Los dulces de los 80 y los 90 vuelven.

Los dulces de los 80 y los 90 vuelven. I.A. / Adriana Calvo

Reportajes gastronómicos

Punky, el helado que se resiste a desaparecer, y otros casos de 'marketing' nostálgico: ¿estamos idealizando el pasado?

Las marcas aprovechan el desencanto con el futuro para relanzar alimentos que apelan a la infancia de los consumidores.

Charlamos con Diego S. Garrocho, María Álvarez y Clara Marchán sobre las implicaciones sociales de este fenómeno.

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¿Vivimos una época de exceso de pasado? En 1986, sólo tres de las 10 películas más taquilleras fueron secuelas, adaptaciones, remakes, precuelas o spin-offs de otras historias; mientras que en 2025 el top al completo formaba parte de alguna franquicia o universo previo. Una suerte de nostalgia que también se manifiesta en la literatura, la política o la gastronomía.

El caso de La Menorquina es el ejemplo más reciente. La marca fingió hace unas semanas que iba a descatalogar el helado-pingüino Punky para que cundiera el pánico entre los consumidores; una campaña de marketing perfectamente orquestada para avivar la morriña de quienes asocian este producto a su infancia y aumentar las ventas.

No han sido los únicos que han apostado por la melancolía este 2026: en enero, Frigo comunicó que volvía a vender Frigurón, su polo azul con forma de tiburón nacido en 1983 y retirado poco tiempo después. Y esto por no hablar de la 'reina' de la nostalgia culinaria: la tableta de chocolate Nestlé Jungly, desaparecida en 2015 y relanzada en 2021 tras peticiones en Change.org y miles de conversaciones en redes.

Pero, ¿por qué tanto pasado? ¿Por qué tanto de lo mismo, otra vez? "Desde hace una década existe una industria de la nostalgia que tiene que ver con el modo en que socialmente concebimos el futuro; de un tiempo a esta parte, lejos de ser un territorio de esperanza, es un horizonte de amenaza", explica Diego S. Garrocho a Cocinillas, profesor de Ética y Filosofía política en la UAM y autor del libro Sobre la nostalgia: damnatio memoriae (Alianza Editorial, 2019).

"Parece que el curso de la historia, que tradicionalmente lo hemos imaginado como una línea de progreso permanente hacia mejor, se ha quebrado", agrega. "El miedo al futuro está inundando toda la cultura popular", coincide la empresaria y activista María Álvarez, que acaba de publicar Hijos del optimismo (Debate, 2026), un ensayo donde analiza cómo la generación de los 80 y 90 dio por agotado el viejo sueño industrial.

Así pues, para escapar de un porvenir amenazador, echamos la vista a nuestras espaldas, a esa tableta de chocolate con leche y galleta que nos transporta a un lugar seguro de nuestra biografía, ofreciendo consuelo y tranquilidad. "Nos refugiamos en la sensación de familiaridad que nos proporcionan ciertos objetos cotidianos", señala Álvarez.

Punky como búnker contra un futuro poco prometedor, pero también contra un presente acelerado y excesivo: "Tenemos mucha más información de la que podemos filtrar, muchos más sabores de helado de los que somos capaces de procesar y, cuanto más rápido va todo, menos impacto emocional nos causa. Nadie tiene con el té matcha la relación emocional que tenía con el Cola-Cao".

A ojos de Garrocho, esta tendencia a la huida hacia atrás "no es sólo un ingrediente cultural más", sino que se ha convertido en "un verdadero signo de época". Y las marcas lo saben. Inteligentemente, sacan provecho de ello volviendo a promocionar los clásicos de toda la vida; aquellos que, además, ya triunfaron en su momento y, por tanto, tienen más posibilidades de volver a hacerlo.

En opinión de Clara Marchán, profesora de Publicidad en la UNIR y en la Universidad de Villanueva, apostar por estos clásicos garantiza más éxito, reduce el riesgo y, asimismo, sirve para atraer a "un doble target": una generación adulta que los recuerda como parte de su niñez y un público joven que los percibe como un elemento retro cool o algo que les vincula a sus padres o abuelos.

