El nobel español Santiago Ramón y Cajal en una foto de archivo

El nobel español Santiago Ramón y Cajal en una foto de archivo

Entre dos aguas

Santiago Ramón y Cajal: la inexplicable deuda con la conservación material del legado científico español

El nobel navarro es el investigador más importante de la ciencia patria, pero sus pertenencias y su memoria no han recibido el trato que merecen.

Más información: ¿Por qué la inteligencia artificial fue el personaje del año 2025 según la revista 'Time'?

Publicada

Santiago Ramón y Cajal es, de lejos, el científico más importante que ha dado España, el único que forma parte del reducido grupo de los grandes de todos los tiempos —en su caso en el campo de las neurociencias, que no se puede entender sin su obra—, un exclusivo club al que también pertenecen Newton, Darwin y Einstein.

Son muchas las poblaciones españolas, ciudades y pueblos, que tienen una calle o una plaza que lleva su nombre. Sin embargo, la conservación material de su memoria no ha recibido la atención ni el respeto que merece. No es la primera vez que en este medio he denunciado el vergonzoso hecho de que su casa de Madrid, en la calle Alfonso XII, haya sido vendida y transformada, creo, en una de apartamentos de alto nivel.

Una casa —yo estuve una vez en ella— repleta de objetos, libros y papeles que pertenecieron al sabio de Petilla de Aragón, muchos de los cuales terminaron en el Rastro madrileño. Nunca perdonaré ni a su familia, ni a los gobiernos nacional y autonómico, que permitieran semejante expolio.

Antes de que esto sucediera fuimos muchos los que avisamos de lo que podía suceder. Cuando pienso en el cuidado que se ha prestado en Inglaterra a los papeles —manuscritos, correspondencia y biblioteca— de Newton y de Darwin; o a los de Euler o Gauss en Alemania, y más recientemente a los de Einstein, custodiados ahora por la Universidad Hebrea de Jerusalén, me avergüenzo de mi país, en el que, parece que, hasta cierto punto, lo único que importa es la memoria de los literatos.

Apenas finalizada la incivil Guerra Civil española, ya se manifestó el poco aprecio que recibía la obra de Cajal. El primer director del Instituto Cajal nombrado después de la guerra no fue su principal discípulo, Francisco Tello Muñoz, al que se le incoó un expediente de depuración, esgrimiéndose en su contra su ateísmo, el no haber bautizado a sus hijos y el haber desempeñado cargos en Madrid durante la guerra; no sería rehabilitado hasta septiembre de 1949 y más que una rehabilitación fue una medida de gracia para que pudiese cobrar una pensión.

El primer director de la posguerra fue Enrique Suñer, catedrático de Pediatría en la Facultad de Medicina de la Universidad de Madrid desde 1921 y autor de un revanchista libro de infausta memoria, Los intelectuales y la tragedia española (1938).

No estuvo mucho tiempo en el cargo ya que falleció en 1940. Le sustituyó el ¡ingeniero agrónomo! Juan Marcilla Arrazola, catedrático de Microbiología y Enología de la Escuela de Agrónomos de Madrid, y tras la guerra jefe de la sección de Fermentaciones del Instituto de Microbiología Aplicada del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC).

En su libro Descargo de conciencia (1976), Pedro Laín Entralgo señaló que él había advertido al poderoso secretario general del CSIC, José María Albareda, las consecuencias del tratamiento que se estaba dando al Instituto Cajal: "Más de una vez se lo oí decir a Fernando de Castro, que se creyó en la obligación de exponer al Secretario General del CSIC, en que por falta de recursos se encontraba el Instituto Cajal: 'Que el Cajal se nos muere, Albareda'. A lo cual este respondió algo que en un gerente de la ciencia española en la segunda mitad del siglo XX resulta punto menos que increíble: 'Qué quiere, Castro; todo en la historia se muere alguna vez'".

Y terminó, si no muriéndose, transformándose. De entrada, porque el Instituto, un edificio del cerro de San Blas, pasó al Ministerio de Obras Públicas, y a otras funciones. En su lugar, el Consejo construyó un Centro de Investigaciones Biológicas, que abrió sus puertas oficialmente el 8 de febrero de 1958, con Gregorio Marañón —ya de regreso de su exilio parisino— de director.

Cuando pienso en el cuidado prestado en Inglaterra a los papeles de Newton frente a la dispersión del legado de Cajal, me avergüenzo de mi país

Como si fuera el cumplimiento de una larga deuda pendiente, ahora el Consejo Superior de Investigaciones Científicas, y en colaboración con la pequeña pero magnífica editorial Doce Calles, acaba de publicar el primer volumen de una Biblioteca Cajal. Pioneros de la Neurociencia, reeditando uno de los últimos trabajos de Cajal, una especie de testamento científico: ¿Neuronismo o reticularismo? (1933).

Precedido por un extenso estudio introductorio a cargo del neurocientífico y notable estudioso de la obra de Cajal, Javier de Felipe, que también se ha encargado de la edición de la obra, este libro, magníficamente editado, trata, como indica su subtítulo, de Las pruebas objetivas de la unidad anatómica de las células nerviosas, esto es, de las conocidas como neuronas.

El problema, el debate, surgió cuando Cajal defendió, en base a sus observaciones histológicas, que el sistema nervioso estaba formado por un conjunto de células, las neuronas, separadas entre sí, aunque intercambiando señales químico-físicas.

Frente a esto, estaban los denominados "reticularistas", que sostenían que el tejido nervioso está formado por un conjunto de fibras nerviosas y cuerpos celulares colocados en medio de una masa de tejido conjuntivo, que terminaba formando una red continua. Entre los defensores de esta teoría estaba Camillo Golgi (1843-1926), de la Universidad de Pavía, que había descubierto en 1873 el método de coloración argéntica para teñir células nerviosas, que Cajal utilizó, mejorándolo, para realizar sus descubrimientos.

Golgi nunca abandonó la teoría reticularista; de hecho, jamás manifestó aprecio por Cajal, con quien compartió el premio Nobel de Fisiología o Medicina en 1906. Un caso más de lo que en ocasiones sucede en la ciencia: científicos cuyas ideas, cuyas teorías se oponen… hasta que una de ellas es descartada. La de Golgi en este caso.

Emociona leer algunas frases que Cajal, que sin duda sabía que su final estaba próximo, incluyó en ¿Neuronismo o reticularismo?: "Mi propósito es describir brevemente lo que yo he visto en cincuenta años de trabajo y lo que cualquier observador, exento de prejuicios de escuela, puede fácilmente comprobar, no en tal o cual célula nerviosa, acaso mal fijada o de tipo anormal, sino en millones de neuronas vigorosamente coloreadas por diversos métodos de impregnación".

Y añade: "Creemos haber aducido numerosas pruebas concluyentes de la doctrina neuronal. Detallarlas todas hubiera exigido un libro. Para nosotros, como para los observadores de la primera época (Kölliker, Retzius, Van Gehuchten, Athias, Duval, Marinesco, etc.), no se trata de una teoría más o menos verosímil, sino de un hecho positivo". Tenía razón.