Hannah Arendt y Timothy Snyder.

Hannah Arendt y Timothy Snyder. Wikimedia Commons

Entreclásicos

Hannah Arendt y Timothy Snyder ante el desafío del nacionalpopulismo

La autora de 'La banalidad del mal' advirtió que el totalitarismo no desaparecería.

El historiador estadounidense invita a no dejarse manipular y defender la libertad.

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¿Qué habría dicho hoy Hannah Arendt sobre el nacionalpopulismo, esa nueva versión del fascismo que se propaga por todo el planeta como un virus?

Conviene recordar que la politóloga alemana de origen judío diferenciaba entre fascismo y totalitarismo. El fascismo es un nacionalismo radical que exalta la homogeneidad cultural y racial. Aunque su objetivo es destruir la libertad, la democracia y la diversidad, su estrategia no siempre contempla la confrontación directa. Casi siempre aprovecha las libertades democráticas para alcanzar el poder.

Después, cuando ha consolidado su posición mediante la supresión de los partidos políticos, la libertad de expresión y los derechos fundamentales, su ansia de dominación se proyecta sobre todos los grupos, transformando a cualquier ciudadano en un potencial enemigo del Estado.

En esa fase, el fascismo deviene totalitarismo y pone en marcha las políticas de exterminio. Es lo que sucedió en la Alemania nazi y en la Unión Soviética en la época de Stalin.

Hannah Arendt advirtió que el totalitarismo no desaparecería hasta que no cambiara el paisaje social. En el mundo contemporáneo, la soledad ya no es algo inaudito, sino una epidemia, lo cual propicia que los ciudadanos estén dispuestos a renunciar a sus libertades para integrarse en movimientos mesiánicos, donde la sensación de insignificancia y aislamiento se atenúa o desaparece. Ser parte de algo es mejor que no ser nada.

Lo que hoy sufrimos se parece de momento al fascismo, pero podría convertirse en totalitarismo. Donald Trump ya ha hablado de individuos con “buenos genes” y se ha puesto a sí mismo como ejemplo. Al mismo tiempo, se ha pronunciado a favor de preservar un Estados Unidos blanco y cristiano.

Evidentemente, ese discurso conlleva la deshumanización de los inmigrantes, a los que se acusa de ser el caballo de Troya del Gran Reemplazo. La brutalidad del Servicio de Control de Inmigración y Aduanas (ICE) ya nos permite repetir la reflexión de Martin Niemöller en una versión actualizada: “Primero vinieron a por los inmigrantes, y guardé silencio porque yo no era inmigrante”. Esta violencia podría extenderse a otros grupos.

En la Italia de Meloni, la Rusia de Putin y los Estados Unidos de Trump, ya se han adoptado medidas hostiles contra las personas LGTBI y el odio al “wokismo” y la Agenda 2030 se parece extraordinariamente a la paranoia anticomunista del macartismo.

La animadversión también salpica a los ecologistas y los animalistas, que exigen una relación más ética y racional con la naturaleza. No solo por cuestiones morales, sino para evitar calamidades como el cambio climático.

Si la ultraderecha continúa avanzando y gana las elecciones en Francia, Alemania y conserva el poder en Estados Unidos, ¿se utilizará al ICE, la Guardia Nacional y fuerzas similares para tratar a los adversarios ideológicos con la misma violencia que se está utilizando con los inmigrantes? Quizás cuando se pueda responder esa pregunta, ya no quede nadie para hablar en nombre de las víctimas.

Hasta hace poco, el nacionalpopulismo intentaba cuidar su imagen, distanciándose de la vieja estética de las botas y los correajes, pero hace unas semanas Donald Trump colgó en su perfil de Truth Social, la red que él mismo creó después de sus problemas con Twitter y Facebook por su apoyo al asalto del Capitolio en 2021, una imagen creada con inteligencia artificial que muestra el posible uniforme de una hipotética fuerza espacial estadounidense: uniforme con tonos grises y negros, chaqueta de cuello alto, botas altas de cuero, gorra militar de plato.

