Josep Caballé Domenech, con la Sinfónica de RTVE. Foto: RTVE

Josep Caballé Domenech, con la Sinfónica de RTVE. Foto: RTVE

Qué raro es todo!

El dolor de Juana la Loca

El ciclo Jóvenes Músicos de la Orquesta Sinfónica de RTVE presentó su tercer concierto, dirigido por Javier Huerta. Además, se estrenó el 'Cancionero de Juana la Loca'.

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Novedades en los conciertos de la Orquesta RTVE. Su ciclo escaparate Jóvenes Músicos cada vez es más necesario, porque cada vez surgen más músicos nuevos merecedores de atención. Hay que anotar con cuidado los nombres de estos tres solistas, que mostraron mucho talento en el Triple de Beethoven: Miquel Muñiz, violín; Eva Arderíus, violonchelo; y Laura Ballestrino, piano. También, el del guitarrista Ausiàs Parejo, que se lució en el Concierto de Aranjuez.

Les dirigió con serenidad eficaz otro joven emergente, Javier Huerta. Hay directores que transportan esforzadamente la música de una parte del compás a la siguiente, como si tuvieran que hacerla sonar ellos. Huerta, no. Él es de los que dejan tocar, quizá porque, como violonchelista de orquesta que ha sido en Weimar, sabe lo que un instrumentista necesita del maestro y lo que no.

Huerta evita crear tensiones improductivas y se vuelca en las productivas, las que cambian el sonido de la orquesta y le dan sentido. En El sombrero de tres picos encontró un buen equilibrio entre sutileza y fuerza de arrastre, lo que no es fácil.

La otra gran novedad de estos días fue el estreno en España del Cancionero de Juana la Loca, obra compuesta por José María Sánchez-Verdú a petición de la Sinfónica de Amberes para ser estrenada allí, en el Festival Europalia, con el maestro Juanjo Mena. Con ese mismo nombre se conoce en la Biblioteca Real de Bruselas un códice maravillosamente iluminado, hecho posiblemente para la reina Juana, que recopila 24 canciones de esa época.

Verdú es un admirador confeso de ese repertorio, pero lo que parece haberle fascinado esta vez son las multiplicidades varias que parecían rodear a Juana I de Castilla y Felipe 'El Hermoso'. Su corte era doble, mitad flamenca, mitad castellano-aragonesa, y mantenía simultáneamente dos capillas musicales, una para la música de Flandes y otra para la de aquí, cada una con sus cantantes, instrumentistas y repertorios.

Además, como la de sus padres, la corte de doña Juana era itinerante. Sin sede permanente, recorría la geografía humana ―e, inevitablemente, la musical― del país. A Sánchez-Verdú, todas estas bifurcaciones y proliferaciones se le vuelven en seguida diálogos.

Dentro de su partitura conversan compositores (Pastrana, Ockeghem, Obrecht, Cabezón, Narváez, Desprez, Anxieta, entre ellos y con al propio Verdú), lenguas (latín y castellano con francés y neerlandés antiguos) y lugares: Tordesillas, Burgos, Gante, Lier (provincia de Amberes), donde se casó Juana, Granada, donde se enterraron sus restos. Abruma la erudición histórica y musicológica, pero impresiona, sobre todo, la delicadez y potencia de la música.

Como la reina Juana, la mezzosoprano Lidia Vinyes Curtis recorrió lugares y lenguas y viajó por los siglos, del XVI al XXI dándole a cada uno su sonoridad propia. Además de la orquesta regular, la acompañaron un laúd renacentista y un organetto medieval.

El organetto, u órgano de mano, es un instrumento asombroso. El intérprete lo sitúa sobre un muslo, con una mano en el teclado y la otra manejando el fuelle como si fuera un diafragma humano, capaz de graduar a voluntad la presión del aire. Pese a lo que su nombre italiano sugiere, lo propio del organetto no es ser pequeño, sino expresivo. No diré que puede vocalizar, pero sí consonantear, articular la emisión de varias formas y con varios matices.

Guillermo Pérez, 'organetto', tocando 'Chanson bleue' de Sánchez Verdú. Vídeo: Fundación Juan March.

Guillermo Pérez, 'organetto', tocando 'Chanson bleue' de Sánchez Verdú. Vídeo: Fundación Juan March.

Verdú saca partido de estas capacidades principalmente en los números de contenido espiritual (O vos omnes, Parce Domine, Salve Regina), ayudándose de otros instrumentos de voz cuasihumana, como las tres flautas, o de latido cuasivivo, como los dos bombos. La parte amatoria de la obra (Ay, dime, señora, Mijn hert, Triste está la Reyna, Llenos de lágrimas, Belle, que tiens ma vie, Mille regretz) se apoya más en el laúd.

El cancionero de Juana la Loca es una partitura multifacética que da voz a una reina en muchos poco común. Por su música, tanto o más que por su texto, los números de esta obra son todos ellos quejas, humanas o divinas, de amor o contrición, sin que falte O vos omnes, el dolor sin medida del profeta Jeremías. Son lamentos contenidos, proferidos sin gritos ―y, por ello, aún más turbadores― por una reina amante a la que le fueron arrebatados reino y amor.

El estreno de este Cancionero se situó entre dos obras que no pueden serle más lejanas. El jolgorio del Capricho español de Rimski, con sus muchas virtudes, creó el clima menos adecuado para la aventura intertextual de Verdú. Igual de imposible resultó el diálogo con la amplia selección de El lago de los cisnes de Chaikovski que se dio en la segunda parte. El maestro Josep Caballé Domenech, en todo caso, pareció reservar para el estreno buena parte de la energía sonora y el buen sonido de la orquesta.