Cine

Vacaciones en Roma

por Jorge Berlanga

22 mayo, 2003 02:00

Audrey Hepburn y Gregory Peck en Vacaciones en Roma

Lo mejor de una comedia ligera y romántica como Vacaciones en Roma es que podemos considerarla un clásico del cine de amor y lujo cuando su argumento trata precisamente de la huida de la fastuosidad para encontrar la diversión de las pasiones sencillas. La princesa Ana (Audrey Hepburn), heredera al trono de un imaginario país de ringorrango europeo, con una soberanía política de las que siempre han dado más juego en la ficción que en la realidad, aunque a veces nos sigamos encontrando en las revistas del corazón con personajes que nos devuelven a este tipo de monarquías con licencia poética, decide saltarse todos los protocolos para lanzarse a vivir de incógnito las delicias de Roma. No acostumbrada a la caótica vida cotidiana de la calle, tiene la fortuna de encontrarse con un complaciente y encantador cicerone americano (Gregory Peck). En realidad un periodista que al reconocerla ve la oportunidad para escribir una exclusiva que le permita salir del exilio de las crónicas baratas y regresar a casa convertido en un reportero estrella. Como es de esperar, su inicial interés acaba transformándose en devoción enamorada, solventando un enredo de riesgos diplomáticos para acabar todos siendo felices y, si no comiendo perdices, comiendo espaguetti, que para el caso es lo mismo.

El cine de Hollywood siempre se supo nutrir de las fábulas clásicas, modernizando los cuentos de hadas. En este caso, tras haber convertido en género la historia de Cenicienta, nos encontramos con la trama vuelta del revés. La protagonista cambia las sedas por la vestimenta casual, la cuchara de plata por la de palo, y la carroza por una calabaza con aspecto de vespa, una moto que desde entonces alcanzó una popularidad universal. La paradoja de este cuento vuelto del revés ya la habíamos visto en Sucedió una noche, con Claudette Colbert y Clark Gable, aunque en aquel caso la heredera era de millones de dólares más que de sangre azul, logrando tanto el éxito del público como de galardones de la Academia de Hollywood. En Vacaciones en Roma, William Wyler, en pleno apogeo de su talento, conociendo los suficientes trucos de magia para hacer de una película un fenómeno inolvidable, con magisterio para mover los resortes de la sensibilidad del espectador, sabía en qué territorio moverse, después de conseguir sendos Oscar por La señora Miniver y Los mejores años de nuestra vida. El sentimentalismo oscuro de la posguerra había cambiado para encontrarse con el resplandeciente optimismo de una década llena de próspera frivolidad, en la que se respiraba diversión, belleza y romance. Era el momento para producir espléndidas ensoñaciones. Contrató a Dalton Trumbo, un escritor capaz de darle a la ligereza de la historia un brillante toque de distinción personal capaz de trascender más allá de la pantalla. Trumbo ganó el Oscar al mejor guión original, antes de que el amor y lujo se transformase en ira y miseria al ser perseguido por la cruzada del McCarthysmo en pro de los valores de un americanismo cerril y punitivo. Todavía no había llegado la torpe amenaza sombría que sacudió con represalias el espíritu libre de Hollywood, y el cine podía desarrollar en plenitud su carácter más gozoso.

Audrey Hepburn se reveló en ese momento como un ser ligero y excepcional, una flaca belleza europea de sangre aristocrática con una simpatía perfectamente accesible. Su figura se convirtió en un símbolo de los años cincuenta, marcados por el esplendor de los grandes modistos, por un sentido liviano y gozoso de la sofisticación, que encontraba en la Roma de la Dolce vita su espacio natural para encender todo tipo de corazones. Encontró en Gregory Peck su pareja ideal, con porte y percha inigualable hasta para hacer de pobre con las estupendas americanas que tejían los sastres de la época. Los vemos ahora como envidiables representantes de un tiempo de ensueño, donde todo era hermoso y todo era posible. Hepburn ganó el Oscar a la mejor actriz para seguir una carrera de ejemplar elegancia. Peck interpretó todo de historias sin perder su apostura. Wyler siguió engrandeciendo su leyenda, hasta el triunfo monumental con Ben-Hur, pero dentro de nuestra memoria, cuando el tiempo es lluvioso y nos amenaza la melancolía, cuando el presente se nos aparece tedioso y falto de estilo, nada como volver a ver Vacaciones en Roma, tal vez pensando en echar una monedita a la Fontana de Trevi, con la esperanza de que otra vez se lleguen a hacer películas como esta.

Edición coleccionista
PARAMOUNT
Vacaciones en Roma (Roman Holiday 1950), de William Wyler. B/N
Formato 3:4
Idiomas en mono: Español, inglés, francés, alemán e italiano.
Subtítulos: castellano y otros 23 idiomas.
Precio: 24 euros
Extras: Corto sobre Vacaciones en Roma, "La Era Paramount", Recordando Vacaciones en Roma, Trailer, Galería de fotos