Su amigo Elon Musk, un sudafricano con gestos que insinúan nostalgia del apartheid, tampoco disimula su simpatía por el fascismo. En varias ocasiones ha realizado el saludo romano y luego se ha burlado de sus detractores, afirmando que solo era un gesto de afirmación sin connotación ideológica.

El polémico saludo de Elon Musk durante la investidura de Trump y que muchos han comparado con el saludo nazi.

El polémico saludo de Elon Musk durante la investidura de Trump y que muchos han comparado con el saludo nazi. Reuters

¿Qué habría escrito hoy Hannah Arendt sobre estos acontecimientos? Arendt ha adquirido en las últimas décadas un prestigio extraordinario, pero eso no significa que acertara siempre en sus juicios.

Su tesis sobre la banalidad del mal es insostenible. Eichmann no era un gris funcionario que había perdido la capacidad de pensar por culpa del régimen nazi. Poco antes de ser detenido por el Mossad y trasladado a Jerusalén para ser juzgado por sus crímenes, alardeó en una entrevista del orgullo que le producía haber contribuido a exterminar a seis millones de adversarios del Reich. El mal no es un vástago de la banalidad, sino del fanatismo ideológico o religioso.

Hannah Arendt también se equivocó al justificar la resistencia de las familias blancas del Sur de Estados Unidos a que sus hijos acudieran a la escuela con niños negros, alegando que la libertad incluye el derecho natural de agruparse con quien se desee por afinidad, estatus o creencias. Aunque Arendt se oponía a la segregación, consideraba que la escuela —al igual que un club social o un hotel— no era un espacio público, sino privado y, en esa esfera, debía prevalecer la libertad de elegir sobre el principio de igualdad. Hoy en día, ningún gobierno o tribunal de una sociedad democrática aceptaría ese argumento.

Hannah Arendt se mostró muy crítica con la socialdemocracia. En La condición humana, afirmó que la economía pertenece a la esfera de la necesidad y no debe invadir el ágora, pues cuando el debate político prioriza resolver las desigualdades económicas y garantizar el bienestar (salud, vivienda, empleo), el ciudadano se degrada progresivamente, perdiendo su condición de agente deliberativo. En su lugar, se convierte en un simple beneficiario de los servicios proporcionados por el Estado, lo cual destruye su autonomía e iniciativa.

Esta crítica puede utilizarse para desmontar el Estado del bienestar, una maniobra que se puso en marcha en los ochenta y que ha creado las condiciones para el auge del neofascismo. La reconversión industrial dejó a millones de personas sin trabajo e hipotecó el futuro de varias generaciones. La precariedad y la desesperanza echaron raíces en regiones que habían gozado hasta entonces de estabilidad y prosperidad. Esas regiones apoyan hoy en día al nacionalpopulismo, pues creen que la “remigración” es la solución a sus penalidades.

Hannah Arendt habría condenado el actual neopopulismo, pero su crítica al Estado del bienestar abre una brecha que sirve de puerta de entrada a los enemigos de la democracia.

El historiador estadounidense Timothy Snyder ofrece argumentos mucho más sólidos contra el neopopulismo. La libertad, señala Snyder, no es simplemente un concepto negativo. No consiste únicamente en eliminar los obstáculos para el desarrollo económico, sino en adquirir compromisos morales y crear posibilidades. “La libertad no es solo ausencia del mal. La libertad es la presencia del bien. Es el valor supremo, la condición en la que elegimos y combinamos las cosas buenas y las traemos al mundo y así dejamos nuestra huella única y personal. Es una idea en positivo”.

