Image: Manuel Gutiérrez Aragón y las maravillas del cine español

Image: Manuel Gutiérrez Aragón y las maravillas del cine español

Cine

Manuel Gutiérrez Aragón y las maravillas del cine español

27 junio, 2016 02:00

Manuel Gutiérrez Aragón

Este lunes arranca en San Lorenzo del Escorial el Curso de Verano Manuel Gutiérrez Aragón, entre el cine y la literatura de la Universidad Complutense, dirigido por el escritor y crítico de cine Manuel Hidalgo. Cinco de los ponentes del programa eligen lo mejor del cineasta para El Cultural: José María Merino, Román Gubern, Carlos Reviriego, Nuria Vidal y Fernando Méndez-Leite.

La prolífica carrera del director y guionista de cine Manuel Gutiérrez Aragón, cuya producción artística se extiende a la novela, el ensayo y el teatro, va a ser analizada a partir del próximo lunes en el Curso de Verano de la Universidad Complutense Manuel Gutiérrez Aragón, entre el cine y la literatura, que dirige Manuel Hidalgo en San Lorenzo del Escorial. "Es la suya una compleja y dilatada carrera que tanto por el contenido de sus obras (a través de las cuáles se puede reconstruir gran parte de la historia reciente de España y trazar un retrato sociológico del país) y la variada y original forma de sus planteamientos artísticos (literarios, dramáticos y cinematográficos) merece un abordaje académico que sirva, además, para reivindicar su carrera, otorgándole la debida proyección", escribe Hidalgo en el programa del curso sobre el recién nombrado académico de la RAE.

Cinco de los ponentes eligen para El Cultural sus películas o momentos más destacados de la obra de Manuel Gutiérrez Aragón.

Cosas que dejé en La Habana

Por José María Merino, miembro de la Real Academia Española

Una imagen de Cosas que dejé en La Habana

Como ejemplo del cine de Manuel Gutiérrez Aragón quiero recordar brevemente Cosas que dejé en La Habana, donde, a mi juicio, en una historia cargada firmemente de referentes reconocibles, se compaginan de modo magistral el espíritu del cuento maravilloso, un homenaje a la comedia de enredo del Siglo de Oro y la novela amorosa. En la película todos los detalles de la trama tienen singular resonancia arquetípica: las tres hermanas huérfanas que deben trasladarse a lejanas tierras; la tía, con aire de madrastra, que las recoge; el pícaro simpático que rinde culto a la amistad; el enamoramiento fulminante entre una de las hermanas y un curioso personaje; la hermana menor que se escapa por las noches para hacer teatro, como ciertas princesas de los cuentos se escapaban para bailar; el joven encantado -hijo de la "reina de las pieles"-, que la tía quiere casar con la mayor, y que empieza a ser desencantado por un conjuro de palabras y caricias…; el mago ogresco falsificador en su cueva, y el talismán: los pasaportes falsificados. Cosas que dejé en La Habana es una historia verosímil, trágica, sobre personas desamparadas y hechos de la realidad palpitante. Lo admirable es que narre esa historia trágica en clave de comedia, con humor y hasta con sarcasmo y una vivacidad que no da descanso a la atención del espectador, organizando numerosos niveles de relación dramática, hasta formar un tejido verdaderamente rico en historias principales y secundarias.


La presencia de una ausencia

Por Román Gubern, escritor; guionista e historiador. Miembro de la Real Academia de Bellas Artes y de la Academia de Cine

