Cine

'Un blues para Teherán': música, poesía y misticismo en Irán

El periodista radiofónico Javier Tolentino rinde homenaje a la antigua Persia con una película poética que hunde sus raíces en una cultura de trascendencia milenaria

2 julio, 2021 09:17

El cine iraní vivió un boom de reconocimiento en los años 90 cuando Abbas Kiarostami dirigió dos obras maestras como A través de los olivos (1994) y El sabor de las cerezas (1997), justa ganadora de la Palma de Oro en Cannes. Heredero de una tradición persa de misticismo, refinamiento y hondura que surge en la Edad Antigua, las películas de Kiarostami con frecuencia utilizan la naturaleza, al mismo tiempo bella e indiferente a los pesares humanos, como símbolo del misterio de la vida. Sin duda, la influencia del maestro Kiarostami, fallecido de manera prematura en 2016 a los 56 años, se deja notar en este notable debut del periodista Javier Tolentino, donde queda patente su devoción por el paisaje, la tradición, la literatura y la música del país de Oriente Medio.

Irán es un país hermoso pero también castigado por un régimen teocrático y autoritario que con frecuencia ejerce una censura feroz sobre sus mejores creadores. Estrenada la semana pasada, La vida de los demás, está dirigida por Mohammad Rasoulof, quien atendió a El Cultural desde su arresto domiciliario. Un cineasta como Jafar Panahi contó en la genial Esto no es una película (2011) cómo vivía (y seguía trabajando) encerrado en su casa. Los países, sin embargo, son mucho más que los regímenes que los gobiernan por terribles que sean y en Irán, a pesar de la falta de libertades y el machismo institucionalizado, pervive esa inmarchitable belleza que le es propia.

El protagonista de Un Blues para Teherán es Erfan Shafei, un veintañero que sueña con ser director de cine y va por el mundo con bombín y aspecto de artista. Joven de la minoría kurda, Shafei sirve como hilo conductor de una película sobre todo musical porque, como dice uno de los músicos participantes, “la pintura no se puede ver en la oscuridad sin embargo el sonido de la música se oye hasta detrás de un muro”. Escuchamos clásicos del acervo iraní como el Vals del mercado del viernes, del maestro Ahmad Ashurpur, ejemplo de la riqueza de la fusión cultural, o una canción tradicional iraní, perteneciente al género dashti, interpretada por Golmer Arahni, quien nos cuenta que “es normal que en el fondo de mi canto haya una enorme tristeza” por la prohibición en el país de que las mujeres canten.

En esta especie de road movie poética, Tolentino nos presenta también otros personajes como un anciano que cuenta su vida, el matrimonio concertado, la muerte de su hijo o el progreso desigual del país, resultando conmovedor y significativo. Del mundo rural a ese Teherán en el que conviven lo moderno y cosmopolita con el terror de la represión de los ayatolás, la película nos transporta a un mundo que va de los cánticos espirituales a los grafitis, vivo testimonio de la cultura de un país que no se rinde a pesar de las enormes dificultades.

@juansarda