Image: Los del túnel: reírse de la miseria

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Cine

Los del túnel: reírse de la miseria

Pepón Montero dirige Los del túnel, una comedia que huye del trazo grueso para conformar un artefacto subversivo y por momentos desternillante

20 enero, 2017 01:00

Una imagen de Los del túnel, protagonizada por Arturo Valls

Es posible que alguno piense que Los del túnel, dirigida por Pepón Montero y protagonizada por Arturo Valls, es una comedia de gran público de trazo grueso y poca chicha. No lo es. El equipo de la primera temporada de aquella vitriólica Cámera Café, añadan al guionista Juan Maidagán, se reúne para crear un artefacto subversivo y por momentos desternillante que sirve como espejo de los vicios y defectos de España y de la propia alma. Como dice el propio Montero: "La comedia no es un género, es un punto de vista. En el fondo estamos contando un drama, el drama de un idiota que entra en crisis, pero lo que hace que surja la risa es la mirada cabrona. La comedia está en los detalles, en lo miserables que somos".

La película se define como "post-cine de catástrofes" porque nos cuenta lo que sucede después de que un grupo heterogéneo se quede atrapado unos angustiosos días en un túnel madrileño que se ha derrumbado. Hay de todo. El propio Valls interpreta a un cuarentón mediocre con aires de vendedor de crecepelo traumatizado porque el resto del grupo no le acepta. A sumar, una pareja en crisis de burgueses, un policía con delirios de grandeza (Raúl Cimas), un adolescente macarra o una pareja de gays de provecta edad "armarizados". Un retrato coral de una sociedad como la española en el que los autores resucitan el espíritu mordaz de Azcona para sacar a relucir todas nuestras miserias.

Hay algo de American Beauty (Sam Mendes, 1999) en ese retrato de un hombre de media edad cómodo en lo económico pero angustiado por llevaR una vida sin brillo. "Hablamos de esa gente que quiere ser como los otros, que no se conforma consigo mismo porque una vez comienzas a mirar a los demás, el reflejo que te devuelven no te gusta nada. Es lo que le pasa al protagonista. Es el típico tío gracioso de toda la vida, pero al dejar de hacer gracia se mira en el espejo y se da asco. Hay gente no que se siente identificada con la película, sino aludida. Mucha gente sale medio tocada. Y luego surge esa mezcla de envidia y mezquindad que pertenece al alma humana pero quizá es también muy española. Es lo que decía Fernán Gómez, no hay envidia. Envidia es decir: "qué bonito es El Quijote", aquí es desprecio: "eso lo escribo yo".



Conocemos esa angustia de extrarradio y clase media por la película de Mendes o las de Todd Solonz, referentes que Montero dice que no han sido conscientes, porque se han inspirado en esa mítica comedia italiana que retrató con enorme agudeza las tribulaciones del hombre de media edad: "Siempre nos gustaron las comedias italianas de Monicelli y Dino Risi. La manera de actuar de Arturo lleva la comedia al patetismo, a la miseria, es un poco lo que hacían Gassman y Tognazzi". Porque Montero no oculta sus cartas, esta no es una película "entrañable" sobre ese buen carácter y campechanía que se nos supone a los españoles: "Hay una visión totalmente negativa del ser humano, pero de mirar lo peor del ser humano sale la risa, porque de pronto te reconoces. En los pases veo que la gente se ríe pero a la vez se descoloca. Tratamos lo peor del ser humano".

En la película, los supervivientes del túnel forman al principio un "entrañable" grupo, movidos por ese buen espíritu que se nos aparece cuando pasamos experiencias traumáticas. En palabras de Montero: "Para ellos la experiencia del túnel es como un fin de año a lo bestia. Es una experiencia que provoca todo ese espíritu de enmienda: voy a ser mejor persona, voy a dejar de beber... Esa sensación de mirar tu vida, tener ganas de borrarlo todo y volver a empezar. ¿Pero eso cuánto te dura? Es el subidón, porque en seguida bajas". Y cuando bajas, aparece la depresión porque la comparación con ese ser ideal que nos propusimos y la cruda realidad sigue siendo abismal: "A todos les gustaría ser otra persona. El problema de Arturo es que no sabe cómo hacerlo porque todo lo que quiere es que le acepten. Cuando eres rechazado es cuando te enfrentas al silencio y es una sensación durísima".

Al silencio, y a la falta de referentes culturales y morales de una sociedad medianamente acomodada en la que el ruido actúa como analgésico: "Hay una moda que dicta que estamos obligados a ser felices. Antes se vivía más tranquilo y podías tener tus altibajos pero ahora tienes que estar a tope todo el rato. Mantener ese nivel de felicidad diseñada por los libros de autoayuda es muy difícil. Y si no tienes cultura, cuando estás solo, es el silencio absoluto. El reto del pobre hombre es un poco ese, aceptar sus limitaciones. Lo que aprende al final es a aceptarse, que es una redención muy triste. Se reconoce en la miseria de los demás".

@juansarda