Alain Delon y Monica Vitti, en 'El eclipse'
Michelangelo Antonioni y 'El eclipse': cuando los sentimientos se detienen
El director italiano tituló con este fenómeno una de sus mejores películas.
Aunque no hay ningún eclipse en la trama, le sirve de motivo visual y narrativo.
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El cine de Michelangelo Antonioni (Ferrara, 1912–Roma, 2007) es un territorio de incertidumbre, un espacio de abstracción que exige que el espectador ponga su propia experiencia al servicio de las imágenes. Sus películas respiran en los tiempos muertos, en esos silencios en los que parece negociarse el misterio de la existencia, sostenidos en El eclipse (1962) por los bellos y enigmáticos Monica Vitti y Alain Delon.
El título no remite a un fenómeno natural visible en pantalla, es más bien el motivo espiritual, narrativo y visual del cierre de la trilogía sobre la incomunicación del director italiano, al que preceden La aventura (1960) y La noche (1961). Según The Architecture of Vision, Antonioni encontró la inspiración para el guion tras filmar un eclipse en Florencia: “Hubo un silencio diferente a todos los demás silencios, una luz cenicienta y luego oscuridad: una quietud total. Pensé que durante un eclipse incluso nuestros sentimientos se detienen”.
Eso es lo que parece que ocurre al inicio de la película, cuando conocemos a Vittoria (Vitti) y Riccardo (Francisco Rabal) agotados tras una noche de reproches. Cuando la cámara entra en acción, la separación de esta pareja burguesa es ya un hecho consumado. Ella, antes de marcharse, descorre todas las persianas para que entre la luz de la mañana: finaliza así un primer eclipse.
A partir de ahí, Vittoria deambula por su fantasmal barrio del EUR, el distrito construido por Mussolini para la Exposición Universal de 1942. Las pocas personas que lo atraviesan –una mujer con un carrito, un apuesto hombre, un clérigo– parecen reflejos de una insatisfacción difusa. De alguna manera, ella también atraviesa sus propios eclipses, instantes en los que la expresión se apaga sin motivo aparente. Antonioni trabaja esa oscilación a través de la luz y la sombra, de encuadres que la encierran entre rejas, puertas y ventanas, como si el espacio absorbiera su crisis existencial.
Corte al bullicioso centro histórico de Roma, a donde Vittoria acude para ver a su madre jugando en la Bolsa y donde se cruza con Piero (Delon), un corredor con el que acabará enredándose. También ese universo sufre su eclipse cuando el mercado se desploma. Antonioni no oculta su desconfianza ante los rituales del capitalismo, convertidos aquí en una forma de vértigo colectivo.
Pero es el final el eclipse definitivo: siete minutos en los que la esperada cita entre los amantes no se produce y la película se repliega sobre los espacios que habitaron y que ahora quedan vacíos. “Es una forma aterradora de cerrar una película”, decía Martin Scorsese en Mi viaje a Italia (1999), “pero también liberadora: nos sugería que las posibilidades del cine eran ilimitadas”.
Quizá en ese apagamiento final se intuya también el eclipse de una forma tradicional de narrar, del que beberán sensibilidades como la de David Lynch. Más reciente y prosaico es, sin embargo, otro eclipse: el de su ausencia en plataformas. Ojalá sea, también, pasajero.