Una imagen de Demonios en el jardín

El tema del padre ausente o del padre abdicante es un mitema clásico en la narrativa popular, que acabó por heredar la narrativa culta. Huérfanos y huérfanas pueblan los cuentos infantiles, pero también las novelas de Dickens. Manuel Gutiérrez Aragón reelabora singularmente esta figura en Demonios en el jardín (1983), un retablo familiar en la posguerra rural en la que uno de los personajes cruciales, inserto en el mosaico matriarcal, Juanito, ve como su padre abandona el pueblo para integrarse en la corte franquista de la capital. Del establo al palacio, casi nada. Pero el padre ausente lo sigue siendo en las imágenes de un noticiario proyectado en el cine del pueblo, aunque una voz en off familiar le asegure que se le atisba durante un segundo en la abigarrada y confusa corte del general Franco. El cine, fábrica de fantasmas, es también un ojo de cerradura para iniciaciones eróticas fantasmáticas. Gutiérrez Aragón quería exhibir ante Juanito un fragmento de la mítica Gilda (1946), pero la Columbia pedía mucho dinero por sus derechos y tuvo que sustituir la escena por otra de Silvana Mangano bailando el bayón en Ana (1951), de Alberto Lattuada, otro mito cinéfilo de la época. En la pantalla de cine todas las sustituciones son posibles, la de la padre al servicio del Patriarca Nacional y la de un fantasma erótico de Hollywood por otro de Cinecittà. Finalmente, Franco, el padre castrador, va a inaugurar un pantano con todo el boato de su cohorte de lacayos uniformados. Y, gracias a los oropeles de su liturgia, Juanito podrá descubrir, entre confuso y frustrado, que su encumbrado padre es un último lacayo que oficia de criado del dictador, el comparsa de una escenografía de cartón-piedra. De modo que su presencia servil hace que su rol de padre ausente y abdicante quede aún más subrayado y grotesco. Porque hay presencias que sólo sirven para subrayar el fracaso de una ausencia.


El corazón del bosque

Por Carlos Reviriego, periodista. Coordinador de la sección de cine de El Cultural

Una imagen de El corazón del bosque

Nací en los años setenta, así que no descubrí algunas de las mejores películas de Manuel Gutiérrez Aragón -y del cine español- hasta al menos quince años después de realizadas. En parte, la lectura histórica de obras como Camada negra (1977) o Sonámbulos (1978) o Demonios en el jardín (1982) no es posible experimentarla por alguien de mi generación como la experimentaron sus coetáneos, ni por tanto alcanzar a comprender en su totalidad los pliegues políticos que las vinculan con las circunstancias de su tiempo, con las herencias, los miedos y las incertidumbres de una democracia recién estrenada tras la larga noche de la dictadura.

Qué duda cabe que las fábulas de Manuel Gutiérrez Aragón -pues fábulas son todas sus películas- se adentran en las raíces profundas de la cultura ibérica, en aquellas pulsiones ancestrales de nuestra identidad popular y nuestra genética cervantina. Pero aun así, determinadas escenas, determinados momentos, determinados personajes, me sorprendieron como si llegaran de otra galaxia, de un tiempo arcano y mitológico, que poco tenía que ver con aquella España en la que me dijeron que yo había llegado al mundo. Había algo en esas primeras películas de Manuel Gutiérrez Aragón -y que más adelante, aunque de forma menos manifiesta, seguiría detectando en su cine-que solo parecía pertenecerle a su universo y su mirada.

Esa suerte de mirada virginal hacia una obra de la magnitud epifánica de El corazón del bosque, catalogada como una película sobre el maquis, me permite entendarla no tanto como un viaje a la posguerra para radiografiar los fantasmas de su presente (el año 1979), ni siquiera como una aventura conradiana al corazón de las tinieblas, sino como una conquista cinematográfica de proporciones míticas. Su naturaleza radical, inconcebible hoy en día en el contexto de un cine de industria como del que surgió, nos propone habitar un filme donde la niebla y la noche son los protagonistas, donde el cineasta se ha propuesta filmar espectros.

Para mí, la película no tiene edad y su único lugar posible es el espacio fantasmagórico del cine. Es la película que a mi juicio impugna y destruye la creencia generalizada (y puede que hasta estimulada por él) de que Manuel Gutiérrez Aragón es un escritor que hace películas, o un director de cine "contagiado" por los códigos literarios. El corazón del bosque es puro lenguaje cinematográfico, de principio a fin, una lección magistral de cómo domeñar las sombras, de abrirse paso en la bruma con un ritmo preciso y extraño, y convertir el espacio boscoso y montaraz en una metáfora tan resonante que no necesita contexto histórico para cautivarnos. Manuel Gutiérrez Aragón se adentra en el bosque para llegar al corazón del cine y entregarnos una irrefutable obra maestra.


