Las tumbas de los Reyes Católicos en la Capilla Real de Granada.

Las tumbas de los Reyes Católicos en la Capilla Real de Granada. Capilla Real

Entre dos aguas

¿Seremos polvo?: la certeza de la muerte sin un más allá, el destino fatal para el que la ciencia no da consuelo

La necesidad de alivio frente a la incontestable verdad de que todos pereceremos ha llevado a muchos, incluso en el mundo científico, a apoyarse en teorías "alternativas". 

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Sabemos perfectamente que todos moriremos, que nadie se librará de ese fatal destino. La ciencia no alivia tal certidumbre, enseñándonos que "polvo de estrellas somos, y polvo cósmico seremos", pues el planeta en el que surgió el tipo de vida de la que formamos parte es también perecedero: aproximadamente, en un rango de entre 5.000 y 7.000 millones de años será destruido porque el Sol se transformará en una estrella gigante roja y aumentará su tamaño alcanzando la órbita de la Tierra.

De hecho, mucho antes, tal vez dentro de unos 1.000 a 2.500 millones de años, cuando la fusión de los átomos de hidrógeno presentes en el núcleo del Sol haya dado lugar a una densidad de helio superior a la de hidrógeno, la radiación solar será tan grande que la temperatura en la superficie terrestre hará que se evaporen los océanos. Y sin agua, es obvio decirlo, no puede existir el tipo de vida que conocemos. Que conocemos, porque no debemos olvidar que pueden existir otras soluciones, basadas en elementos y relaciones químicas diferentes a las basadas en el ADN.

Pero todo esto se encuentra muy lejos en el futuro, en una escala temporal que difícilmente podemos hacer nuestra: recordemos que se acepta habitualmente que el "último antepasado común universal" de los organismos vivos actuales es el denominado LUCA ("last universal common ancestor"), que parece que existió en fumarolas hidrotermales submarinas hace alrededor de 4.000 millones de años.

LUCA sería el tronco de un "Árbol de la Vida" que tendría tres primeras ramas independientes, correspondientes a "bacterias", "arqueas" (microorganismos procariotas, esto es, sin núcleo) y "eukaryas" (organismos compuestos con células con núcleo), o solamente dos, "bacterias" y "arqueas", y que de esta última naciesen las "eucariotas".

Desde entonces, como recuerda Elizabeth Kolbert en su magnífico nuevo libro, La vida en un planeta poco conocido (Debate, 2026), "han pasado muchas cosas. La atmósfera se ha llenado de oxígeno. Los continentes han chocado entre sí y se han separado. El planeta entero se ha congelado y descongelado. Las plantas y los animales han salido del agua para establecerse en la tierra. La era de los reptiles ha dado paso a la de los mamíferos".

Y si todo esto sucedió en 4.000 millones de años, qué no podrá suceder en esos mil que mencioné, pues rara vez en la historia de la Tierra se han producido cambios con la velocidad con la que se producen últimamente (cambio climático, acidificación de los océanos, reducción de los bosques, disminución o desaparición de las aguas subterráneas, proliferación de microplásticos …).

La ciencia denominada "abiogénesis", que estudia los orígenes de la vida terrestre a partir de materia inorgánica, se basa en la suposición de que hubo un origen único, el de LUCA, aunque bien pudieron existir varios, esto es, que es posible que se cruzase múltiples veces la (borrosa) frontera entre los sistemas vivos (capaces de reproducirse) y los no vivos.

Según un libro reciente dedicado a estos estudios, From Stars to Life (Cambridge University Press, 2024), de Manasvi Lingam y Amedeo Balbi, "esas otras tempranas formas de vida pudieron bien haber desaparecido o haberse retirado en una biosfera oscura que hasta ahora no hemos sido capaces de desenterrar". Nos encontramos aquí con la crucial cuestión que ya mencioné, la de si existen otras formas posibles de vida.

Recordado todo esto, vuelvo al principio, que todos sabemos que moriremos. No es sorprendente que enfrentados a semejante conocimiento los humanos hayan ideado otras posibilidades. Las religiones que aseguran un tipo de vida, de permanencia, más allá de la vida constatable, son, por supuesto, una de esas posibilidades, que, obvio es decirlo, son ajenas a lo que es la ciencia, al ser indemostrables.

El "último antepasado común universal" de los organismos vivos actuales es el denominado LUCA, que existió en fumarolas hidrotermales submarinas

Una alternativa diferente es la creencia de que, de alguna manera, el "espíritu" de una persona que ha fallecido permanece "vivo". Es lo que se denomina "espiritismo", creencia que ha contado con no pocos científicos, entre ellos alguno tan notable como el británico Oliver Lodge, que a punto estuvo de adelantarse a Heinrich Hertz en demostrar la existencia de las ondas electromagnéticas, lo que habría llevado a que en lugar de referirnos a "ondas hertzianas", dijéramos "ondas lodgeianas".

Durante las últimas décadas del siglo XIX fueron relativamente numerosos los que aseguraron que se podían conectar con los muertos. Posibilidad que, creo haberlo señalado en alguno de mis artículos, fue sometida a prueba por la ciencia.

Un caso célebre tuvo lugar en 1876, cuando un conocido "psíquico" estadounidense, instalado en Londres, Henry Slade, argumentaba que podía plantear preguntas al espíritu de su fallecida esposa, y que recibía respuestas de ellas escritas en una pizarra.

Edwin Ray Lankester (1846-1929), un graduado en Zoología por el University College de Londres, donde había sido ayudante de Thomas Henry Huxley, conocido como el "dogo de Darwin" por su firme defensa de la teoría de la evolución de las especies, asistió a una de las sesiones de Slade, siempre sumidas en la oscuridad, y fue capaz de hacerse con la pizarra en cuestión, comprobando que la respuesta estaba escrita antes de que se hubiera formulado la pregunta.

Hasta aquí, nada demasiado interesante: un intento de engaño como tantos otros. La novedad en este caso es que Lankester denunció a Slade ante la policía como "un estafador común". Uno de los testigos de la defensa de Slade fue Alfred Russel Wallace, el codescubridor de la teoría de la evolución de las especies, bien conocido como una persona honesta.

Wallace, un firme creyente en el espiritismo, sostuvo que "Slade era tan sincero como cualquier investigador en un departamento universitario de ciencias naturales". Por el contrario, Darwin, que estaba convencido que todos los médiums eran "estafadores inteligentes", escribió a Lankester diciéndole que consideraba que representaba "un beneficio público" demostrar las falsedades de Slade, y contribuyó con dinero a los costes de la demanda.

El juez dictaminó que Slade era culpable, recurriendo a una antigua ley "contra quiromantes y adivinos", pero no cumplió ni un día en prisión, y unos pocos meses después la condena fue desestimada por un tecnicismo. Slade abandonó entonces Inglaterra, trasladándose primero a Alemania, donde encontró apoyos como el del físico Johann Zöllner, y convenciendo de la autenticidad de sus "poderes" incluso a un jefe de policía local.