Los Hombres G durante el rodaje del videoclip 'Voy a pasármelo bien' (1989). Foto: Domingo J. Casas

Los Hombres G durante el rodaje del videoclip 'Voy a pasármelo bien' (1989). Foto: Domingo J. Casas

Cine

Pasarlo bien para siempre: 'Los mejores años de nuestra vida' con Hombres G

Llega al cine la película definitiva del grupo. Escrita por Alberto Ortega y Charlie Arnaiz, cuenta con materiales y declaraciones inéditas que explican el fenómeno musical español más internacional del último medio siglo.

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Fuimos al cine, compramos palomitas y nos sentamos a contemplar dos milagros: el de la supervivencia y el de la amistad.

El primero es más coyuntural y podría no haber sucedido: los protagonistas de la peli, que estaban sentados en carne y hueso en la fila de atrás, hicieron todo lo posible para que no se produjera.

Vivieron para morir sostenidos en la nube de Dionisos, febriles en la neblina de la inmortalidad que insuflan los veinte años.

Primero, tuvieron un mánager francés que se liaba los porros conduciendo. Después, en la gira latina, en esa especie de avión-autobús, los pilotos abandonaban la cabina para echarse un pitillo con los pasajeros.

Y luego fueron los ataques de las chicas cocodrilo, que confundían el amor con el despedazamiento.

El destino los ha conservado con una salud mucho mejor de la que rezaron. Y ahí estaban, sentados unas butacas por detrás de nosotros, en el extraño ejercicio de ver pasar su vida como lo hacen los muertos de las novelas.

Eso sí, con un matiz un tanto fáustico, como de pacto con algún dios o algún demonio: cuarenta años después, su vida está siempre empezando. Una gira a punto de empezar, un disco a punto de salir. Todos esos auditorios al borde de abarrotarse.

David Summers, Javi Molina, Dani Mezquita y Rafa Gutiérrez son los Hombres G: aquellos chavales del Parque de las Avenidas que, en un pestañeo, pasaron del Rowland a los estadios del mundo entero.

Los Hombres G, se recordaba en la pantalla, eran "Los hombres del Gobierno" que dieron título a aquella otra peli, cine negro de 1935. Las cosas de Summers, del padre y el hijo, que fueron dando esa estética cinematográfica a los discos, las letras y los conciertos. "Cada canción es una pequeña historieta", sonaba la voz de David.

La película se llama Los mejores años de nuestra vida y se estrena en cines el 8 de mayo (después, en Movistar Plus+). Es obra de Alberto Ortega y Charlie Arnaiz, los dos grandes documentalistas del momento, que han vuelto a firmar un biopic formidable, a la altura del que estrenaron sobre Francisco Umbral.

Lo que conviene analizar es el segundo milagro que se trenzaba en la pantalla: el de la amistad. Porque ahí opera –—ya es mala suerte que fuera el título de una película nazi— "el triunfo de la voluntad". Los mejores años de nuestra vida no es otra cosa que el rito de una amistad inquebrantable.

Cuatro amigos que han querido seguir siéndolo siempre.

Es cierto que la historia de esta amistad resulta particular debido al éxito del grupo, a la coexistencia con un catálogo de canciones que pasan de generación en generación igual que las de los Beatles.

Resulta impactante ver en pantalla cómo en uno y otro hemisferio los públicos de los conciertos son tri-generacionales. Ya van juntos los abuelos, los padres y los nietos.

Pero la historia de esta amistad toca el corazón de cualquiera porque podría ser la amistad de otros. La nuestra. Lo comentaban ellos mismos, los Hombres G, al encenderse las luces: "Podría ser la vida de cualquier ser humano. Es una sensación bonita y extraña".

El título de la película debería haber sido más fiel, como un puñetazo: "Los mejores años de vuestra vida". Interpelando al espectador, como diciendo: "Ahí están todas las canciones que te hicieron feliz enmarcadas en lo mejor de la vida, una historia de amistad".

Legislatura tras legislatura, los Hombres del Gobierno han sido los presidentes de nuestros estados de ánimo. Los narradores de todas esas cosas que empiezan y acaban en la piel.

Tienen una canción para todas las primeras veces: el primer amor, el primer beso, el primer cubata, la primera ruptura, la primera gran juerga, la primera resaca. Y las primeras veces jamás se olvidan.

Eso es lo que cuenta la película, con materiales y declaraciones inéditas, creando un hilo invisible que va de la pantalla al lado izquierdo del pecho de quienes la contemplan. El secreto de las melodías que nos hacen felices.

