Una imagen del videojuego 'Evil West'

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Homo Ludens

'Evil West', guerra contra las tinieblas en el Oeste Americano

Flying Wild Hog construye una ficción donde los Estados Unidos mantienen una guerra soterrada contra un ejército de vampiros que parece sacado de la imaginación de Stephen King

29 diciembre, 2022 04:00

Jesse es un agente del Instituto Rentier, una organización secreta dedicada a la erradicación de criaturas sobrenaturales como los Sanguisuge, un cónclave de vampiros con amplios poderes que se nutren de las poblaciones apartadas de unos Estados Unidos en expansión. Junto a su compañero Edgar, persiguen a un oficial de alto rango, Peter D’Abano, que trata de convencer a los órganos de gobierno de su especie de abrir la veda a una guerra total contra la humanidad antes de que sus avances tecnológicos anulen la ventaja sobrenatural de la que disfrutan. Los líderes rechazan su plan y solo la aparición extemporánea de Jesse le impide dar un golpe de estado.

De vuelta en el cuartel general del Instituto con su cabeza, los agentes se topan con el vicesecretario de guerra, que se encuentra ahí para ver de primera mano la demostración de un guantelete eléctrico que podría inclinar la balanza del lado de Washington. Sin embargo, durante el evento, la hija de D’Abano ataca el Instituto con todas sus hordas de familiares, diezmando a los agentes, rescatando a su padre y poniendo a los agentes federales contra las cuerdas. La primera fase de un plan cuidadosamente preparado para restaurar el imperio de los Sanguisuge sobre el continente.

Flying Wild Hog es un estudio polaco conocido por la trilogía de corte asiático Shadow Warrior. En Evil West han cambiado a una perspectiva en tercera persona y a una ambientación que fusiona la tradición steampunk con el horror gótico y los relatos de la frontera americana, pero manteniendo el fundamento de acción intensa. Jesse tiene a su disposición un arsenal que empieza muy reducido pero que va progresando con una cadencia constante durante las aproximadamente doce horas que dura la campaña, aumentando de forma exponencial sus recursos en combate.

Más allá del obligado rifle y revólver, la verdadera estrella de la función es el guantelete. El combate en Evil West es a bocajarro, con oleadas de monstruos que nos asedian sin piedad desde todos los frentes, obligando a desarrollar estrategias para controlar el campo de batalla y establecer una jerarquía de prioridades, de manera muy parecida a como lo hacía Doom (2016).

Gracias a un extenso árbol de habilidades y mejoras en el equipamiento, existe un amplio margen para personalizar un estilo de juego concreto. Si a eso le sumamos un plantel de enemigos muy variado, a la postre queda un sistema de combate muy completo que funciona con la precisión de un reloj suizo. Es cierto que puede hacerse repetitivo, sobre todo hacia el final, cuando el juego ya ha revelado sus cartas y decide lanzar contra el jugador hasta el fregadero de la cocina en unos picos de dificultad un poco absurdos, pero incluso en esas circunstancias tan extremas, las costuras del diseño aguantan la presión.

Pese a ambientarse en el Oeste americano, los artistas de Flying Wild Hog han sabido aportar una enorme variedad a los escenarios: cañones rocosos al atardecer, montañas nevadas durante noches de tormenta, pantanos opresivos y malsanos, pequeños asentamientos desolados, bosques enclaustrados en la neblina… Siempre hay algo interesante a la vuelta de la esquina desde el punto de vista visual, si bien es cierto que todos estos escenarios habrían agradecido un diseño de niveles más elocuente.

Hay algunos desvíos para encontrar dinero o mejoras, pero los pocos puzles que han intercalado son demasiados simples como para servir de algo más que un mero momento de respiro entre escaramuzas. Los horrores a los que Jesse se enfrenta le deben mucho a la imaginería de Stephen King, sobre todo a su magnum opus La Torre Oscura , que narra las desventuras del pistolero Roland Deschain a través del multiverso del autor.

La historia tiene un amplio reparto, largos diálogos y cuidadas cinemáticas, pero fracasa a la hora de construir personajes que nos importen. Jesse es un mojón antipático que no destaca en nada y que parece sacado del mismo contenedor de reciclaje al que se echaron la mitad de protagonistas de videojuegos de la primera década del siglo: caucásicos de porte adusto y escasa inteligencia emocional.

Hay un conflicto interesante que subyace durante toda la trama cuando su padre es infectado por la antagonista y decide mantenerlo con vida y tratar de buscar una cura para él –una cortesía de la que nadie más en el Instituto ha disfrutado jamás– pero la resolución queda bastante desaprovechada. En general, todo el plantel tiende a la caricatura, especialmente el vicesecretario de guerra, un político execrable que hace gala de una misoginia tan atroz que resulta hasta cómica en su absurdidad.

Aun con todo, es un juego muy reseñable que merece una oportunidad por quien sienta el antojo por una propuesta de acción desatada, a medio camino entre el western y el terror. Una grata sorpresa que lamentablemente ha pasado desapercibida en los últimos compases del año ante la avalancha de grandes títulos que han inundado las estanterías.

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