Image: Roman J. Israel, Esq., cuestión de principios

Image: Roman J. Israel, Esq., cuestión de principios

Cine

Roman J. Israel, Esq., cuestión de principios

Dan Gilroy retrata a un abogado criminalista enfrentado a una situación límite en una película que recuerda al glorioso cine político norteamericano de los 70

4 mayo, 2018 02:00

Denzel Washington protagoniza Roman J. Israel, Esq., de Dan Gilroy

Dan Gilroy (Santa Mónica, California, 1959) fue durante muchos años guionista de películas de acción como Freejack (1992) o El legado de Bourne (2012) hasta que debutó como director en 2014 con Nightcrawler, una joya del cine independiente en la que Jake Gyllenhaal daba vida a un periodista que se mueve en los bajos fondos de la ciudad de Los Ángeles. Angelino él mismo, Gilroy regresa a las alcantarillas de la ciudad para mostrarnos a otro personaje, aunque en apariencia muy distinto, que también se ha erigido en un maestro en ese mundo del hampa. Se trata del abogado criminalista Roman J. Israel (el añadido "Esquire", abreviado "Esq.", significa literalmente "escudero" y es un antiguo tratamiento de cortesía británico que hoy usan de manera convencional los abogados y diplomáticos estadounidenses). Un espléndido Denzel Washington interpreta a este penalista con el pelo revuelto, kilos de más, mal gusto para vestirse y una inequívoca pasión por la justicia y por la defensa de los más desfavorecidos. Roman es un hombre feliz hasta que el destino le arrebata a su socio de bufete y sin comerlo ni beberlo se queda sin trabajo.

Roman J. Israel es una película que recuerda al glorioso cine político norteamericano de los años 70; recordemos grandes títulos de cineastas inolvidables como Sydney Pollack (Tal como éramos, 1973), John Huston (Chinatown, 1974) o Alan J. Pakula (Todos los hombres del presidente, 1974), por poner tres ejemplos.



Es esta película de Gilroy cine sobre la dignidad y los principios, sobre la dificultad de mantenerse fiel a uno mismo en un mundo enloquecido en el que la imagen y el éxito se convierten en los únicos jueces mientras la decencia parece anacrónica y desfasada como si ser buena persona fuera incluso una rémora. Gilroy construye con talento y amor por sus personajes esta parábola sobre un hombre íntegro pero humano al fin y al cabo que en un momento de terror traiciona sus principios y se decepciona a sí mismo.

Como las novelas de Jonathan Franzen o las películas de Richard Linklater, Gilroy nos abre una puerta a esa parte progresista y concienciada de Estados Unidos muchas veces silenciada por la imagen de país ostentoso y brutal que predomina en los medios. Sin duda, el personaje más intrigante del filme es el abogado interpretado por Colin Farrell, un hombre exitoso en lo económico que quiere sentir que en sí mismo aun cabe un gramo de decencia.

Es cine de personajes, atento a los gestos y a los dilemas morales, en el que, como en el viejo Hollywood, las buenas intenciones cuentan y los buenos, aunque se equivocan, luchan por las causas que lo merecen. Y al final, Washington construye un Roman J. Israel memorable que nos recuerda algo tan complicado a veces de recordar como que cuando somos atacados es precisamente cuando estamos más obligados a ser fieles a nosotros mismos.

@juansarda