Legislatura tras legislatura, los Hombres del Gobierno han sido los presidentes de nuestros estados de ánimo

Como descubrir el misterio de un acorde. Como el que une tres o cuatro notas y se da cuenta de que suenan bien. Como el que, de repente, un día cualquiera, en un momento nada especial, se da cuenta de que está aprendiendo a vivir.

El momento más emocionante de la peli es, precisamente, la reconstrucción. No han querido Ortega y Arnaiz, tampoco los Hombres G, que el guion fuera una mitificación de la amistad y, por tanto, una falsificación.

Aparecen los cuatro, por separado, un rato cada uno. Caminando solos por un secarral. Con el sonido del viento de fondo. Y una mirada extraviada, cansada. Soldados que regresan mutilados del frente.

Nos explicaba David al acabar que eran unas imágenes de archivo, promocionales, que quedaron sin usar. Ortega y Arnaiz las han escogido porque puestas así, solas, dibujan ese purgatorio, ese lugar de la desorientación, en el que acabaron los cuatro cuando suspendieron el grupo… sin saber si volverían.

Eran tan íntimos, tan hermanos, que se compraron los chalés en la misma calle. Y por el cansancio, por los errores de unos y otros, esos amigos se fueron haciendo solo vecinos. Hasta desconocerse.

A partir de ahí, mirando a la cámara, van uno a uno relatando su versión de lo que sucedió con una crudeza que impresiona, como no habían hecho antes. Es duro, es cierto, es verdadero.

Hasta que las piezas fueron encajando y, tras un parón de diez años, entre 1992 y 2002, regresaron con Lo noto, otra canción inolvidable que reinventaba el grupo.

Los guionistas, en un trabajo coordinado con fans de todo el mundo, han hecho acopio de imágenes desconocidas que van dando a la película ese tono íntimo. Sobre todo, casi siempre, vertiginosamente divertido.

De pronto, tenían dinero, éxito, ligaban todo lo que querían… y tenían veinte años

No es momento de contar aquí —para eso están las biografías— la historia de estos chicos que acabaron siendo, para su propia sorpresa, los más guapos del barrio, pero sí de consignar algunas razones en las que ahonda la peli y que no suelen estar sobre la mesa.

La primera y más importante: los Hombres G nunca se tomaron en serio. Ni al éxito ni a sí mismos. Siguen sin hacerlo. Sólo disfrutan. Son como el protagonista de La educación sentimental de Flaubert. Pedalean en una bici, en medio del campo, un día de sol y gritan: "¡Síiiii!".

Sin pensar. Solo gritando, solo viviendo, solo disfrutando. Sí. A todo que sí.

En un momento, dice Summers: "Pensábamos que la gente se había vuelto loca. ¿Cómo podían creer que éramos un grupo de la hostia?".

Con esa ironía, con un ácido sentido del humor, fueron sorteando las pruebas más oscuras de la fama. Y nosotros, conforme avanzaban las imágenes, pensábamos: "¿Cómo es posible que no se volvieran gilipollas?".

De pronto, tenían dinero, éxito, ligaban todo lo que querían… y tenían veinte años. La crítica, en un momento dado, los machacó. Señalando su "simplismo", como si esa no fuera una enorme virtud en un grupo de pop-rock. Tachándolos de pijos. Por ir con camiseta y vaqueros —igual que hoy— en aquellos años donde los grupos tenían la manía de vestirse como si fuera Halloween todos los días.

Después demostraron, en otro registro, que podían ser más alambicados, más complejos. Entonces, la crítica los encumbró… y el público los castigó. Supieron —y saben— hacer las dos cosas.

En América, los bautizaron como "los Beatles latinos". En España, los ha amado la gente y los ha desdeñado parte de la élite. Aunque, con la fuerza de los años y del tiempo, esa ceguera se ha ido disolviendo.

¡Como si los Hombres G hubieran tenido en algún momento la pretensión de componer algo que no fueran canciones para hacer felices a la gente!

De repente, aparecen los cuatro en una furgoneta, en un país cualquiera, tras un concierto cualquiera. Se van pasando una carta. Es la carta de una niña. No pudimos tomar notas a oscuras, pero la carta dice más o menos así: "Me encantan vuestras canciones. No dejéis de hacer canciones. Me hacen feliz a mí y a la gente que está cerca".

Conseguir eso durante casi medio siglo siendo siempre los cuatro amigos del barrio es la proeza que cuenta la película. Dando un salto mortal, llegando al baño con un par de volteretas, echando un par de huevos a la sartén, diciendo buenos días a padres y hermanos.

Porque hoy y siempre, con ellos y cuando ya no estén, con sus canciones, vamos a pasárnoslo bien.