Memorizar da hambre Imagen editada con IA
Memorizar da hambre: así es como el cerebro utiliza el azúcar para fijar los recuerdos
Un estudio revela que el consumo de azúcar en el cerebro se duplica cuando se fijan recuerdos duraderos.
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¿Alguna vez has pasado horas estudiando para un examen o haciendo cualquier trabajo que te obliga a concentrarte mucho y, de repente, sientes un deseo irrefrenable de asaltar la despensa en busca de algo dulce?
No es ansiedad, ni que te esté aburriendo lo que estudias, ni falta de fuerza de voluntad. La ciencia tiene una explicación mucho más sencilla: tu cerebro te está pidiendo azúcar para poder seguir guardando información.
En los últimos años nos hemos acostumbrado a demonizar el azúcar porque los expertos en nutrición nos han enseñado que consumirla en exceso afecta negativamente a la salud; pero, a menudo olvidamos que la glucosa es el combustible principal de nuestro sistema nervioso central.
¿Por qué estudiar da hambre?
Un estudio científico llevado a cabo por la Unidad de Plasticidad Cerebral y publicado en Nature Communications que se centraba en el metabolismo energético demostró que el simple acto de consolidar un recuerdo a largo plazo dispara de forma directa nuestro apetito por el dulce.
Los investigadores, estudiando a la mosca de la fruta (Drosophila, un modelo genético excelente para la neurociencia), descubrieron que, justo después de un proceso de aprendizaje profundo diseñado para crear recuerdos duraderos, los sujetos duplicaban su ingesta de sacarosa (azúcar).
Para descartar otras causas, los científicos comprobaron que este atracón no se debía a que los insectos tuvieran más sed o hubieran gastado energía moviéndose más; el hambre provenía exclusivamente de la exigencia intelectual de memorizar.
Azúcar: el botón de "guardar" del cerebro
El fenómeno ocurre en el principal centro de la memoria del cerebro, una estructura conocida como los "cuerpos fungiformes", que es algo así como la central eléctrica de la memoria.
Cuando intentamos aprender algo de forma permanente, las mitocondrias de las neuronas de esta zona empiezan a devorar piruvato (un derivado clave en el metabolismo de los azúcares) a un ritmo frenético.
Lo más impactante que revela este estudio no es que pensar gaste calorías, sino que este aumento masivo en el consumo de energía es la condición necesaria y suficiente para que un recuerdo se grabe a largo plazo.
Es decir, el flujo de energía actúa como un interruptor biológico: si el cerebro no detecta esa quema acelerada de azúcares, no consolida la memoria.
De hecho, grabar recuerdos es un lujo tan caro a nivel metabólico que, si el organismo experimenta un periodo de inanición y hambre severa, el cerebro toma la decisión drástica de bloquear la formación de nueva memoria a largo plazo para ahorrar reservas y garantizar la supervivencia.
Dopamina: la chispa adecuada
¿Quién coordina esta demanda de energía entre el aprendizaje y el estómago? Una vieja conocida de la que últimamente no dejamos de hablar: la dopamina.
Los científicos han trazado el mapa exacto de este proceso: al aprender algo nuevo mediante repetición espaciada, un par específico de neuronas liberan dopamina que impacta en un receptor llamado DAMB.
Este receptor es el que funciona como la chispa que enciende el sistema, ordenando a las neuronas de la memoria que consuman combustible al máximo.
Como consecuencia directa de este pico de consumo energético interno, se activa en el organismo la urgencia por comer azúcar para reponer fuerzas.
Por lo tanto, la próxima vez que te sientes frente a los libros o tengas que revisar las facturas del trimestre y sientas que necesitas imperiosamente un trozo de chocolate, un bollo o un café azucarado, no te culpes. No es un capricho, es la dopamina.