Reportajes gastronómicos

Abuela japonesa de 84 años: "Me levanto de madrugada y trabajo hasta 20 horas para mantener abierta la panadería familiar"

Con precios que parecen congelados en el tiempo y jornadas que parecen no acabar, una familia en Fukuoka, Japón, se niega a jubilarse. ¿Su secreto? Amasar con el corazón para no "pudrirse" en casa.

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Son las 23:40 del viernes. Mientras la mayoría se está yendo a dormir, una mujer de 84 años en Fukuoka, Japón, ya está preparada para el sábado, con el delantal puesto y los hornos encendidos.

Esa es su rutina; se levanta antes de medianoche, se coloca el audífono -sin él, el mundo solo sería silencio- y empieza a prepararlo todo. A su lado, su hijo. Juntos dirigen una panadería desde 1970, hace ya 55 años.

Y, al entrar, como puede verse en el vídeo compartido en el canal de YouTube Japanese Food Craftsman, todo parece anclado en esa fecha.

Tanto es así que, cuando llega la hora de cobrar a los clientes, no hay ni una simple calculadora. Se hace a la antigua, con un ábaco. Como se ha hecho siempre.

Trabajar por amor al oficio

El paso de los años ha hecho mella en su pequeño cuerpo, pero no en su espíritu. "Definitivamente trabajo al menos 12 horasal día", reconoce ella. "Tal vez incluso 20 horas a veces."

El descanso es un lujo que apenas puede permitirse: "Sería feliz si consiguiera unas 5 horas de sueño. Pero ni siquiera creo que lo consiga", se lamenta.

La noche tampoco le da tregua del todo. Cuenta que hace años, el dolor en las manos la despertaba durante la noche. "Ya no pasa tanto", dice con calma, "así que supongo que eso ayuda un poco."

A pesar de todo, las puertas de la panadería continúan abriendo a las 5 de la mañana. Aunque aún queda faena, porque no todo está listo en ese momento, ya que el pan va saliendo poco a poco a lo largo de la mañana.

A lo largo del día llegan a hornear entre 300 y 400 piezas de hasta 25 tipos diferentes de pan: hamburguesas, pan de curry, croquetas, perrillos calientes, sándwiches de atún, rollos de crema, pan de melón... Un catálogo muy completo que se prepara fresco cada día.

Pasteles a menos de un euro

Aparte de su dueña, otra razón por la que esta panadería es un lugar de peregrinación la encontramos en sus dulces.

Los precios parecen sacados de otra época; por ejemplo, los profiteroles cuestan 50 yenes (unos 0,33 euros), y los éclairs, 60 yenes (0,40 euros). Cifras que, en el contexto actual de inflación global, resultan casi incomprensibles.

La reacción de los clientes lo dice todo. Hay quien llega y pide, sin inmutarse, 30 éclairs y 30 profiteroles de una sola vez. "Por el precio, son muy generosos. No escatiman nada", dice una clienta mientras espera por su pedido.

¿Cómo es posible sostener ese modelo? La respuesta está en la estructura del negocio; lo hacen todo ellos mismos y no pagan alquiler, porque el local es propio.

Eso les permite usar harina de la mejor calidad y absorber el encarecimiento de los ingredientes -los huevos, por ejemplo, se han encarecido mucho en los últimos tiempos- sin trasladar el coste al cliente.

Solo para los postres, llegan a usar entre 80 y 100 huevos al día. "Desde la época de mi marido, hemos usado buenos ingredientes, pero hemos mantenido los precios bajos", explica ella. "Así es como nos las arreglamos."

El abuelo de 92 años: trabajar para vivir

Si la historia de la panadera de 84 años resulta admirable, la del patriarca de la familia es, si cabe, más conmovedora. Nacido en 1932, cumplirá 92 años este año.

Su estado de salud sería motivo más que suficiente para descansar: no tiene estómago,sus pulmones fallan, apenas oye y tampoco ve bien. "No hay nada bueno en este momento", reconoce. Y, sin embargo, cada mañana está en la cocina.

Su especialidad es la masa de hojaldre y en eso no admite atajos. Se niega a usar máquinas para estirarla. "Si adelgazas la masa con una máquina, habrá presión por ambos lados y la mantequilla será empujada desde adentro. No obtendrás un buen resultado."

Prefiere hacerlo a mano, aunque se trate de una masa fría y dura y haya que emplear fuerza. Cuando la tarea lo supera, pide ayuda puntual. Pero su filosofía es inquebrantable.

Su manera de explicar por qué sigue trabajando es, quizás, la frase más poderosa de todo el reportaje.

"Si estuviera aquí, a un ritmo tranquilo, y no hiciera nada en un día, simplemente me pudriría. Pero si trabajo, un día pasa volando", explica.

Para él, hacer pasteles no es una obligación. Es su forma de pasar el tiempo, de mantenerse activo, de sentir que el día tiene sentido.

¡84 y 91 años! ¡Estos panaderos japoneses SE NIEGAN a jubilarse!

Un legado que no tendrá continuidad

Esta panadería, como decíamos, lleva 55 años en pie y hace tiempo que dejó de ser solo un negocio para convertirse en algo más parecido a un servicio a la comunidad.

La misma filosofía que les impide subir los precios los lleva a ofrecer café a quien entra por la puerta, o hielo raspado (kakigori) en los meses de calor. Sin cobrar nada. "No obtenemos muchas ganancias", admite el hijo, con una sonrisa que indica que no parece importarle demasiado.

El futuro, sin embargo, es incierto. Los nietos de la familia no parecen interesados en hacerse cargo de la tienda. Nadie en la generación siguiente ha dado el paso. "Planeo seguir haciéndolo mientras pueda. Mientras tenga salud", dice ella.

Y eso, en esta familia, no parece una resignación. Es una declaración de intenciones. Porque para ellos, quedarse quietos no es una opción. Nunca lo ha sido.