Image: Errores geniales que cambiaron el mundo

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Ciencia

Errores geniales que cambiaron el mundo

Mario Livio

El Cultural
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Einstein, octavo por la derecha, durante la visita al telescopio Yerkes (Wisconsin, EE.UU.) en 1921.

Traducción de Joan Lluís Riera. Ariel. Barcelona, 2013. 380 páginas, 21 euros Ebook: 14'99 euros

En una carta enviada en 1915 a un compañero físico, Albert Einstein describía de qué maneras puede equivocarse un científico:

"1. El diablo le toma el pelo soplándole una hipótesis falsa. (Por esto merece nuestra compasión.)

2. Su argumentación es errónea y chapucera. (Por esto se merece una paliza.)".

Si se hubieran aplicado sus propias reglas, Einstein habría merecido tanto la compasión como la paliza. "El propio Einstein cometió ambas clases de errores", relata el astrofísico Mario Livio en su nuevo y fascinante libro Errores geniales. Gran parte de lo que se escribe sobre ciencia suele ser algún tipo de versión de la historia de un éxito: los científicos acaban de descubrir el fósil humano más antiguo; ¿cómo lo han hecho? Sin duda, el éxito forma parte del asunto, pero esta versión de la historia progresista nos impide ver cómo la gente hace ciencia en realidad. La ciencia es un caos. Está condicionada por la época y el lugar en que trabajan los científicos. Las razones por la que estos eligen realizar un determinado experimento o interpretar una observación son múltiples. "Más del veinte por ciento de los artículos originales de Albert Einstein contienen errores de algún tipo", escribe Livio. "En varios casos, aunque se haya equivocado por el camino, el resultado final sigue siendo correcto. A menudo este es el sello distintivo de los grandes teóricos: se guían por la intuición más que por el formalismo". Sin embargo, para mucha gente ser un gran científico significa estar muy por encima del error. Por eso es tan frecuente ver en la portada de una revista un titular que declara en letras llamativas que "Einstein se equivocó", o su variante eufemística, "¿Se equivocó Einstein?".

El trabajo de Livio es un valioso antídoto contra esta imagen distorsionada. El autor traza el perfil de cinco grandes científicos -Einstein, Charles Darwin, lord Kelvin, Linus Pauling y Fred Hoyle-, cada uno de los cuales realizó grandes descubrimientos y cometió grandes errores. Todos ellos apostaron a la carta equivocada, aunque otras resultaran más convincentes. Gracias a su inmensa curiosidad, Livio convierte Errores geniales en una reflexión profunda sobre el rumbo de la ciencia.

Cuando Charles Darwin presentó su teoría de la evolución en 1859, sentó los cimientos de la biología moderna. En esta teoría es crucial el hecho de que los animales y las plantas heredan rasgos de sus predecesores. La selección natural favorece unos rasgos sobre otros, dando lugar a un cambio a largo plazo. Pero Darwin no sabía cómo funcionaba la herencia. Dedicó mucho tiempo a desarrollar nociones que, vistas en perspectiva, parecen ridículas. "Darwin había aprendido la idea, entonces ampliamente aceptada, de que las características de los progenitores se combinan físicamente en sus descendientes, como cuando se mezclan pinturas", explica Livio. La contribución genética de cada predecesor quedaría reducida a la mitad en la siguiente generación.

La idea no sólo era errónea, sino que socavaba la base de la propia teoría de la evolución: si nuestros rasgos fuesen únicamente el resultado de la combinación de partículas, no sería posible que la selección natural los modificara a lo largo de las generaciones. Pero, por mucho que lo intentara, Darwin no podía concebir otra explicación mejor.

Hoy día los biólogos son capaces de seguir la evolución a escala molecular porque saben de qué están hechos los genes. A comienzos de la década de 1950, Francis Crick y James Watson descubrieron la estructura en doble hélice del ADN. Trabajaban deprisa porque sabían que el bioquímico y premio Nobel Linus Pauling también intentaba resolver el rompecabezas. Pauling se acercó mucho, pero se equivocó justo cuando Crick y Watson estaban realizando avances decisivos. Se aferró a la idea de que el ADN forma tres espirales entrelazadas en lugar de dos y, lo que es peor, cometió un error químico elemental: su molécula de ácido nucleico en realidad no era un ácido.

Kelvin creía en la Creación y se dedicó a investigar la edad de la Tierra en parte para rebatir la teoría de la selección natural de Darwin. Si las teorías de este eran ciertas, la Tierra tenía que ser muy antigua, pero los geólogos no tenían medios para medir con precisión la edad del planeta. Kelvin tuvo la inspiración genial de que la respuesta podía estar en la temperatura de las rocas. Según el correcto razonamiento de Kelvin, en su origen la Tierra había sido una esfera de roca fundida. Para calcular cuánto tiempo le había llevado enfriarse hasta alcanzar su temperatura actual era necesario hacer un cálculo matemático sencillo. Y cuando Kelvin lo realizó, concluyó que la Tierra era bastante joven: alrededor de unos 100 millones de años (hoy día sabemos que su edad es de unos 4.567 millones de años). Kelvin se equivocaba por dos razones. Como señaló uno de sus antiguos discípulos, partió de la base de que el interior de la tierra era estable y transmitía calor de manera uniforme en todos sus puntos. En la práctica, se agita como el agua en ebullición transfiriendo calor a la superficie. La otra razón para el error de Kelvin fue la física cuántica. La radioactividad contribuye a mantener la temperatura de la Tierra, y la fusión nuclear ha permitido que el Sol brille durante 4.567 millones de años. Los detractores de Kelvin llamaron su atención sobre estos contraargumentos, pero parece que él los contemplaba con indiferencia y desdén.

La fusión nuclear no solo proporciona energía a las estrellas; también da origen a nuevos elementos, como el carbono y el hierro. El astrofísico británico Fred Hoyle hizo este extraordinario descubrimiento en los años cuarenta y cincuenta del siglo pasado. Por desgracia, es más conocido por defender una teoría fallida acerca del origen del universo: estaba convencido de que el cosmos se encontraba en un estado de permanente creación. A medida que se acumulaban las pruebas a favor de la teoría del Big Bang, se fue transformando en un chiflado cada vez más patético.

Livio elige a Einstein como el último miembro de su quinteto metepatas. A Einstein le desconcertaba el hecho de que el universo no se desplomase sobre sí mismo. El espacio vacío, insinuaba, contenía una misteriosa energía que empujaba hacia afuera e impedía que el universo implosionara. Tras publicar la idea -conocida como 'constante cosmológica'-se arrepintió. Declaró que no se derivaba realmente de sus ecuaciones; la había añadido como quien intenta cubrir un agujero en el tejado con un trozo cualquiera de contrachapado. Einstein acabó por renegar de la constante cosmológica. Y este resultó ser verdadero gran error. En la década de 1990 los físicos descubrieron la energía oscura, muy similar a la mítica fuerza que él había predicho muchas décadas antes. Livio pone el cuidado de un historiador en sus ágiles narraciones, evitando los estereotipos heroicos. Menos ducho resulta a la hora de explicar por qué esos grandes científicos se equivocaron, echando mano demasiado a menudo de la psicología popular.