Image: La Alhambra, colofón de al-Andalus
Vista de la exposición de La Alhambra
De algún modo, las actividades conmemorativas del Primer Milenio del Reino de Granada (1013-2013) culminan con esta exposición dedicada al arte y la cultura de al-Andalus. Aunque no es la primera vez que se plantea un proyecto de estas características, ya en 1992 se preparó en el mismo sitio una amplia monográfica con idéntico título en colaboración con el Metropolitan de Nueva York, digamos que ahora, además de incorporar investigaciones sobre los últimos hallazgos descubiertos, el contenedor cobra el máximo protagonismo y se convierte en parte activa al incluir en el recorrido habitual al conjunto monumental lecturas suplementarias que enriquecen el itinerario. El entorno no sólo refuerza la impresión general del espectador, sino que contextualiza algunos de los objetos seleccionados ubicándolos en su supuesto lugar original, caso de una réplica del Jarrón de las gacelas colocada en un extremo del Patio de Comares o una jamuga donde debía sentarse el sultán en el Salón de los Embajadores para recibir audiencia privada. Al mismo tiempo que observamos estos detalles en la zona palatina, podemos disfrutar también del espléndido Patio de los Leones con su nuevo suelo de mármol blanco de Macael -abierto no hace mucho tras una restauración que ha durado diez años- o pasear por estancias que llevaban décadas cerradas, como el Peinador Bajo de la Reina o la Sala de las Camas, ambas situadas alrededor del hammam. Con Granada se apaga el fulgor de al-Andalus, un epílogo lento y prolongado que resume la trayectoria del Islam en la península ibérica. En estos mil años de historia cobra especial relevancia la dinastía de los Nazaríes (1232-1492), familia constructora de la Alhambra y responsable de la identidad de la ciudad que ha llegado hasta nuestros días tras lograr fijarse en el imaginario colectivo generación tras generación. De esa etapa provienen gran parte de las más de trescientas piezas elegidas, un sinfín de enseres que retratan desde la vida cotidiana de los estratos populares (adornos, amuletos, brocales de pozo, lápidas, útiles de comida o iluminación…) hasta las formas más sofisticadas de las clases pudientes (monedas, arquetas y joyas, restos arquitectónicos, muebles, cerámicas, libros, tejidos…). Dentro de esta recopilación sobresalen los ropajes y el ajuar militar de Boabdil, un manual jurídico de Averroes y especialmente por su finura y belleza el gran estandarte de seda verde empleado en la batalla del Salado (1340).