Heliopausa, ¿la última frontera?
La Voyager 1 de la NASA logra enviar datos en los límites del medio interestelar
Cúmulo de Coma. Foto: NASA/CXC/MPE/J.SANDERS
La heliopausa, o el punto en el que el viento solar choca con el medio interestelar, era uno de los objetivos de la sonda Voyager 1, lanzada por la NASA en 1977. Recientemente, "Science" publicaba los datos que el ingenio arrojó tras abandonar la heliosfera. Con este motivo, y ante la Semana de la Ciencia que el próximo lunes comienza en Madrid, el geólogo Francisco Anguita analiza la trascendencia de un acontecimiento que puede transgredir las fronteras físicas y psicológicas del ser humano.
La NASA acaba de confirmar que en agosto de 2012 los sensores supervivientes de la Voyager 1, la sonda espacial que partió de la Tierra hace 36 años y cada segundo se sigue alejando de ella 17 kilómetros más, detectaron un cambio en el viento. El viento del Sol no es, como el terrestre, una caricia hecha de moléculas de aire, sino un flujo de protones y electrones que irradian de la estrella y forman en su entorno una especie de burbuja. Fuera de ella comienza un territorio nunca hasta ahora explorado, donde reinan los vientos de otras estrellas.La noticia ha sido saludada por los medios de comunicación como un momento histórico en la evolución de la Humanidad. Otros viajeros (Colón, Magallanes, Darwin...) han sido repetidamente citados. También Tsiolkovsky, padre de la cosmonáutica, para quien estamos predestinados a abandonar nuestra cuna terrestre ("la Tierra es la cuna de la humanidad, pero no se puede vivir en una cuna para siempre"). Por todo ello, es un momento propicio para balances.
La Voyager 1 fue lanzada en 1977 aprovechando una alineación planetaria que sólo se repite cada 176 años, y con la que, mediante asistencias gravitacionales, se consiguieron aceleraciones que acortaron el viaje a los planetas exteriores. En principio, el recorrido estaba programado para no más de cinco años, y por lo tanto no incluía en sus objetivos investigar la heliopausa, el límite de la influencia solar. En realidad, la Voyager 1 tuvo sólo tres años de vida activa, hasta que abandonó en 1980 el sistema de Saturno. Después, 32 años de aburrimiento vigilado por un pequeño equipo del Jet Propulsion Laboratory (JPL) dirigido por una figura legendaria de la exploración espacial: Ed Stone.
Una aventura apasionante
Conocí al Dr. Stone hará diez años, cuando le invité a dar una conferencia en la Universidad Complutense. Eran tiempos populosos en Geológicas, y él se asombró del gran número de estudiantes que circulaban por la Facultad. "En Caltech [el hogar académico del JPL] hay muchos menos", me dijo. "Pero tienen muchas más probabilidades de realizar sus sueños", pensé yo. Apunté, para no olvidarla, una frase de su conferencia: "Nunca sabemos tanto como creemos saber. Y eso es lo terriblemente divertido de ser un científico". Evidentemente, Ed Stone estaba hablando de fronteras: unas, las de tipo físico que eran transgredidas a cada instante por las sondas que él había contribuido a realizar; y sobre todo las psicológicas, las que atraen a los científicos que sienten la ciencia como una aventura apasionante.
El atractivo básico de la exploración del espacio se apoya en buena parte en este doble concepto de frontera. Estudiando la historia de nuestra especie entenderemos por qué esta idea es tan poderosa: somos homínidos viajeros desde hace al menos 100.000 años. Lo que distingue a los viajes planetarios es que la única riqueza que ofrecen los territorios a visitar son nuevos conocimientos. Ahí encaja la sólo aparente paradoja de Stone: la ignorancia como motor de la búsqueda científica. ¿Qué curiosidades ha saciado la pequeña sonda? Hasta su llegada a Júpiter y Saturno, estos planetas no eran más que fotografías borrosas: la Voyager los convirtió en objetos de estudio científico. No sólo a ellos, sino también a docenas de sus satélites. Las sorpresas se acumularon, y algunas sólo se han podido resolver recientemente. La dinámica detallada de los anillos planetarios, el origen de los océanos subterráneos de varios de los satélites o las cortezas caóticamente deformadas de algunos otros todavía esperan respuestas precisas.
¿Qué otras maravillas puede encontrar Voyager 1 a partir de ahora? Los científicos temen que nada apasionante, al menos para el gran público. Campos de fuerza, partículas u ondas no condicionadas por el viento solar; salvo descubrimientos inesperados (pero sería raro que no se produjese ninguno), variantes de lo ya conocido. Más allá de la efemérides, esta frontera física comporta una escasa carga emocional. Por algo los nuevos exoplanetas -o algunos de ellos- sí consiguen titulares. Se trata de sitios donde podemos imaginar la vida, la nuestra o alguna otra. Pero fuera de los sistemas planetarios reina un pavoroso vacío helado.
Suponiendo que el espacio interestelar no nos reserve sorpresas como las que mencionaba Ed Stone, quizás este largo viaje sirviese al menos para presentar en persona nuestra tarjeta de visita. Es curioso que los medios de comunicación no hayan mencionado el mensaje que Voyager 1 lleva en su interior. Se trata de un disco fonográfico titulado Murmurs of Earth que contiene imágenes y sonidos variopintos, desde una fotografía de un feto hasta un atasco de tráfico en Pakistán, y del chasquido de un beso al vuelo rasante de un reactor. Su elaboración (a cargo de un equipo dirigido por Carl Sagan) levantó no pocas polémicas. ¿Realmente se podía entender algo del galimatías? En el caso más bien improbable de que un alienígena tropezase con este mensaje-en-una-botella, ¿podría saber algo de quien lo propuso?
La predicción de Star Treck
La respuesta del equipo redactor fue que en realidad el mensaje no estaba dirigido a ningún alienígena, sino a nosotros mismos. Los saludos en 54 idiomas son un tributo a nuestra diversidad cultural...y la lista completa de los congresistas americanos, otro a la burocracia. Pero esta discusión era trivial: las probabilidades de que alguien encuentre la sonda (lo que sí sucedía en un episodio de Star Trek) son minúsculas. Si todo va bien, dentro de 38.000 años la Voyager 1 pasará cerca (bueno: a unos 16 billones de kilómetros) de una estrella insignificante de la constelación de la Jirafa. El cúmulo de condiciones para una intercepción del vehículo es abrumador.
Dados los problemas que la radiación cósmica supone para los viajes tripulados de larga duración, es difícil que ningún humano llegue hasta la heliopausa. Por eso, en esta etapa final sólo queda desear buena suerte, y buenos vientos estelares, al pequeño emisario de Homo sapiens. Y que, a través de él, la Madre Naturaleza siga sorprendiéndonos con acertijos que ni siquiera el Dr. Stone puede ahora imaginar.