Image: Colette, el placer de la escritora

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Cine

Colette, el placer de la escritora

16 noviembre, 2018 01:00

Keira Knightley es Colette

Wash Westmoreland bucea en los años de formación de la escritora francesa con un filme de indudable encanto que, sin embargo, esta lastrado por una excesivamente convencional y algo descafeinada apuesta narrativa.

La escritora francesa Sidonie-Gabrielle Colette (Saint-Sauveur-en-Puisay, 1873-París, 1954) fue testigo y protagonista del París del cambio del siglo XIX al XX, una época marcada por la Exposición Universal que vio brotar de la tierra la Torre Eiffel, por la primera línea de metro, por los cambios estéticos en las artes, por el germen revolucionario... Una época vibrante y vital, la denominada belle époque, que vio como las costumbres y la moral, principalmente en las capas burguesas, se ampliaban y embellecían como los grandes bulevares de la capital francesa (en los que si era necesario aliviarse en alguna esquina tampoco pasaba nada). A este espacio de creciente libertad llegó una jovencísima Colette desde la campiña a finales de siglo tras contraer nupcias con el vividor y mujeriego irredento Willy, un célebre y maduro periodista musical que se valía de varios negros para crear sus artículos y novelas. En Colette, película de Wash Westmoreland que llega este viernes a las salas, somos testigos de la experiencia que compartieron la escritora y su marido durante una convivencia plagada de infidelidades que se prolongaría hasta 1906, cuando se produjo el divorcio. Por ello, queda fuera del filme gran parte de la peripecia vital de Colette, que vivió hasta 1954, fue testigo de dos guerras mundiales y se convirtió en una de las escritoras más reconocidas del siglo XX francés, la primera mujer en entrar en la Academia Goncourt.

Lo que sí aborda la película es el proceso de creación de la serie de novelas de Claudine, célebre personaje que pergeñó Colette inspirándose en su propia vida y que, por no perder la costumbre, firmó Willy -aunque años después le sería restituida la autoría tras innumerables pleitos-. La primera novela de la serie, Claudine en la escuela, fue un éxito de ventas inesperado e inédito que ponía en juego una atmósfera ante todo erótica en la que se desenvolvía una joven provinciana de 16 años que se convirtió en el símbolo de la mujer libre para la burguesía, anunciadora de importantes mutaciones en las costumbres y valores. El éxito fue tal que dio lugar a varias continuaciones que se fueron nutriendo de las experiencias de Colette en Paris, con maridos adúlteros, efebos enamorados, esposas bixesuales y pasiones de todo tipo. Colette no solo predico la libertad sexual a través de su personaje sino que ella misma fue una reconocida bisexual que tuvo sonados romances con mujeres durante y tras el matrimonio.

La película de Westmoreland -la primera que rueda en soledad tras dirigir en compañía de su pareja Richard Glatzer, recientemente fallecido, Quinceañera (2006), La última aventura de Robin Hood (2013) y Siempre Alice (2014)- refleja todo ello con indudable encanto, apoyándose en las buenas actuaciones de Keira Knightley y Dominic West. Y aunque el retrato de la época visualmente es atractivo y el ritmo no decae, el director no consigue trascender los límites del biopic rutinario. De manera que la vida de una de las mujeres más provocadoras de su época llega al espectador con una más que descafeinada y convencional apuesta narrativa. En cualquier caso, la película plantea cuestiones sobre la corrección política y el feminismo que dialogan de manera pertinente con el momento actual.

@JavierYusteTosi