Image: Rodar sin subvenciones

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Cine

Rodar sin subvenciones

Numerosos cineastas emprenden caminos alternativos de financiación para sus películas

Juan Sardá
Publicada
Actualizada

La sombra prohibida, de José Luis Alemán.

El debate está instalado desde hace mucho tiempo, pero con la crisis económica se ha calentado. ¿Tiene sentido subvencionar un cine que no es rentable? ¿No hay otros métodos de financiación privada para el cine español? Cineastas como Andrés Duque o José Luis Alemán, y proyectos de financiación colectiva como El cosmonauta, muestran cómo, tanto por la vía de la austeridad como de la superproducción, se puede intentar.

La guerra por las descargas gratuitas en Internet y la crisis económica han exacerbado una corriente de la opinión pública que siente un profundo malestar ante la existencia de subvenciones al cine. Esos 85 millones de euros del Fondo Nacional de Cinematografía que el Estado destina anualmente al sector del cine español son al mismo tiempo fundamentales para su existencia pero también redundan en la tradicional imagen que se tiene en nuestro país de los artistas como profesionales dependientes de la caridad pública y alejados de los gustos (o la curiosidad) de una audiencia que se sigue decantando por el cine estadounidense. Los porcentajes de taquilla del año pasado son abrumadores: mientras sólo un 12,7% de los españoles compraron entradas para ver películas nacionales, un 69,18% lo hicieron para las producidas en Hollywood. La ecuación para muchos es clara: el cine americano no le cuesta un duro al contribuyente (algo que no es estrictamente cierto porque el doblaje también se financia con dinero público) y, además, es mucho más efectivo a la hora de entretenerlo.

Más datos que parecen inquietar a la sociedad española: en 2009, año bueno con 104 millones de recaudación, las 25 mejores películas hicieron el 85% de la taquilla; el 15% restante lo recaudaron 112 películas. Siendo el coste medio de una película de tres millones de euros (de los cuales el Estado sólo puede sufragar un máximo de dos tercios, el resto corre por cuenta del productor), se puede interpretar que cada título pierde más de 2,24 millones de euros, pero la vida de una película no termina en salas, también hay que computar ganancias en festivales (premios en metálico), en DVD, en derechos de emisión televisiva, en descargas legales, etc. Aún así, el cine español está muy lejos de ser rentable.

En todo caso, entre la profesión de fe y el radicalismo aficionado a manipular cifras, el debate se ha viciado y ha convertido en tabú preguntas esenciales: ¿Es posible hacer un cine sin subvenciones? ¿Es bueno que los productores partan de la base de la subvención sin explorar antes otras vías? Hay que decir que sí se hace un cine sin subvenciones, y también que está generalmente ligado a la creación vanguardista, a los empeños lunáticos o a la invisibilidad comercial, pero que formas alternativas de financiación cinematográfica emergen con fuerza en estos tiempos.

Las nuevas tecnologías cambian esquemas: El cosmonauta se produce gracias a la aportación de 2.823 pequeños productores que, con sólo 1,40 euros pueden entrar en el negocio del cine. Es el fenómeno "crowdfunding". Los hay quienes se juegan sus ahorros y hasta su casa para cumplir el sueño de producir y dirigir. Es el caso de Tina Olivares, quien pidió un préstamo para poder realizar el largometraje Esperando septiembre (2010) sin presiones externas. Y hay un pequeño pero emergente sector de cineastas, como Andrés Duque (Color perro que huye), Ion de Sosa (True Love), Velasco Broca (Val del Omar fuera de sus casillas) o el colectivo Los Hijos (Los materiales), que se mueven en los márgenes del sistema, aupados por festivales afines y la cinefilia pero ajenos a las ayudas estatales y los circuitos comerciales.

Como casos excepcionales, también ha habido intrépidos directores como José Luis Alemán y Antonio del Real, que han logrado levantar grandes producciones como La herencia Valdemar (con un coste de 13 millones de euros recaudó apenas un millón en salas) y La conjura de El Escorial, que vieron en salas españolas 325.000 espectadores.

Otras vías, otro cine.
En realidad, dentro de la industria nadie discute que deba haber ayudas estatales. Los propios cineastas, pocos, que se mueven al margen de los canales oficiales como Andrés Duque, el colectivo Los Hijos o José Luis Alemán defienden su existencia: "Creemos que el apoyo público a la industria, sea cultural o no, es necesario sin que eso tenga que convertirse en una relación exclusiva de dependencia", dicen Los Hijos.

Andrés Duque ha realizado su primer largometraje, Color perro que huye, con "un presupuesto no cuantificable, pues es el trabajo de varios años grabando y recopilando imágenes y dos meses de edición", que contó con el aporte filantrópico de Luis Miñarro (Eddie Saeta), Gabriel Jorges (Infinia) y Antoine Segovia (A Topic). "No tengo nada en contra de las subvenciones -sostiene Duque-, pero es un sistema que no entiendo. Los formularios y requerimientos son absurdos, las formas de pago y de justificación del dinero son inconcebibles para hacer cine en cualquier nivel. Es una maquinaria pensada para un cine de industria y allí, definitivamente, no entro". Otro cineasta como Javier Rebollo, que sí ha recibido subvenciones por sus dos primeras películas, las celebradas Lo que sé de Lola y La mujer sin piano, también es tajante: "Hablando con Jonás Trueba, se nos ocurrió crear una sociedad en la que por un lado abordemos nuestros proyectos medios, los que deben pasar a través de televisión y ministerios, y luego los que deben hacerse con equipos mínimos, sólo por el placer de hacer ciertas películas para las que no vamos a perder tiempo pidiendo subvenciones. Otro tipo de cine, fuera del marco institucional, es posible".