Pantallazo de un usuario de Wallapop que vende las tarjetas de animales que van dentro de las tabletas Nestlé Jungly.

Pantallazo de un usuario de Wallapop que vende las tarjetas de animales que van dentro de las tabletas Nestlé Jungly. Adriana Calvo

Así lo evidencia el usuario @javiersabastro en un comentario en Instagram como respuesta a la supuesta retirada de Punky: "Hace tres semanas le compré uno a mi sobrino de cuatro años y le dije que era el helado favorito de su padre y el mío cuando teníamos su edad, le encantó; me hubiera gustado vivir ese momento en un futuro con mi hija".

O quienes coleccionan las tarjetas de animales que vienen en el interior de las tabletas Nestlé Jungly y las venden en plataformas como Wallapop, tratándolas como un objeto vintage de culto.

Sin embargo, no todo producto del pasado funciona bien sólo por ser del pasado ni siempre se puede repetir el mismo éxito. No es igual el caso de Nestlé Jungly que el de Punky. "No puedes abusar de este recurso porque parece que no tienes nuevas ideas; lo que mejor funciona es que haya verdad en lo que haces, que responda a una necesidad real de la gente, es más difícil que salga bien si lo organizas a propósito", reflexiona Marchán.

El nuevo catálogo de los helados Frigo, con el regreso de Frigurón.

El nuevo catálogo de los helados Frigo, con el regreso de Frigurón. Adriana Calvo

Llegados a este punto, cabe preguntarse, ¿no es limitante, escéptico e incluso cobarde regodearse tanto en productos del pasado? ¿No obstaculiza a veces la posibilidad de avanzar o de conocer cosas nuevas? ¿No nos deja anclados en un imaginario vintage ya obsoleto, en la creencia taxidérmica de que cualquier tiempo pasado fue mejor, de que nada puede impresionarnos?

Desde el punto de vista de Garrocho, el miedo al futuro "anula en gran medida las energías y las esperanzas que permiten una transformación social". Aunque no todo está perdido: tal y como afirma Álvarez, "es una forma de pesimismo frente al futuro, pero al mismo tiempo la gente quiere novedades, quiere cambios, y conviven ambas cosas".

Y añade: "Aunque los nuevos sabores y estímulos no se queden mucho tiempo con nosotros, tenemos que intentar apreciarlos, porque también nos enriquecen". Al final, "si sólo comiésemos Punky y no hubiera ninguna otra cosa, sería terrible; en el fondo disfrutamos del té matcha, de la novedad, de los helados de 25 sabores". "Nos gusta, y eso no quiere decir que no podamos también echar de menos lo otro", insiste.

Jungly, Frigurón y Punky no son sólo un regreso a 'la merienda del cole', son una pausa esporádica donde el futuro queda suspendido. Son una promesa de descanso frente a lineales infinitos y menús kilométricos, son el síntoma de una sociedad saturada de productos y experiencias en su mayoría prescindibles que busca consuelo en 'lo de siempre', en elegir menos en un mundo que no para de ofrecernos más.

Si el futuro da miedo y el presente agota, es aliviador dejar que la industria nos devuelva siempre al mismo patio de colegio. Pero la nostalgia no puede ser sólo una anestesia. Lo preocupante no es que volvamos de vez en cuando a sabores familiares, sino que un día lo único deseable del mañana sea poder seguir comiendo lo mismo que ayer.

Lo inquietante es una nostalgia acrítica, que regresa al pasado sin cuestionarlo, volviéndonos ciegos y conformistas. ¿Seguro que no hay nada en la receta de nuestro postre favorito de siempre que se pueda mejorar? ¿De verdad hace falta que el dulce de nuestra infancia use tanto plástico en su envoltorio? Que ocurra con un par de helados quizá no es una tragedia, pero, ¿hasta qué punto es un pequeño indicio de algo mucho más grande que ocurre de manera generalizada en nuestra sociedad?