Image: Shyamalan, la vocación por el vacío

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Cine

Shyamalan, la vocación por el vacío

28 junio, 2013 02:00

Padre e hijo, Will y Jaden Smith, en After Earth

El estadounidense M. Night Shyamalan completa en 'After Earth' un calculado plan hacia el suicidio artístico. Creador del 'El sexto sentido' y de 'El bosque' se entrega aquí al ritual del ‘blockbuster' con la intención de desnudarlo.

Si no puedes (o quieres) hacer una buena película, asegúrate de que vas a hacer la peor. No está claro a qué religión exactamente pertenece este último aserto, pero sí quién es su más preclaro profeta de los tiempos recientes: M. Night Shyamalan. En el estrecho margen de los últimos tres años, el director de Philadelphia puede presumir de haber completado dos de los más tristes ejemplos de incompetencia que ha visto una pantalla. Y no se trata tanto de un error, un despiste,un riesgo mal asumido o una consecuencia derivada de la falta de motivación.

No, lo que llamaba la atención en Airbender, el último guerrero y lo hace ahora en After Earth es la consciente vocación por el vacío, la fría sensación de vértigo, el suicidio.Todo en esta fantasía distópica de tintes espirituales rechina. Duelen los dientes. Nada encaja. Y eso antes que un descuido o una equivocación en los cálculos tiene por necesidad que formar parte de un plan preestablecido. Aunque sólo sea por coherencia (quizá respeto) con la filmografía de un hombre en la que lucen títulos como La joven del agua, por citar uno de los más controvertidos, no queda otra que leer una estudiada ruta de viaje hacia el desastre.

En la película citada, Shyamalan se arriesgaba a desmontar las claves propias de la narración, cualquiera de ellas, en un cuento de hadas disfuncional, extraño, sencillamente memorable. De alguna manera, esta cinta constituye el secreto mejor guardado de una carrera dedicada toda ella a desmontar los resortes más elementales de la propia posibilidad del relato.

Desde la sorpresa de El sexto sentido a la extrañeza calculada de El protegido, Señales, El bosque o El incidente, todo el trabajo del cineasta consiste en acotar las tensiones y localizar los puntos de fuerza en los que el cuento se constituye en materia común, compartida, casi mítica. Como si formara parte del mismo trabajo de análisis y desmontaje, ahora se trata de dibujar exactamente la imagen contraria de todo lo anterior; de recorrer el camino inverso. Como si de repente sintiera la necesidad de pasar a limpio todos los errores previamente descartados para la obra original y previa, Shyamalan compone ahora un majestuoso error. El horror. Lo que los artistas cultivados llaman adefesio. Pues eso es After Earth, un deplorable y brillante, todo a la vez, adefesio.

Un planeta tóxico

Sobre el papel se trata de la última fantasía futurista y carente del más mínimo amago de imaginación a la que recientemente nos tiene acostumbrada la pantalla. Pongamos por caso, Oblivion. En un futuro consumido por el ansia devoradora del hombre, la Tierra acaba reaccionando y se convierte en un planeta tóxico para la humanidad. Admitamos que, aunque ya vista, la idea es seductora. Pues bien, completado el preámbulo se apagan las luces. Lo que sigue es el extraño, bobo y manido relato de un hijo empeñado en crecer a la sombra del padre. No hay más. Will Smith, en el papel de héroe, y su hijo Jaden, como hijo, se ofrecen los dos como la más fúnebre pareja cómica (a su pesar) que se ha visto en años. Uno está despistado en la sala de cine y escucha: "Tu hijo no necesita un comandante sino un padre". O: "Todos nos contamos una historia y ese día la mía cambió". O: "El peligro es real; el miedo, una elección". Y así. ¿Por qué en una producción tan cara y tan llena de naves, criaturas extrañas y efectos tridimensionales, se olvidó de algo tan básico como pagar a un guionista? Obviamente, no puede ser casualidad. Es algo más. Shyamalan se entrega al ritual del ‘blockbuster' con la intención expresa de desnudarlo, de enseñarlo en toda su ponzoñosa actitud mercenaria. No falta de nada: ni el espiritualismo ‘coelhiano', ni el heroísmo de garrafa, ni las explosiones en dolby digital. Todo es lo mismo. El suicidio como actitud; el adefesio como religión. Amén.