Entre el 70 y el 85 % de viajeros del metro van mirando el móvil.

Entre el 70 y el 85 % de viajeros del metro van mirando el móvil. Carlos Coronado /Unsplash

Entre dos aguas

La baja exigencia académica, la poca influencia social de los científicos y otras motivos del desastre de PISA

El nuevo informe sobre la situación educativa en España ha sido muy poco halagüeño... y el desarrollo tecnológico puede tener algo que ver.

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La reciente publicación del informe PISA (Programme for International Student Assessment; Programa para la Evaluación Internacional de Estudiantes), con un resultado para España no malo sino, en mi opinión, catastrófico, si se tiene en cuenta la situación de nuestro país (economía, desarrollo...) en el plano europeo, ha dado lugar a numerosos comentarios, a los que ahora me sumo, lo me conduce a referirme en primer lugar a la tecnología.

La historia de la humanidad ha estado, si no dominada, sí influida muy poderosamente por el desarrollo técnico-tecnológico. Los ejemplos son numerosos. Uno de ellos, por ejemplo, data de cuando los humanos comenzaron —hace alrededor de 10.000 años— a abandonar la condición de cazadores-recolectores transformándose en agricultores y ganaderos, al igual que cuando se establecieron asentamientos como las ciudades, que obligaron a crear todo tipo de servicios.

Cuando se habla de tecnología es frecuente insistir en que esta depende de los conocimientos que aporta la ciencia. Como físico teórico que durante algún tiempo fui, antes de convertirme en historiador de la ciencia, conozco bien semejante idea, la de que el poder de nuestra inteligencia —ayudada, por supuesto, de la observación y la experimentación— es capaz de descubrir las leyes que rigen el comportamiento de los objetos y fenómenos que existen en la naturaleza-universo y aplicar ese conocimiento para producir tecnologías.

Aunque no pretendo detenerme en este punto, en realidad la relación ciencia-tecnología es más compleja y, especialmente desde hace algún tiempo, más compleja y en ambos sentidos. Un ejemplo canónico lo proporciona la termodinámica, la rama de la física que estudia los intercambios de energía y calor, intercambios de los que se aprovechó la llamada Revolución Industrial, la de las máquinas de vapor.

Fue la aparición de esas máquinas, desarrolladas por mecánicos emprendedores cuyos conocimientos científicos eran muy limitados, lo que impulsó a otras personas —a la cabeza un graduado de la École Polytechnique de Paris, Sadi Carnot (1796-1832)— a estudiar la base científica del funcionamiento de esas máquinas, con el fin de mejorar su eficiencia. Así es cómo nació la termodinámica.

Y, como ya apunté antes, durante el último siglo la tecnología ha ido ganando importancia no solo en nuestras vidas, sino también en el propio avance del conocimiento. La Inteligencia Artificial (IA) muestra esto con especial relevancia.

Se acaba de saber que la IA ha sido capaz de solucionar uno de los grandes problemas de la matemática, relacionado con las ecuaciones de Navier-Stokes, que describen el movimiento de los fluidos. Y, aunque la IA haya necesitado la ayuda de resultados obtenidos previamente por matemáticos de carne y hueso, existe el temor fundado de que la matemática como "disciplina humana" se vea seriamente debilitada.

Los columnistas, políticos, tertulianos, no digamos los 'influencers', proceden de un mundo ajeno a la tecnología, aunque no dejen de hablar de ella

Los desarrollos tecnológicos que surgieron con la Revolución Industrial alteraron en numerosos aspectos la historia de la humanidad, además de albergar en su seno peligros futuros no previstos: el abundante uso del carbón, uno de los factores del actual cambio climático. De consecuencias sociales importantísimas fueron los avances en la telegrafía, con y sin hilos a lo largo del siglo XIX.

Piénsese en lo que significó el establecimiento en 1866 del primer cable telegráfico que unió con Norteamérica. O lo que supuso la introducción del motor de explosión, con el uso de la gasolina, un hidrocarburo derivado del petróleo (otro factor del cambio climático). O el invento del transistor.

Habida cuenta de semejantes antecedentes, no debería sorprender que los "hijos del transistor", junto con la inventiva humana que han conducido al desarrollo de la informática, de internet y ahora de la IA, estén afectando profundamente al comportamiento y forma de vida de las personas. El desarrollo tecnológico impone sus reglas, a las que, con bastante docilidad, se someten las personas, la mayoría de las cuales lo que desean es que se les facilite la vida y, al mismo tiempo, disponer de entretenimientos.

Yo utilizo mucho el metro madrileño, y me entretengo en observar y contar el número de personas que viajan mirando la pantalla de su móvil. Suele ser entre el 70 y 85 por ciento. Y lo que miran son fotos, juegos, anuncios de algún tipo, o escriben incesantemente whatsaps. Imágenes e iconos dominan, lo que indudablemente afecta a la comprensión lectora.

Teniendo en cuenta esto, ¿debe sorprender que la capacidad de reflexión, la compresión lectora, y no digamos ya la ciencia y en particular la matemática, se vean afectadas? Todos los artilugios que utilizamos son producto de sofisticados conocimientos científicos y tecnológicos, las app (aplicaciones) esconden elaborados sistemas matemáticos, pero para la mayoría de las personas —incluyendo los estudiantes que recurren a la IA— no son sino cajas negras. Y lo peor, lo realmente terrorífico, es que ya es la IA la que produce esas apps, y la que se autogenera.

Dirán ustedes, apreciados lectores, que aun siendo todo esto cierto, por qué los resultados del informe PISA son peores en España que en muchos otros países. En este punto, mi opinión seguramente es poco fiable. Creo que algo tienen que ver las políticas educativas que han rebajado la exigencia académica a los alumnos en todos los niveles de enseñanza. También la escasa influencia social de personas que se distinguen por sus conocimientos científicos y tecnológicos.

El discurso público, los columnistas, ensayistas, comentaristas, políticos, tertulianos, no digamos los influencers, que llenan periódicos, revistas, programas de radio o de televisión, redes sociales, proceden en su inmensa mayoría —gracias debo dar a El Cultural por permitirme ocupar esta tribuna— de un mundo ajeno a la ciencia y la tecnología, aunque no dejen de hablar sobre todo de esta última, ahora en particular.

Un indicador es el número de reseñas o comentarios de libros en los suplementos culturales de diarios y revistas. Novelas y más novelas, no pocas de ellas contando historias muy personales. Es la española una cultura dominada sobre todo por personas como las que he señalado, una cultura bastante ajena a lo que es y signifique la ciencia, independientemente de que se reconozca su importancia.

No pretendo en modo alguno rebajar la importancia que posee la (buena) literatura (del ensayo, la filosofía o la historia habría que hablar por separado), pero las ciencias y, siguiendo la distinción que se utiliza en el informe PISA, las matemáticas, ofrecen algo particularmente valioso y único: nos muestran el poder de la mente humana, que va más allá de nuestras propias vivencias. Nos permiten entender una realidad más transcendente.