Para algunos líderes nacionalpopulistas, la libertad consiste en suprimir cualquier límite o restricción, incluidos los que protegen los derechos de las minorías o los más vulnerables. En Estados Unidos, un diabético sin seguro médico puede llegar a pagar mil dólares mensuales por su tratamiento. En cambio, podría comprar una pistola por cien dólares. Eso no es libertad. No hay dignidad ni soberanía individual sin solidaridad. La libertad es un concepto vacío si las instituciones no garantizan derechos básicos, como la sanidad, la educación, salarios dignos y viviendas asequibles.

El Estado del bienestar es el mejor escudo de la democracia. La desigualdad extrema destruye el tejido social y hace que los ciudadanos sean más vulnerables a los discursos populistas y autoritarios. Snyder invita a los ciudadanos a no dejarse manipular y a no colaborar con las normas inmorales de los gobiernos populistas. La desobediencia es un gesto legítimo y mirar hacia otro lado nunca es ético.

Snyder invita a luchar contra los símbolos de odio, como la esvástica. Si nos cruzamos con ellos, hay que actuar: “Quítalos tú mismo y da un ejemplo para que otros lo hagan”. No hay que esconderse en la multitud. No hay que tener miedo a destacar: “Alguien tiene que hacerlo”. Para defender la libertad, a veces hay que adoptar conductas incómodas: “Recuerda a Rosa Parks. En el momento en que das un ejemplo, se rompe el hechizo del statu quo, y otros seguirán el camino que has abierto”. La libertad y la democracia exigen sacrificios. “Sé tan valiente como puedas -escribe Snyder-. Si ninguno de nosotros está preparado para morir por la libertad, entonces todos moriremos bajo la tiranía”.

Thomas Mann rechazó la equiparación de fascismo y comunismo: “Colocar en el mismo plano moral el comunismo ruso y el nazi-fascismo, en la medida en que ambos serían totalitarios, en el mejor de los casos es una superficialidad; en el peor, es fascismo. Quien insiste en esta equiparación puede considerarse un demócrata, pero en verdad y en el fondo de su corazón es en realidad un fascista, y desde luego solo combatirá el fascismo de manera aparente e hipócrita, mientras deja todo su odio para el comunismo”.

Es cierto que esta reflexión surgió en 1942, cuando aún se desconocía la magnitud de los crímenes cometidos en la Unión Soviética bajo el liderazgo de Stalin, pero no es menos verdadero que se ha explotado la asimilación del nazi-fascismo y el comunismo para descalificar a toda la izquierda. De ahí que los argumentos de Snyder o Thomas Mann resulten hoy más clarividentes que los de Hannah Arendt en el análisis del neopopulismo.

Las encuestas auguran que Trump perderá las elecciones de medio mandato, lo cual podría implicar que las dos cámaras pasaran a manos de los demócratas, pero incluso si abandona la presidencia en 2028 y no intenta pisotear la Constitución con un tercer mandato, su legado de odio y corrupción tardará mucho tiempo en disolverse.

Noam Chomsky apuntó que la incesante guerra contra la clase trabajadora promovida por el neoliberalismo abonó el terreno al neofascismo: “El ascenso de Trump se debe al miedo causado por el colapso de la sociedad durante el período neoliberal. La gente se siente aislada, indefensa, vulnerable”.

El neopopulismo no pretende resolver esta situación. Su objetivo es beneficiar a los ricos y el sector corporativo. Por eso, desvía la atención hacia falsas amenazas, como la inmigración o el comunismo. ¿Cómo se puede acabar con esta dinámica? Zohran Mamdani, socialista, musulmán y alcalde de alcalde de Nueva York, ha señalado en una entrevista que la democracia pierde su utilidad y autoridad moral cuando no resuelve los problemas de la gente.

Si no queremos que vuelva la noche oscura del fascismo, hay que luchar por una sociedad más justa y equitativa, donde nadie se sienta abandonado ni experimente la sensación de que la policía o los tribunales pueden arrebatarle sus derechos de forma arbitraria y violenta, como ya está sucediendo en la América distópica de Trump.