Arte

En el frente de guerra del fotorreporterismo

5 enero, 2016 01:00
El Centro Conde Duque acoge la exposición Upfront, una muestra que reivindica la nueva generación de fotorreporteros españoles, muy presentes en las portadas de los principales diarios internacionales.
La guerra es por definición un territorio encanallado. Lo es para los ejércitos en liza, sobre todo para la soldadesca, carne de cañón para la picadora bélica. Lo es para la población civil atrapada en las zonas de conflicto, cada vez más desde que los frentes de batalla se desdibujaron. Y lo es también para los profesionales que deben trabajar en mitad del odio desatado, incluidos periodistas y fotógrafos (la 'tribu', que diría Manu Leguineche), empeñados en testimoniar e interpretar tanto horror. Siempre han caído en el combate por la información. Su presencia, en general, incomoda, y eso se paga. Pero el encanallamiento intrínseco de la guerra los ha colocado ahora en el punto de mira. Son un objetivo más.

Siria es quizá el mejor ejemplo de esa virulencia contra el reporterismo. Todavía nos sangra el recuerdo de James Foley decapitado por los bárbaros del Estado Islámico. Y nos angustia rememorar los prolongados secuestros de Marc Marginedas, Javier Espinosa y Ricardo García Vilanova... Este último es uno de los fotógrafos presentes en la exposición Upfront, abierta en el Conde Duque hasta el 31 de enero. Ha sido organizada por el Instituto Cervantes de Praga, dirigido por Ramiro Villapadierna, que cubrió para ABC la guerra de los Balcanes en los 90. En la muestra ejerce como comisario. Su intención ha sido reivindicar el trabajo de esos fotorreporteros que, como García Vilanova, todavía se empeñan en levantar acta de las atrocidades perpetradas en los puntos más candentes del planeta, allí donde la violencia arrolla la piedad. En total se exhibe el trabajo de 23 profesionales, la mayoría españoles pero también encontramos colombianos, argentinos, peruanos...

Sus fotos nutren los periódicos internacionales más prestigiosos (The New York Times, The Guardian...) y algunas les han valido los premios más prominentes del sector: World Press Photo, Pulitzer... "Un nuevo 'desorden' mundial se abrió tras el 11 de septiembre. En él se ha formado la generación más internacional de fotorreporteros hispanos de la historia", afirma Villapadierna. Aparte de García Vilanova, figuran nombres como el de Manu Brabo, Rodrigo Abd, Luis de Vega... Son 74 fotografías colgadas sin enmarcar, mecidas ligeramente por las corrientes de una sala oscura y fría, en la que se filtra una banda sonora inquietante, compuesta a base de sonidos como el tableteo de una metralleta, las hélices de un helicóptero, gritos, sirenas... No todo remite a la guerra explícita y clara, la que todos tenemos en mente. También hay margen para dar fe de 'otras guerras' más cercanas: la que libran los inmigrantes sorteando concertinas que les separan de su sueño, la de los desahuciados, víctimas icónicas de la reciente crisis económica... El conjunto es espeluznante, durísimo, sí, pero debemos conocerlo, encararlo con nuestros propios ojos. Y eso sólo es posible porque otros ojos estuvieron, antes, viéndolo in situ y en directo.

El reportero Miguel Gil. Foto: Fundación Miguel Gil Moreno

Como los de Miguel Gil, a quien se dedica una vitrina con sus 'herramientas' de trabajo en la entrada. Su ejemplo gravita en toda la sala. En ese cubículo de metacrilato se amontonan sus acreditaciones, su casco con las iniciales de AP (Associated Press, la agencia para la que trabajaba), los mapas que guiaron su alucinante periplo periodístico, cortado de raíz en la curva de Sierra Leona donde cayó en una emboscada tendida por los rebeldes del RUF junto a Kurt Schork, otro de los miembros más renombrados y curtidos de 'la tribu'. Ocurrió en el 2000, cuando contaba sólo 33 años.

Llevaba ocho cubriendo diversas guerras: Chechenia, Sudán, Kosovo... Su carrera comenzó en el invierno de 1993, de golpe y contrapronóstico. Vio unas imágenes en el telediario que le conmovieron: unos francotiradores serbios disparaban contra un grupo de bosnios mientras trataban de enterrar a un familiar. Esa escena le hizo arrancarse la corbata y el traje de incipiente abogado. Por entonces empezaba a ejercer como pasante en un despacho de Barcelona. Desde esta ciudad partió en pleno invierno y, tras cinco días de viaje cruzando media Europa con su moto de enduro, llegó a Mostar, en Bosnia, aterido de frío.

Déjenme descansar. Foto: Miguel Ángel Sánchez

Cuando desembarcó en la guerra, los reporteros veteranos flipaban con aquel 'espontáneo' que, con un gesto cercano al surrealismo, esgrimía una acreditación de la revista Solo Moto. ¿De dónde coño se ha escapado este tío?, se preguntaban. Con el tiempo, ese desconcierto fue mutando en admiración y amistad. Miguel se pegó a ellos como un perro abandonado. Ayudó en lo que podía, jugándose el tipo siempre. Empezó a redactar crónicas para El Mundo pero terminó ciñendo su labor a la grabación de imágenes con su cámara para la Associated Press. Estuvo en el asedio de Sarajevo, ciudad martirizada por la artillería serbobosnia durante casi cuatro años. Su cobertura de los enfrentamientos en Kosovo le valió el premio Rory Peck: la periodista turca Serif Turgut y él fueron los únicos reporteros que permanecieron en Prístina, su capital, tras los bombardeos de la OTAN, cuando los paramilitares serbios salivaban por entrar en sus casas y perpetrar, sin testigos, sus planes de limpieza étnica. Captó las imágenes de los kosovares abandonando la ciudad en trenes abarrotados, unas estampas que remitían al Holocausto y que permitieron conocer a la opinión pública la magnitud del desastre humanitario.

Otro de sus grandes logros fue romper el cerco que las tropas rusas habían tendido en torno a Grozni, en Chechenia. Documentó la resistencia de los rebeldes caucásicos y las terribles condiciones de su población civil. A la ciudad chechena llegó al borde del colapso físico, tras franquear un paso montañoso, bajo la amenaza constante de ser descubierto por los soldados rusos embrutecidos por el vodka y amparados en el clima de impunidad imperante de una guerra librada a cara de perro.

Upfront acredita que su ejemplo, hoy, está siendo honrado por los que le han relevado en el frente de guerra del fotorreporterismo.