Image: Victor Hugo

Image: Victor Hugo

Exposiciones

Victor Hugo

Dibujos secretos

7 junio, 2000 02:00

"Columnas", 9,8 * 10,5

Museo Thyssen-Bornemisza. Paseo del Prado, 8. Madrid. Hasta el 10 de septiembre

Victor Hugo nunca expuso en vida sus dibujos. Muchos años después, surrealistas e informalistas aclamaron a Hugo como un verdadero precursor del arte de vanguardia del siglo XX

El vasto poeta, el poeta-río que atraviesa todo el siglo XIX, desde sus tempranas Odas hasta La leyenda de los siglos, fue también un dibujante constante y secreto. Desde niño hizo innumerables caricaturas, diseños para decorados, apuntes de paisajes; pero nunca expuso en vida esos dibujos, que sólo algunos amigos conocían y admiraban. Entre ellos Baudelaire, que en su Salón de 1859 celebró "la magnífica imaginación que fluye en los dibujos de Victor Hugo". O Théophile Gautier, quien recordaba "cuántas veces hemos seguido con ojos maravillados la transformación de una mancha de café caída en el sobre de una carta, en cualquier trozo de papel, en paisaje, castillo, marina de una originalidad extraña".

Muchos años después, los surrealistas descubrieron y rescataron del olvido aquellas creaciones extrañas, fabulosas. Una aguada de Hugo, La cabeza de Satán, figuró en la famosa exposición Fantastic art, Dada, Surrealism de 1936 en el MoMA. Surrealistas e informalistas aclamaron a Hugo como un verdadero precursor del arte de vanguardia del siglo XX. Esta exposición, fruto de la colaboración entre el Museo Thyssen, la Biblioteca Nacional de Francia y la Maison Victor Hugo (donde irá en el otoño) confirma e ilumina ese prestigio de ancestro. Son 163 piezas sobre papel, de diversas colecciones y museos, entre las cuales hay importantes aportaciones inéditas. El brillante montaje está concebido por el artista y escritor Jean-Jacques Lebel (a quien debemos anteriores revelaciones sobre el Hugo dibujante) y Marie-Laure Prévost, conservadora jefe del departamento de manuscritos de la Biblioteca Nacional de Francia.

El recorrido comienza con la parte más familiar de la creación pictórica de Hugo: sus aguadas de castillos, torreones en ruinas, ciudades en la lejanía crepuscular, fantasías góticas dominadas por el duelo entre la luz y la sombra, entre lo diurno y lo nocturno. Este juego dialéctico, inspirado por el positivo y el negativo del proceso fotográfico (Hugo era un gran aficionado a la fotografía) se prolonga en las siluetas de sus estarcidos. El lado nocturno engendra luego espectros, visiones de pesadilla: un ahorcado, una cabeza cortada, una montaña de cadáveres. Visiones atroces de un mundo donde Dios es un faro en eclipse y resuena la voz de la boca de sombra. Como en Goya o en Géricault, en Hugo es difícil decidir dónde termina la denuncia de las atrocidades en nombre de la humanidad y dónde comienza la fascinación ante la crueldad, ante el mal absoluto como contorno inevitable de lo humano.

Al fondo del pasillo nos esperan las creaciones más radicales de Hugo, relacionadas con la poética del objet trouvé y el bricolage. El poeta solía recoger a la orilla del mar guijarros, cantos rodados, que firmaba, fechaba y regalaba a sus íntimos; aquí se exponen por primera vez, reunidos con otros guijarros escritos por André Breton o René Char, prolongaciones del rizoma Hugo, como lo llama Lebel. En la misma sala están sus trabajos de bricolage, como un panel con relieves tallados o unas asombrosas tablas del suelo manchadas y recortadas por el artista. El bricolage como principio creativo induce a Hugo a trabajar con todo lo que encuentra a mano, ya sea tinta, cera o ceniza, ya sea un lápiz o una colilla de cigarro mojada en el café. Dibuja con las improntas de las cosas (como lo harán, un siglo después, Dubuffet o Tàpies), marcando sobre el papel la huella de una botella, de una hoja de helecho, de unos dedos manchados de tinta o de un delicado encaje (acaso José Mª Sicilia conocía este precedente).

Cuando murió su hija Léopoldine, un Hugo desesperado se entregó a las quimeras de los espiritistas, y en su exilio de Jersey celebró muchas veladas de mesas giratorias. Los álbumes de aquellas sesiones, expuestos aquí, recogen los asombrosos dibujos automáticos dictados por los muertos. Ese mismo mensaje del otro lado aflora en los paisajes, siempre en el duelo entre el día y la noche, que a veces se confunden en una sola atmósfera. O en los paisajes marinos donde aflora la belleza del mal: las frágiles barcas en la tormenta, la sombra de un gran pulpo (el mítico Kraken), los restos del naufragio abandonados en la playa. Más allá encontramos reunidas las figurillas y personajes fantásticos, misteriosas cabezas de perfil que anticipan las de Odilon Redon.

En la última sala, en fin, las composiciones de manchas, indecisas entre lo abstracto y las sugerencias figurativas. Manchas dominadas a veces por una siniestra simetría que evoca las klexsografías del poeta alemán Justinus Kerner y las láminas de Rorschach. Manchas salpicadas, otras veces, con una violencia gestual que recuerda a Kline o a Pollock. Manchas de tinta realizadas con la barba de la pluma que escribe, como reverso literal de la escritura consciente. Papeles manchados desde todos los lados, girando la hoja sobre la mesa, composiciones abiertas por sus cuatro costados, donde nada está decidido de antemano y el creador avanza a tientas por su laberinto, en busca de algo sin nombre.