Exposiciones

Woodman, el nuevo narciso

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Centro Cultural Tecla Sala. Avenida de Josep Tarradellas, 44. Hospitalet de Llobregat. Barcelona. Hasta el 12 de marzo

Las escenografías que habitualmente utiliza son espacios desalmados y desgarrados que se identifican con la misma Francesca Woodman como un doble o "alter ego"

En ocasiones la biografía del creador -aquí se trata de una fotógrafa- dificulta una aproximación a su obra. Este es el caso de Francesa Woodman (1958-1981) sobre la cual se ha tejido una leyenda que condiciona la lectura de sus fotografías. Es prácticamente imposible mirarlas sin tener en cuenta su trágico final: su suicidio a los 23 años arrojándose al vacío desde lo alto de un edificio. ¿Golpe de efecto, poema épico o circunstancias de la vida? Es difícil saberlo y dudo que el paso del tiempo lo clarifique, porque el arte vive y se alimenta de leyendas. Y la de Francesca Woodman -artista prácticamente desconocida- esta empezando.

Ante la duda, digamos que el gesto del suicidio corona su trayectoria, o dicho de otra manera: su dramático final y su obra como fotógrafa se confunden. En Francesca Woodman existen dos aspectos inseparables muy importes: por una parte la representación de su propio cuerpo -su obra es una especie de autorretrato- y por otra parte una dimensión sádica o masoquista íntimamente relacionada con su propia representación. A la fotógrafa le gustaba posar la mayoría de las veces desnuda, pero en su puesta en escena hay una suerte de maldición, como si existiera algo muy oscuro y subterráneo en la representación de su propia imagen. En sus fotografías aparecen espejos y en una de ellas una mano anónima agarra un trozo de espejo cortante y sin imagen: se asocia el símbolo de la representación de uno mismo (el espejo) a la idea de muerte en un sentido amplio. Otro ejemplo complementa el anterior: las escenografías que habitualmente utiliza son espacios desalmados y desgarrados que se identifican con la misma Francesca Woodman como un doble o "alter ego"; así la fotógrafa no sólo posa en este o aquel espacio, sino que se impregna y se implica en esta escenografía del desecho al cubrirse, por ejemplo, de la pintura reseca o de los viejos papeles de empapelar de estos ambientes.

Su itinerario recuerda al de otra fotógrafa que también se suicidó, Diane Arbus; ésta, especializada en fotografiar horrores, tampoco pudo controlar su fascinación por lo maligno y el dolor que acabaron por devorarla. Ambas creadoras representan procesos escatológicos de fascinación e identificación con el mal. Francesca Woodman, sin embargo, encarna didácticamente el mito de Narciso: la dificultad de reflexionar sobre la imagen y su deseo. Narciso, como Woodman, se acerca más y más a su propio reflejo -y a su propia frustración- hasta que acaba por ahogarse. Me pregunto si esta bajada a los infiernos sin retorno está relacionada con la práctica fotográfica; parece como si la fotografía no permitiera una distancia con el objeto fotografiado. En fin, ello nos llevaría a una discusión muy larga. Lo que ahora interesa señalar es que esta lectura de Woodman como nuevo Narciso no niega su gran sentido de la composición y que sean posibles otras aproximaciones sobre esta fascinante fotógrafa.