Diego Calva, Kristine Froseth, Charles Melton, Nicolas Winding Refn, Sophie Thatcher y Havana Rose Liu, en la presentación de 'Her Private Hell'. Foto: EFE/EPA/SEBASTIEN NOGIER

Diego Calva, Kristine Froseth, Charles Melton, Nicolas Winding Refn, Sophie Thatcher y Havana Rose Liu, en la presentación de 'Her Private Hell'. Foto: EFE/EPA/SEBASTIEN NOGIER

Cine

Nicolas Winding Refn, Na Hong-jin y Cristian Mungiu: las grandes películas separan las aguas de Cannes

La Croisette ha visto en dos días la vanguardia de los debates cinéfilos, con las divisivas ‘Hope’ y ‘Fjord’ animando a la prensa desplazada.

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Desperezaba la sección oficial, donde sería la Palma más maravillosa e improbable, y se ha convertido de la noche a la mañana en el éxito positivo de esta edición 79, como Titane o La sustancia antes que ella. No es para menos: en la sala Bazin, generalmente tranquila, se vivieron aplausos, risotadas y brazos abiertos a la pantalla; hooliganismo cinéfilo de primer orden.

En su primera hora, Hope se despliega igual que lo hizo el arranque de The Host de Bong Joon-ho veinte años atrás: a través de las callejuelas pintorescas de un pueblo montañoso, con la persecución imparable de un monstruo, bicho o Na’vi desproporcionado y greñoso. En cualquier caso, un pegote de cegeí descaradamente inacabado (se rumorea que la película se terminó a horas de su première, por lo que no descartamos que se trate de un pre-render). Entre la sangría macabra, por no faltar cuerpos desollados, y el espíritu cartoon de los Looney Tunes, porque no hay quien acabe con la patrulla del simpatiquísimo Hwang Jung-min (Por encima de la Ley), discurre este primer segmento.

Infinitamente más cercana al último Park Chan-wook que a El extraño (2016), estrenada diez años atrás, el plato combinado de Hope triunfa cruzando arquetipos y sensaciones de géneros de lo más variopinto: la comedia marrana, la invasión minimalista, el procedural policíaco molón de los noventa, el wéstern de carreras a diligencia, la gran justa medieval… La lista continúa. Sucede, no obstante, que la última mitad del metraje –tras el bache de ritmo de cortesía en el segundo acto– abre las puertas a un universo del todo marciano a la seriedad y que se basa, ahora sí, en volantazos de guion más y más alelantes. Aquí, ni lo atisbaremos, y mi consejo es mantenerse lejos de las críticas en internet.

La equidistancia reaccionaria de ‘Fjord’

Fjord, de exactamente 146 minutos, arranca con una imagen que nos hubiera ahorrado las mil palabras: Sebastian Stan, fundamentalista cristiano con buenos contactos, aprieta en un abrazo a su hija mayor, aún llorosa, mientras le reprocha con gravedad afectada que debe aprender a reconocer sus errores. La madre, una recatada Renate Reinsve tratando de sacar brillo a la paleta de blancos tras la abnegación, asiente mientras despide la furgoneta para siete que les llevará a su nueva escuela, en Noruega.

Lección moral bajo sospecha de autoritarismo, todo antes del desayuno. Cuando las criaturas aparecen con cardenales y reconocen recibir bofetadas en casa, los Servicios Sociales llegan de inmediato. Sin embargo, Cristian Mungiu, quien ganara la Palma de Oro dos décadas atrás por 4 meses, 3 semanas, 2 días, está decidido a demostrar que el castigo ejercido a una por los eslabones del engranaje público noruego, racista y adoctrinante, resulta perfectamente equiparable a las pequeñas correcciones que la familia ejerce sobre sus hijos.

Retomando el espíritu columnista-ejemplificador de su reciente R.M.N., el director rumano se ampara en las hipérboles de la farsa, progresivamente deslavazadas hasta el ridículo, para demostrar la crueldad del sistema –progre, laico y seguramente vegano– con estos pobres tipos de la “vieja escuela”. Para ello, repleta larguísimas tomas de diálogo entre un tapiz de caras de póquer mal disimuladas (Stan y Reinsve se llevarán el crédito por un coro de extras que no sabe adónde meterse), todas puestas sobre las paredes feas de juzgados, despachos y geriátricos. Interiores públicos y debidamente decorados para una Navidad que, todo el mundo sabe, será incómoda.

