Creían haber visto todas las formas de desencajar una mandíbula, de coger un puñado de papeles?). Relojero del gesto, Pattinson es asimismo capaz de convertir a Hansen en una mole amenazante cuando este se siente empoderado.

A su alrededor la ficción cae por su propio peso, aunque apenas arrastre al infraescrito coprotagonista de Dan, ni demasiado simpático, ni original (Gisondo afina, pero no cambia de registro desde Superempollonas o Santa Clarita Diet). Parodia antes que epopeya, Primetime sí acierta en caracterizar a la homónima de Saul de Breaking Bad, la productora Andie: viva imagen de una productora televisiva, moño ejecutivo y brazos en jarras sobre una sudadera deportiva gris. Chicle y ternura en el habla, incluso durante una riña iracunda.

También Primetime es un film de marca. La marca Lance Oppenheim, que rechaza cualquier comparativa a Nightcrawler, convirtiendo la cinta en sueño febril, de cromática hipersaturada y vibrante por el grano de la propia película. Y la marca A24, con un éxito más en el incipiente New Weird estadounidense (El brillo de la televisión, Mandy, The People’s Joker), este movimiento que regurgita de la estética del digital antiguo en un delirio delicioso.

El enamoramiento es otro delirio a menudo descartado por el criterio de "alta cultura" que rige las direcciones festivaleras. La plena creencia en algo, en general, cae floja ante la trinchera oficialista del cine serio. Quizás por ello, el cine de Nanni Moretti llevaba 37 años sin programarse en Venecia, desde Vaselina roja (1989) en la Semana de la Crítica. La elegida para la vuelta ha sido Succederà questa notte, basada en relatos de Eshkol Nevo, quien también inspiró Tres pisos.

En esta dramedia, Louis Garrel vive un fogonazo romántico temprano con una mujer a punto de desposarse (Jasmine Trinca), un encuentro delicioso –de cine– que lo lleva a descubrir, a lo largo de los años y en todas sus relaciones, una fecha de caducidad incómoda. La de Moretti mira este El amor en tiempos del cólera desde el aprendizaje amable, lejos del juicio y con afección hacia quienes no se andan con rodeos.

Moretti desata las complicaciones del melodrama en favor de una celebración luminosa del amor, tan colorida como el cine del último Almodóvar, con el que el filme guarda parecidos evidentes: narrativos, con amantes confesándose al representar una ficción; estéticos, en los rojos y los verdes y los cuellos altos; y técnicos, porque es la música de Alberto Iglesias la que custodia esta coproducción española filmada, en parte, en San Sebastián.