Un fotograma de '28 años después: El templo de los huesos'

Un fotograma de '28 años después: El templo de los huesos'

Cine

'28 años después: El templo de los huesos', cuando el 'spin off' es mejor que la película original

Pocos meses después de su predecesora, Ralph Fiennes y una secta satánica convierten la "cara B" de '28 años después' en una película escalofriante.

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Ya van cuatro películas y es legítimo preguntarse: ¿Para qué otra? El pasado verano llegaba a los cines (con éxito de público) 28 años después, tercera parte de una saga que el mismo Danny Boyle inició en 2002 con 28 días después.

La segunda parte, de 2007, 28 semanas después, fue una coproducción española con Juan Carlos Fresnadillo. Y ahora, El templo de los huesos, donde el apocalipsis ya no es urgencia sino estado permanente, rutina de un mundo en llamas.

El asunto empezaba mal en la primera parte, con Londres (y el mundo) devastado por una pandemia que convertía a los infectados en zombis asesinos.

El pobre Cillian Murphy, superviviente, sudaba la gota gorda perseguido por una horda de desquiciados. Luego Fresnadillo, por su parte, dotaba al relato de una dimensión más claramente política y psicológica.

Entre la primera película de Boyle y la segunda dirigida por él pasaron nada menos que 26 años. Apenas medio año después, llega esta secuela —o spin off, ya que toma todo el protagonismo Ralph Fiennes como médico perturbador, entonces secundario—. El templo de los huesos, tremendo título, sigue indagando en ese mundo posapocalíptico. La trama sucede prácticamente a continuación del final de la anterior.

Tragedia y farsa

Decía Karl Marx, en una frase muy citada, que la historia sucede primero como tragedia y luego como farsa. 28 años después es un filme desconcertante, arriesgado, por momentos lúcido y en otros desnortado. Boyle y su guionista Alex Garland (director de Civil War o Warfare: Tiempo de guerra) construían un mundo abonado a la nostalgia.

En esta ocasión, por cierto, Boyle no repite detrás de la cámara: dirige Nia DaCosta (Candyman). Y aún habrá una quinta película, 28 años después, parte III, prevista para 2027, en la que Cillian Murphy recuperará el protagonismo.

Vemos una realidad marcada por la escasez y la miseria, en la que una pequeña comunidad de supervivientes vive en la precariedad e idealiza un pasado glorioso pero irreal, rindiendo tributo a la monarquía y a la Union Jack.

No solo eso: su forma de divertirse es ir "de caza" a un bosque cercano, cercado por vallas, donde malviven los "infectados" (gritando y atacando como posesos lo primero que pillan), convirtiéndolo en un deporte peligroso y excitante.

La metáfora salta a la vista: una sociedad, como la nuestra, anhelante de un pasado supuestamente más brillante (Make America Great Again), en el que el nacionalismo prometía una comunidad más solidaria y cohesionada. Una solidaridad renovada y excluyente, donde el rechazo al otro, al infectado, se propaga y une al grupo en su odio.

En 28 años después aparece el niño Spike (Alfie Williams), que sobrevive a la matanza. Al final del filme es secuestrado por una panda de hooligans con pelucas rubias que recuerdan tanto a los destartalados personajes de Trainspotting (1996), la película más célebre de Boyle, como a los "drugos" de La naranja mecánica (1971), de Kubrick, todavía más violentos.

La banda resulta ser una especie de secta satánica en la que todos se hacen llamar "Jimmy", liderada por Jimmy Crystal (Jack O’Connell), quien asegura ser hijo de Lucifer. Más malos que la tiña, se dedican a secuestrar, torturar (lo llaman "dar caridad") y rematar a sus víctimas: cuanto más crueldad, más diversión. Empieza la fiesta.

El diablo redimido

Frente a los satánicos y sus contumaces deseos de despellejar al personal, una desdichada familia lo pasa tan mal como los incautos burgueses de Haneke en Funny Games (1997).

Y como tercero en discordia, Ralph Fiennes, en la piel del doctor Kelson: un tipo que vive, literalmente, en un "templo de los huesos", una suerte de Stonehenge construido con instalaciones de huesos humanos y calaveras. Todo precioso.

La misión de Kelson no es del todo clara: a la vez es un personaje de luz que intenta ver humanidad en los infectados (poco evidente a primera vista) y alguien con evidentes pulsiones sádicas o, como mínimo, necrófilas. En la película, los "Jimmies" lo confunden con el mismísimo Satán, señor de las tinieblas.

El templo de los huesos provoca un pavor auténtico: es una película terrorífica, más que la primera, pero no perversa, porque, como en aquella, bajo el horror late una humanidad desesperada. Al ofrecer una copia deformada de nuestra realidad —cada vez más beligerante y desquiciada—, la película nos coloca un espejo. Y ese espejo duele y da miedo. Funciona.