Sebastian Stan, Director Cristian Mungiu y Renate Reinsve, en Cannes. Foto: EFE/EPA/TERESA SUAREZ

Sebastian Stan, Director Cristian Mungiu y Renate Reinsve, en Cannes. Foto: EFE/EPA/TERESA SUAREZ

Bajo el beneplácito equidistante de un par de brevísimos incisos sobre las repercusiones del caso en Rumanía, Mungiu prefiere “descubrir” satisfecho como el Estado, sus metomentodos morales y su burocracia antihumanista, es quien ha convertido en última instancia a la familia tradicional cristiana en una “minoría”. Además de simplista y machacona –repito, 146 minutos–, la farsa del rumano es un puré cinematográfico blando y reaccionario.

Vértigo en clave disfórica

Body horror sin tripas, la primera reacción de Eva (Léa Seydoux) al despertar en el cuerpo de un completo desconocido es arquearse en náuseas, entrar en pánico, vomitar. Pero él, David (Niels Schneider), andaba ya medio enfermo, con el pelo sucio y la cabeza en otra parte antes del intercambio. Por ende, resulta fútil leer en clave estrictamente fantástica la cadena de body swaps en el centro de la nueva película de Arthur Harari tras ganar el Oscar por el guion de Anatomía de una caída, sobre su propia novela gráfica.

Desde sus primeros compases, un zoom mareante al interior del ojo granulado de la fotografía de una mujer típicamente misteriosa, Harari toma el relevo de la Blow Up de Antonioni al señalar –insistir, incluso– que la salida al embrollo está ahí, en el fondo de esa pupila que, traducida en palabras, nunca será más que una masa de ruido fotográfico indescifrable. Como zanahoria narrativa, The Unknown hace como que escribe una trama de investigación detectivesca, una gincana entre instantáneas que incluye persecuciones a escondidas, varias ciudades y el terror concreto de actuar con la tranquilidad un hombre en el cuerpo vulnerable de una mujer… Pero el viaje vibra con el desapego terco de las Dolls de Kitano y no lleva, por fortuna, a ninguna parte.

Lea Seydoux, en 'The Unknown'

Lea Seydoux, en 'The Unknown'

Mientras, Seydoux va ahondando en una parálisis del sueño (llámala disforia, los efectos son parecidos) mientras sostiene todos los abismos existenciales abiertos y en carne viva, con una mandíbula desencajada. Pura volumetría del terror. Claro que el íncubo no se materializa nunca, como nunca el francés ha sido muy de ponerse de un bando (El caso Goldman), ni tampoco Hitchcock pretendió “resolver” nunca el halo tóxico sobre las espirales de Kim Novak en San Francisco. Manierista, Vértigo prefería prolongar el misterio y, en cualquier caso, darle un delta imberbe, puramente audiovisual.

The Unknown hereda su espíritu, y como ella tantas otras en el panorama festivalero reciente: El prófugo de Natalia Meta, Tres de Juanjo Giménez, Las corrientes de Milagros MumenthalerTodas interesadas en mujeres que se desvían por un giro fantástico y que yerran por las ciudades, y si cabe entre tiempos, para resolverlo/se. En este Cannes, todo lo que no bebe del realismo aguerrido de Jeanne Dielman, lo hace del encanto elevado de Vértigo.

Nicolas Winding Refn sublima el fumetto

El 24 de julio, en plena canícula, se estrena nuevo filme del alquimista habitual de la sangre y del cromo (en Cannes, se ha proyectado fuera de concurso). Her Private Hell, guion fruto de una primera colaboración entre Winding Refn y la joven Esti Giordani, esencializa las virtudes del heredero del giallo obsesionado por las potencias de la belleza y del neón, y hoy Winding Refn se ha erigido cual ominoso David de Miguel Ángel en un pabellón infinito y plagado de bruma.

Her Private Hell explica, aun con la narrativa pequeña y huidiza de quien habla en sueños, una Rapunzel en una metrópolis híper futurista. Allí, un grupo de actrices liderado por Sophie Thatcher (La asistenta) va siendo diezmado por un asesino en serie, a la espera del rescate de un soldado apuesto al que da vida Charles Melton (Secretos de un escándalo). Poco importa: la trama se proyecta como farolas por entre un mar de niebla, peajes de cortesía en un vaciado hacia la forma pura y dura; lenta, sensual pero no alegórica.

Aun con sus sarpullidos, con algún subrayado innecesario sobre el género y una discusión que mejoraría musitada en un hilo de voz, en Her Private Hell, Winding Refn firma su película más antipática –¿pero quién querría ser “cercana” (relatable, dicen las protagonistas)?– y, a la vez, la más aguerrida. Uno no puede sino rendirse a sus encantos.