Retrato de William Kentdrige en 2025. Foto: Mozamaniac

Retrato de William Kentdrige en 2025. Foto: Mozamaniac

Arte

Memorias animadas de William Kentridge: un libro desvela el proceso creativo del artista sudafricano

Entramos en el taller de uno de los dibujantes más excepcionales. Este libro recorre el proceso creativo del artista premio Princesa de Asturias de las Artes 2017.

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A primera vista este libro pudiera parecer reservado a los adeptos al arte contemporáneo. Sin embargo, su lectura ofrece una vigorizante experiencia que desborda disciplinas para erigirse en todo un manual antibloqueo durante el proceso de creación.

Portada del libro

Portada del libro

Una historia natural del estudio

William Kentridge

Traducción de Cristina Zelich. Anagrama, 2026. 216 páginas. 29,90 €

William Kentridge (Johannesburgo, 1955) es un artista sudafricano que, desde hace décadas, desarrolla una importante contribución donde entrecruza dibujo, instalación multimedia, cine de animación, teatro y también ópera. Un artista total que toma la palabra con cautela pero con sabiduría y cultura acumulada.

El origen del texto son cinco conferencias en la Universidad de Oxford –las Slade Lectures– que le sirven para explicar el núcleo de formación de su obra. El contenido de esas conferencias pasa, pues, desde la informalidad oral a la materialidad de la palabra escrita.

Kentridge se sabe privilegiado; de familia judía y educado en un colegio privado inglés en pleno apartheid –su padre fue procesado y, finalmente absuelto, por apoyar a Nelson Mandela–, su vida y su obra están atravesadas por los contrastes entre África y la cultura occidental. Su arte reluce en la mezcla, la colaboración, el entendimiento entre diferentes.

Este es un elogio del estudio, entendido en su doble acepción: como taller y lugar íntimo donde la inspiración y la rutina coinciden, y también el estudio del arte como un saber por derecho propio.

“El estudio es un lugar donde se crean cosas, pero también un lugar donde se crea sentido. Es un espacio y una técnica de traslación”. Antes de comenzar su jornada da vueltas por su estudio, procrastina, persigue una idea (por estúpida que esta pueda parecer). La escribe en su cuaderno.

A continuación se encomienda a la capacidad que tienen los materiales para entablar relaciones entre sí, a manifestar su propia naturaleza. De la incoherencia a la coherencia.

El artista confía en el proceso. Traslada y traduce de un medio a otro; de un boceto a una escenografía y de aquí a una procesión con modelos vivos. Su género es el ensayo, también en su sentido literario, donde “hay que entender al artista como un carroñero, como alguien que digiere a medias las ideas de otra gente y hace suyas algunas partes.

Lo que es importante aquí es el alimento obtenido, la productividad de esas metáforas, no su corrección científica”. Kentridge trabaja con símbolos, relatos, figuras: descubrió las posibilidades del dibujo al carboncillo porque le permitía desvanecer lo dibujado dejando intuir el registro y la memoria de lo borrado.

De esta manera realiza sus animaciones fílmicas, dibujando y borrando, fotografiando cada nueva versión del dibujo como un fotograma.

El texto se enriquece con numerosas fotografías tomadas desde arriba de sus cuadernos, de manera que el lector puede seguir sus cavilaciones, o sus observaciones minuciosas, ligándolas con los primeros bocetos que conducen a una instalación o a una ópera.

Kentridge hace listas y, nos dice, la lista recuerda por él. Es una extensión de la memoria. La cualidad pedagógica de este libro está fuera de cualquier duda.