El huevo frito de Maravillas

Por Nuria Vidal, escritora y crítica de cine en Fotogramas

Una imagen de Maravillas

De todas las secuencias de gente comiendo que se pueden encontrar en el cine de Gutiérrez Aragón: sopas esmirriadas, callos, lentejas, pescadillas enroscadas, tortilla de patatas, nata en pan, arroz con leche, ajiaco, cocochas… la que más me gusta es una que hay en Maravillas.

Fernando, el padre de Maravillas, ha estado explicándole a Miqui, el adolescente callado que en cierto modo anuncia al Manuel de Malaventura, el esplendor pasado de su estudio de fotografía. Al acabar, Fernando le ofrece algo de comer. En la nevera solo hay un yogur y un huevo. Fernando esconde el yogur y le dice a Miqui: "Vaya, solo queda un huevo". A continuación vemos como lo fríe en la pequeña cocina donde Maravillas le hace las pescadillas enroscadas, mientras canta aiguanagotoafrica (I want a go to Africa). Luego lo lleva a la mesa y los dos lo comparten vorazmente, sin hablar y sonriendo. Es un momento de una enorme complicidad entre los dos solitarios más solitarios de toda la película. Cuando suena el timbre y Miqui va a abrir, Fernando abre la nevera y se come rápidamente y a escondidas el único yogur. Se ha terminado el compartir.

No sé porque me gusta tanto esa secuencia tan corta y en apariencia tan irrelevante. Pero no he tenido ninguna duda en escogerla cuando me he puesto a escribir este texto.


Érase una vez la postguerra

Por Fernando Méndez-Leite, crítico, director de cine y realizador de televisión

Una imagen de Sonámbulos

Hay un niño sin padre pero al que se le rifan dos madres y una abuela de armas tomar y cuya cama de enfermo tan real como imaginario rodean varios tíos calvos y hambrientos -"ese ejercito de depredadores y sopistas", en genial descripción de Molina Foix-. Hay un toro desmandado que irrumpe en las bodas y turba sus noches de fantasías imaginarias. Hay un médico que receta mimos y caprichos y un proyeccionista que le regala un padre aprisionado en fotogramas en blanco y negro. Porque las películas buenas son en blanco y negro. Hay una tía de cine que le cuenta películas de Errol Flynn y le seduce con los modos de Hollywood en la tierra de las lentejas francesillas y las galletas de Aguilar de Campoo. Y una noche de fuga imposible se le aparece Silvana Mangano que le obliga a cerrar los ojos porque baila el bayón en una película excomulgada por el Papa. Todo eso pasa en la España de las truchas gigantes que salen en el Nodo.

Demonios en el jardín es probablemente la mejor película de Gutiérrez Aragón. Mi preferencia por Sonámbulos es pura impostura y la impostura es uno de los temas de que trata esta película que describe con extraordinaria finura y un aliento muy personal los años de postguerra combinando ingredientes de difícil mezcla que proceden del conocimiento de la historia, de la tradición literaria del costumbrismo, del recuerdo autobiográfico siempre voluntariamente adulterado y del gusto del autor por la mitología de los cuentos infantiles. Demonios en el jardín cuenta una historia familiar con elementos de realismo y en clave de desvergonzado melodrama, con tanta verdad histórica como veleidades de la fantasía, con una distribución muy caprichosa del tiempo fílmico - y también del espacio: ¡esa cama en mitad de la tienda en que sisa la viuda roja y luego, en la mejoría, en la plaza del pueblo! - y una precisión neurótica por los detalles más rigurosos de verosimilitud cuando ésta se desprecia siempre que apetece. Y eso es natural porque Demonios en el jardín, una de las mejores películas españolas de todos los tiempos, habla de la impostura de la España de Franco, de la familia tradicional y de paso de todos y cada uno de los personajes que al son de un pasodoble bailan aprisionados en sus fotogramas y quién sabe cuántos de ellos no se llevaría a su casa el fantasioso proyeccionista.