'El jardín de los cerezos'. Foto: Luiscar Cuevas.

'El jardín de los cerezos'. Foto: Luiscar Cuevas.

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'El jardín de los cerezos', la historia de un desahucio según Chéjov en una ambiciosa producción

La última obra del autor ruso llega al Fernán Gómez bajo la dirección de Pérez de la Fuente y con una estupenda Carmen Conesa al frente del elenco.

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El jardín de los cerezos es la historia de un desahucio, el de una familia aristocrática ahogada por las deudas que pierde su hermosa casa de campo centenaria. Última obra de Chéjov, funciona como metáfora de la sociedad rusa de finales de siglo XIX contemporánea del autor, aquella que fue abandonando sus viejas costumbres agrarias y feudales por las que trajo la industria de la mano de la burguesía.

Ahora puede verse en el Teatro Fernán Gómez con dirección de Juan Carlos Pérez de la Fuente y versión de Ignacio García May en una ambiciosa producción que no ha escatimado ni en elenco ni en medios: la compañía de actores reúne a trece, capitaneados por una estupenda Carmen Conesa, y a los que se añade un coro de mendicantes; el trabajo plástico es visible en una colorista escenografía y un primoroso vestuario.

Como le pasa a todas las producciones de Chéjov, la cuestión es acertar con el tono de una obra en la que aparentemente no ocurren grandes cosas, pues funciona como un desfile de personajes desilusionados, melancólicos, vacilantes, con esperanzas y alegrías también, que pasan el tiempo conviviendo, holgazaneando, compartiendo paseos por el campo…

Al parecer el autor, cuando la escribía, declaró que tenía entre manos una comedia rayana en la farsa, inspirada a partir de una visita que hizo a la finca de la madre de Stanislavski perteneciente a una familia terrateniente. Normal que Stanislavski la viera con otros ojos, que pensara que era una tragedia.

Pérez de la Fuente, como ya es seña en él, huye del naturalismo y opta por el simbolismo para construir esta pequeña arcadia rusa que se viene abajo. Las escenas con tantos personajes, donde se mezclan señores, criadas, siervos y visitantes, se suceden con buenas actuaciones, logrando que los diálogos fragmentados tengan verosimilitud, descifrando un subtexto que muestra la complejidad humana en caracteres, sentimientos y comportamientos.

Es un gusto asistir a una producción con un elenco tan grande que logra una línea interpretativa más o menos homogénea. Imposible detenerme en todos, pero destaco a Conesa por su distinguida, caprichosa y elegante Liuba Andreyevna Ranevskaia; a Markos Marín que está fabuloso en el rol de su pusilánime hermano Gaev; a Nuria Marló, convincente criada enamoradiza; Chema León en un entusiasta Lopahin, mientras Marta Poveda lidia con una dramática Varya. Hay también personajes estrafalarios y extravagantes que tienen peor encaje como el de Carlota que interpreta Cristina Marcos, especie de institutriz surrealista.

El endiablado escenario panorámico del Fernán Gómez es explotado en su totalidad, con una escenografía con detalles informativos curiosos que firma el director e Isi Ponce. La función se abre con la proyección en el telón de una videoescena en blanco y negro que sugiere un paisaje pintado de montañas y bosques de la extensa tierra rusa.

Carmen Conesa en un momento de 'El jardín de los cerezos'. Foto: Luiscar Cuevas

Carmen Conesa en un momento de 'El jardín de los cerezos'. Foto: Luiscar Cuevas

En el primer acto caen telones de gasa para recrear el interior de la casa, atmósfera fantasmagórica de dulces recuerdos de infancia y felicidad perdida. El segundo transcurre en un día de campo, señalado por un amplio y bonito mural que nos muestra el tendido eléctrico de un camino. El mismo espacio se verá transformado en el tercer acto de manera audaz en una fiesta en la que Liuba Andreyevna Ranevskaia (Carmen Conesa) y su hermano Gaev (Marcos Marín) recibirán la noticia de que han perdido su propiedad.

Asistimos en el último a la salida de la casa de sus miembros con sus equipajes. Presenciamos la escena en la que Varya llora porque Lopahin, que ha comprado la propiedad, no le pide en matrimonio como ella espera y que resolvería su futuro. Se intuye en el subtexto que Lopahin desea en realidad a Liuba.

