El cocinero Sacha Hormaechea y José Ramón Urtasun, al frente de Remírez de Ganuza..jpg

El cocinero Sacha Hormaechea y José Ramón Urtasun, al frente de Remírez de Ganuza..jpg

Vinos

El nuevo y atípico vino de la Rioja que celebra el 55 aniversario de Sacha con una etiqueta diseñada por el chef

La bodega riojana Remírez de Ganuza está detrás de Iraila, un 100% garnacha, que ha contado con el cocinero Sacha Hormaechea para el diseño de su etiqueta.

Más información: Sacha: "En mi casa cocino con más intención que en el restorán"

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Era un 23 de abril de 1971 cuando Carlos Hormaechea y Pitila Mosquera abrían las puertas de su Fogón y Botillería al que pusieron de nombre Sacha, al igual que a su hijo. Poco se imaginaban aquellos padres, que invirtieron todo el dinero que tenían el primer día, que su pequeño bistrot en la zona norte de Madrid se convertiría en uno de los imprescindibles de la capital.

Han pasado 55 años y el carismático cocinero que se presenta como fotógrafo, después de tomar el relevo para pasar a primera línea, sigue al pie del cañón honrando la memoria de unos padres que se ganaron la vida con el único pretexto de dar de comer rico.

En los tiempos que corren y tal y como se mueve el mercado gastronómico de Madrid, que un restaurante se mantenga en forma más de medio siglo es algo que merece ser celebrado.

Y así lo quiso Sacha el pasado 23 de abril reuniendo a periodistas y gente cercana, fruto de una "feliz casualidad" para la presentación del último vino de la Bodega Remírez de Ganuza, para el que ha diseñado su etiqueta, con el que festeja esta legendaria casa.

Más bien una reunión entre amigos, con platos históricos reproducidos con exactitud milimétrica y un vino que encapsula esa misma idea: el tiempo como ingrediente.

La tortilla vaga de Sacha y una ensalada de corujas.

La tortilla vaga de Sacha y una ensalada de corujas.

Iraila es el primer tinto monovarietal de garnacha de la firma riojana. Un vino nacido del azar, del diálogo entre viña y cocina, y de una intuición que terminó celebrando algo más que una cosecha. En este caso, el 55 aniversario de Sacha.

Su historia comienza con una conversación en vendimia. En palabras de José Ramón Urtasun, de Remírez de Ganuza, todo comenzó al detectar una calidad excepcional en la uva: primero se pensó en graciano, pero pronto la atención giró hacia una garnacha con carácter.

Aquella parcela adquirida en 2009 escondía algo especial. Las primeras elaboraciones, especialmente la de 2020, confirmaron lo que ya se intuía en campo: un vino “muy perfumado, fino, sutil”, con una delicadeza poco habitual en el perfil más robusto de la zona.

Iraila, de Remírez de Ganuza.

Iraila, de Remírez de Ganuza.

Con una producción limitada entre 1.000 y 2.100 botellas, Iraila se construye a partir de viñedos viejos situados en tres enclaves de altura en San Vicente de la Sonsierra —La Rad (1973), El Convento (1966) y Sisabal (1940)—, donde la garnacha adquiere una dimensión aromática y elegante.

La crianza, de 11 meses, alterna barricas de roble francés, formatos tipo cigar y tinajas de cerámica, en un ensamblaje que varía según la añada.

Cuando el vino se mira tumbado

Pero si el vino sorprende en la copa, la etiqueta lo hace antes. Algo que consigue Hormaechea con sus conocidas habilidades con la fotografía.

Un vino que se disfruta tumbado.

Un vino que se disfruta tumbado.

El encargo fue para él una de esas “ilusiones que te pasan en la vida”. Su propuesta rompe con cualquier lógica comercial común: una etiqueta concebida para ser observada cuando la botella está tumbada.

Vamos a pasar más años tumbados que de pie”, ironizaba Sacha, entre lo poético y lo provocador, como tanto le caracteriza. La imagen juega con el paisaje, la textura de la tierra y una composición que parece inacabada a propósito, como si el vino —y la vida— nunca se cerraran del todo.

Iraila, al detalle.

Iraila, al detalle.

Cada añada, además, presenta una variación en la etiqueta, reforzando la idea de que Iraila no es un producto estático, sino un relato en evolución.

Sacha lo resumía con su estilo inconfundible, entre lo caótico y lo lúcido: lo importante no es el pasado en sí, sino esos momentos inesperados que se convierten en memoria. Iraila es uno de ellos.