La falta de apoyo a películas no convencionales no sólo es consecuencia de cierta desidia institucional, que tiene como misión defender el cine como cultura pero que también estimula la visión comercial (expresado en la fórmula de las subvenciones automáticas: cuanto más recauda un filme en taquilla, más dinero recibe en ayudas oficiales), también de la falta de productores de raza. Como explica el colectivo Los Hijos, que ganó el Premio a la Mejor Dirección en el Festival Punto de Vista con su documental Los materiales, "es evidente que falta algo más de riesgo en la producción española. Ahora mismo se están produciendo muchas películas en nuestro país que están teniendo más visibilidad y acogida en público y prensa especializada que si se hubiera dado por la vía de un estreno comercial. Eso quiere decir algo".

Riesgo y distribución.
Pero no todos los trabajos que escapan a la vía oficial están relacionados con la vanguardia. La guionista Tina Olivares ha puesto en pie Esperando septiembre con sus ahorros y pidiendo un crédito. No ha tenido paciencia para pasar por el filtro habitual de productores, televisiones y ayudas estatales que convierten la producción en un proceso eterno. Pone el acento en las miserias de la distribución: "Hay muchos productores afrontando nuevos proyectos. Diría que actualmente son unos campeones si lo consiguen. Son las distribuidoras las que no están arriesgando. No pagan copias ni publicidad. Todo el sistema de producción y distribución tradicional se ha convertido en un negocio durísimo". De momento, ha conseguido exhibir su filme -una fábula sobre la crisis con Fele Martínez que tiene una clara aspiración comercial-, en la sala Berlanga de Madrid y en algunos festivales. Porque son muchas veces los festivales, de Gijón a Pamplona pasando por Las Palmas, quienes actúan de portavoces de estos trabajos. De esta manera, Andrés Duque habla de los certámenes como "espacios que serán la salvación del cine como acto público".

Una última categoría de filmes sin subvenciones es aún más atípica: la de las superproducciones que aspiran a arrasar en taquilla utilizando las mismas armas de Hollywood. Es el caso de Antonio del Real, que hipotecó sus dos casas para realizar La conjura de El Escorial, una producción histórica de 14 millones de euros con un reparto internacional que ponía en escena el reinado de Felipe II. Otro que ha apostado fuerte ha sido José Luis Alemán con la saga fantástica La herencia de Valdemar y La sombra prohibida. Alemán denuncia cierta persecución y maltrato por parte de la industria por no haber realizado su película mediante los conductos oficiales: "He recibido amenazas y he sido víctima de ataques brutales en internet. No se ha interpretado como queríamos. Le rogamos a Álex de la Iglesia que nos recibiera y tampoco lo hizo. No estoy en contra de las subvenciones, pero sí estoy en contra de que no haya otras alternativas".

El deseo de independencia late en todas estas producciones. Uno de los aspectos menos edificantes de las subvenciones es la eterna sombra de duda sobre una verdadera autonomía respecto al poder, especialmente el de las televisiones. El problema no surge tanto de imposiciones ideológicas como de la eternización del proceso burocrático. Como explica Tina Olivares: "Aun en el mejor de los casos, lo más posible es que un guionista que quiere dirigir tarde hasta tres años en que suene la claqueta. Los plazos de ayudas son larguísimos". Desde Los Hijos la secundan: "La restricción la impone exclusivamente el dinero propio disponible. Las subvenciones no es que coarten la creatividad pero sí imponen restricciones relacionadas con el timming y las tareas administrativas que implica solicitarlas y cumplir con sus condiciones".

Una productora llamada Internet

Pocos proyectos tan atípicos como El cosmonauta. Empezando por su argumento con resonancias de Tarkovsky, interpretado por astronautas rusos de la era comunista perdidos en un agujero de tiempo en el espacio. Un proyecto que es un hijo puro de la revolución del cine mediante internet. A partir de una página web y "participando en blogs de gran repercusión", explica la productora Carola Rodríguez, dieron a conocer su película hasta llegar a esos 2.283 productores que la están financiando, con un presupuesto de 792.000 euros y un plan de negocio (que se puede descargar en www.elcosmonauta.com) que prevé ingresar no menos de 1.800.000 euros. El sistema, surgido en Estados Unidos, se llama crowdfunding: "Es un arma muy poderosa a la hora de crear cualquier tipo de proyecto artístico o creativo, tanto por su papel financiero como por su papel de comunicación y de contacto con el público". Sin duda, la democratización que proporciona internet gracias a su amplia difusión potencial lo convierten en una herramienta esencial para estos francotiradores. Pero el cine sin subvenciones, todavía menos que el otro, puede permitirse la gratuidad. De esta manera, el colectivo Los Hijos cuelga en internet sus cortos de un minuto, pero reserva los largometrajes para los festivales y una posible distribución cinematográfica como forma de no agotar el producto. Andrés Duque, sin embargo, difiere: "Desde que tengo una página web donde se puede visionar gratis todos mis trabajos, he tenido más ofertas para mostrarlas en otros sitios".