Un final sin hachazos

El célebre broche final de la obra cambia. En el texto original Firs, que ha sido siervo de la familia toda su vida y que actúa como un símbolo de la antigua Rusia, queda encerrado y olvidado en la casa, una vez que todos se han ido, mientras suenan los hachazos que indican que los hermosos cerezos del huerto están siendo talados porque ese terreno se destinará a construir casas para los veraneantes.

Presumo que la versión de la obra ha sustituido la tala por un incendio, supongo que porque ahora nos son más familiares. Y vemos a Chema de Miguel en el papel de Firs cerrando simbólicamente un telón transparente -las puertas de la casa-para ofrecernos tras él sus palabras finales con un tono declamativo esperpéntico que rompe con la sencillez y a la vez con la fuerza dramática del original de la obra, oyendo simplemente el ruido seco de los hachazos.

Una escena de 'El jardín de los cerezos'. Foto: Luiscar Cuevas

Una escena de 'El jardín de los cerezos'. Foto: Luiscar Cuevas

Destaco también a Rosa García Andújar artífice del vestuario, que vuelve a lucirse con los atuendos de los actores, algunos de clara inspiración en el folclore ruso. Uno de los más bonitos es el que viste la criada Dunyasha, pero el armario de Liuba y su hija Anya (Helena Ezquerro) es de pasmo, en elegancia y originalidad.

Tierra rusa

Este jardín de los cerezos pone en valor el espíritu ruso, ese arcano para los racionalistas occidentales. Chéjov no era muy religioso, pero oímos repetidas veces "Si Dios pudiera ayudarnos" en boca de los hermanos. García May ha incluido bastantes añadidos en su versión, como un hermoso poema de tono patriota sobre la tierra rusa que recita magníficamente un caminante (Borja Maestre).

El contexto que hoy vivimos también nos ayuda a trasladarnos a aquella geografía. En otras producciones no había reparado en Jarkov, hoy la segunda ciudad de Ucrania y con la que nos hemos familiarizado por la guerra. Algunos de los personajes viajan con asiduidad a la ciudad que antaño fue territorio ruso.

Al final del espectáculo algunos espectadores me comentaron su incomprensión por el modo de proceder de los propietarios de la casa, especialmente con Liuba Andreyevna Ranevskaia (Conesa), porque ni arruinada logra poner coto a su antiguo estilo de vida dadivoso.

¿Cómo comprender hoy aquel espíritu aristocrático que Chéjov tan bien retrató? Liuba y su hermano no se autoengañan, saben que lo han perdido todo y precisamente por eso no van a rendirse al nuevo orden social. Prefieren seguir viviendo en su mundo de fantasía hasta el punto que oímos a Gaev (Marcos Marín) decirle a su hermana: "ahora, cuando todo acabó, nos hemos calmado y nos sentimos casi alegres".

Chéjov era tan consciente del mundo en transición que estaba viviendo como podemos serlo hoy nosotros del nuestro: ya hemos caído en un abismo que nos amedrenta y nos inmoviliza y sabemos que nuestra caída es inevitable.

El jardín de los cerezos

Teatro Fernán Gómez. Hasta el 12 de abril

Autor: Anton Chéjov.

Versión: Ignacio García May.

Dirección: Juan Carlos Pérez de la Fuente.

Reparto (por orden alfabético): Boris Borisovich Semyonov Pischik: Juanma Cifuentes, Liuba Andreyevna Ranevskaia: Carmen Conesa, Anya: Helena Ezquerro, Ermolai Alekseyevich Lopajin: Chema León, Yasha: Manuel Maciá, Caminante / mendigante: Borja Maestre, Carlota Ivanovna: Cristina Marcos, Leonid Andreyevich Gaev: Markos Marín, Dunyasha: Noelia Marló, Firs: Chema de Miguel, Semion Panteleyevich Epijodov: José Gonçalo Pais, Varya (Varvara): Marta Poveda, Piotr Sergueyevich Trofimov: Jesús Torres, Coro de mendicantes: Maribel Cuadra, Pablo Méndez Lobo, Sonia Molina Leivinson, Elena Jerez, Marta Alonso, Jorge Tasende y Abel Ferris

Diseño de escenografía: Juan Carlos Pérez de la Fuente e Isi Ponce.

Dirección de vestuario y figurines: Rosa García Andújar.

Diseño de iluminación: José Manuel Guerra.

Espacio sonoro: Ignacio García.

Diseño y realización de maquillaje: La kasa del Maquillaje.

Coreografía y dirección de movimiento: Guillermo Weickert.

Diseño de videoescena: Violeta Nêmec.

Producción: Teatro Fernán Gómez